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Obras da Patrística

São Gregório de Nissa, por Frederick Copleston

Uno de los más instruidos de los Padres griegos, y uno de los más interesantes desde el punto de vista filosófico, fue el hermano de san Basilio, san Gregorio de Nisa, que había nacido en Cesarea (de Capadocia, no de Palestina) alrededor del año 335, y después de haber sido maestro de Retórica, fue elegido obispo de Nisa, y murió hacia el año 395.

Gregorio de Nisa advirtió claramente que los datos de la revelación son aceptados por fe, y no resultado de un proceso lógico de razonamiento; que los misterios de la fe no son conclusiones filosóficas y científicas: si lo fueran, entonces la fe sobrenatural, propia de los cristianos, y el filosofar de los griegos serían indistinguibles. Por otra parte, la fe tiene una base racional, en cuanto, lógicamente hablando, la aceptación de los misterios en nombre de la autoridad presupone la averiguabilidad, mediante el razonamiento natural, de ciertas verdades preliminares, especialmente la existencia de Dios que son susceptibles de demostración filosófica. En consecuencia, aunque la superioridad de la fe debe ser mantenida, es perfectamente razonable invocar la ayuda de la filosofía. La ética, la filosofía natural, la lógica, la matemática, no son solamente adornos para el templo de la verdad, sino que pueden también contribuir a la vida de sabiduría y virtud: no han de ser, pues, despreciadas ni rechazadas [1], aunque la divina revelación debe aceptarse como piedra de toque y criterio de verdad, ya que el razonamiento humano [2] debe ser juzgado por la palabra de Dios, y no la palabra de Dios por el razonamiento humano . Es correcto emplear la especulación humana y el razonamiento humano a propósito del dogma; pero las conclusiones no serán válidas a menos que estén de acuerdo con las Escrituras [3].

El orden cósmico prueba la existencia de Dios, y a partir de la necesaria perfección de Dios podemos inferir su unicidad, que hay un solo Dios. Gregorio va más lejos e intenta dar razones para la Trinidad de personas en la Divinidad una [4]. Por ejemplo, Dios debe tener un Logos, una palabra, una razón. No puede ser menos que el hombre, que también tiene una razón, una palabra. Pero el Logos divino no puede ser algo de duración efímera, debe ser eterno, así como debe ser viviente. La palabra interior del hombre es un accidente efímero, pero en Dios no puede haber una cosa semejante: el Logos es uno en naturaleza con el Padre, porque no hay sino un solo Dios; la distinción entre el Logos y el Padre, la Palabra y el Hablante, es una distinción de relación. No nos interesa entrar ahora aquí en la doctrina trinitaria, como tal, de san Gregorio, pero el hecho de que éste intente, en algún sentido, «probar» la doctrina, es interesante, puesto que ofrece un precedente para los posteriores intentos de san Anselmo y de Ricardo de San Víctor para deducir la Trinidad, para probarla rationibus necessariis.

No obstante, es evidente que la intención de san Gregorio, como la de san Anselmo, era hacer más inteligible el misterio, mediante la aplicación de la dialéctica, pero no «racionalizarlo», en el sentido de apartarse de la ortodoxia dogmática. De un modo semejante, su teoría de que la palabra «hombre» es primariamente aplicable al universal, y sólo secundariamente al individuo-hombre, fue un intento de hacer más inteligible el misterio, como una ilustración de que la palabra «Dios» se refiere primariamente a la esencia divina, que es una, y sólo secundariamente a las personas divinas, que son tres, de modo que no es justo acusar a los cristianos de triteísmo. Pero, aunque la ilustración fuese introducida para refutar la acusación de triteísmo y hacer más inteligible el misterio, fue una ilustración poco afortunada, puesto que implicaba una opinión hiperrealista sobre los universales.

El platonismo de san Gregorio a propósito de los universales se manifiesta más claramente en su De hominis opificio, donde distingue el hombre celestial, el hombreideal, o universal, del hombre terrenal, el que es objeto de experiencia. El primero, el hombre ideal, o, más bien, el ser humano ideal, existe solamente en la idea divina, y no tiene determinación sexual, no es ni macho ni hembra; el segundo, el ser humano de la experiencia, es una expresión del ideal, y está sexualmente determinado, además de «escindido», o parcialmente expresado en muchos individuos singulares.

Así, según Gregorio, las criaturas individuales proceden por creación, no por emanación, de la idea en el Logos divino. Esa teoría se remonta claramente al neoplatonismo y al filonismo, y fue adoptada por el primer filósofo sobresaliente de la Edad Media, Juan Escoto Eriúgena, que estuvo muy influido por los escritos de Gregorio de Nisa. Debe recordarse, sin embargo, que Gregorio no pretendió nunca que hubiera habido un hombre ideal histórico, sexualmente indeterminado; la idea divina de hombre sólo será realizada escatológicamente, cuando (según las palabras de san Pablo, en su interpretación por Gregorio) el hombre no sea macho ni hembra, puesto que en el cielo no habrá matrimonio. Dios creó el mundo por su abundancia de bondad y amor, para que pudiese haber criaturas que participasen de la divina bondad; pero, aunque Dios es bondad y creó el mundo por esa su bondad, no creó el mundo por necesidad, sino libremente. Dios ha dado al hombre una participación en esa libertad, y la respeta, permitiendo al hombre que elija el mal si así lo quiere. El mal resulta del libre albedrío del hombre, Dios no es responsable. Es verdad que Dios prevé el mal, y que lo permite, pero, a pesar de esa presciencia, Dios creó al hombre porque sabía también que finalmente conduciría de nuevo a todos los hombres hacia Sí mismo. Gregorio aceptó así la teoría origenista de la «restauración de todas las cosas»: todos los seres humanos, incluso Satanás y los ángeles caídos regresarán finalmente a Dios, al menos mediante los sufrimientos purificadores del más allá. En cierto sentido, pues, todo ser humano retornará al fin al Ideal y estará contenido en éste, aunque Gregorio aceptó la inmortalidad individual. Esa noción del retorno de todas las cosas a Dios, al Principio del cual provienen, y de la consecución de un estado en el que Dios es «todo en todo», fue también tomada por Juan Escoto Eriúgena de san Gregorio, y al interpretar el lenguaje algo ambiguo de Juan Escoto debe al menos recordarse el pensamiento de san Gregorio, aun admitiendo la posibilidad de que Escoto haya asignado un significado diferente a palabras similares. Pero, aunque san Gregorio de Nisa compartiera la teoría origeniana de la restauración de todas las cosas, no comparte con Orígenes la aceptación de la noción platónica de preexistencia, y en el De hominis opificio,[5] dice que el autor del De principiis se dejó extraviar por teorías griegas. El alma, que no está confinada a una determinada parte del cuerpo[7], es «una esencia creada (οὐσίαγεννητή), una esencia viviente, intelectual, con un cuerpo orgánico y sensitivo, una esencia que tiene el valor de dar vida y de percibir objetos sensibles, mientras duran sus instrumentos corpóreos» [8] . Como simple y sin composición (ἁπλῆνκαὶἀσύνθετον), el alma tiene el poder de sobrevivir al cuerpo , con el cual, sin embargo, se reunirá finalmente. El alma es, pues, espiritual e incorpórea; pero ¿en qué difiere del cuerpo?; pues el cuerpo, es decir, un objeto material concreto, se compone, según Gregorio, de cualidades que en sí mismas son incorpóreas. En el De hominis opificio dice que la unión de cualidades como color, solidez, cantidad, peso, da como resultado el cuerpo, mientras que su disolución significa la muerte del cuerpo. En el capítulo anterior ha propuesto un dilema: o las cosas materiales proceden de Dios, en cuyo caso Dios, como fuente de ellas, debería contener en Sí mismo materia, ser material, o bien, si Dios no es material, entonces las cosas materiales no proceden de Él, y la materia es eterna. Gregorio, sin embargo, rechaza tanto la materialidad de Dios como el dualismo, y la conclusión natural de ello debía ser que las cualidades de que están compuestas las cosas corpóreas no son materiales. Es verdad que, al afirmar la creación ex nihilo, Gregorio afirma que no podemos comprender cómo Dios crea las cualidades a partir de la nada; pero es razonable suponer que a sus ojos las cualidades que forman los cuerpos no son a su vez cuerpos: en realidad no podrían serlo, puesto que no hay cuerpo concreto excepto en y a través de su unión. Puede presumirse que Gregorio fue influido por la doctrina platónica de las cualidades, expuesta en el Timeo. Pues bien , ¿cómo, entonces, no son espirituales? Y, si son espirituales, ¿cómo es que el alma difiere esencialmente del cuerpo? La respuesta debía ser sin duda que, aunque las cualidades se unen para formar el cuerpo y, consideradas en su abstracción, no pueden ser llamadas «cuerpos», tienen sin embargo una relación esencial a la materia, puesto que su función es formar materia. Una dificultad análoga reaparece en relación con la doctrina aristotélico-tomista de la «materia» y la «forma». La «materia prima» no es en sí misma un cuerpo, sino uno de los principios del cuerpo; entonces, si se la considera en sí misma, ¿cómo difiere de lo inmaterial y espiritual? La filosofía tomista contesta que la materia prima nunca existe a solas por sí misma, y que tiene una exigenciade cantidad, una ordenación esencial a un cuerpo concreto, y puede presumirse que Gregorio de Nisa opinara parecidamente a propósito de sus cualidades primarias. Podemos advertir, de paso, que pueden suscitarse dificultades similares en relación con ciertas teorías modernas a propósito de la constitución de la materia. Puede suponerse razonablemente que si Platón viviese hoy saludaría con alegría esas teorías, y no es improbable que Gregorio de Nisa siguiera su ejemplo. Resulta claro, por lo dicho, que Gregorio de Nisa estuvo muy influido por el platonismo, el neoplatonismo y losescritos de Filón (habla, por ejemplo, de laὁμοίωσιςθεῷ como finalidad del hombre, de la «huida del solitario», de la «Justiciaen sí misma», del eros, y de la ascensión hacia la Belleza ideal); pero debe subrayarse que, aunque Gregorio indudablemente hiciese uso de temas y expresiones plotinianas, como también, en menor medida, de otras de Filón, no las entendió siempre, en modo alguno, en sentido plotiniano o filoniano. Al contrario, utilizó expresiones de Plotino o de Platón para exponer y formular doctrinas cristianas. Por ejemplo, la «semejanza a Dios» es obra de la gracia, un desarrollo bajo la acción de Dios, con la libre cooperación del hombre, de la imagen o εἰκώνde Dios impresa en el alma por el bautismo. Igualmente, la «Justicia-en-sí» no es una virtud abstracta, ni siquiera una idea en el Nous; es el Logos instalado en el alma, efecto de cuya habitación es la virtud participada. Ese Logos, además, no es el Nous de Plotino, ni el Logos de Filón; es la segunda persona de la Santísima Trinidad, y entre Dios y las criaturas no hay ninguna procesión intermediaria de hipóstasis subordinadas.

Finalmente, es digno de nota que san Gregorio de Nisa fue el primer verdadero fundador de la teología mística sistemática. También en ese campo utilizó temas plotinianos y filonianos, pero los empleó en sentido cristiano y en una estructura de pensamiento cristocéntrica. Naturalmente hablando, la mente del hombre está adaptada para conocer objetos sensibles, y al contemplar esos objetos la mente pued llegar a conocer de Dios y sus atributos («teología simbólica», que es en parte equivalente a la teología natural en sentido moderno). Por otra parte, aunque el hombre tiene por naturaleza como su objeto de conocimiento propio las cosas sensibles, esas cosas no son plenamente reales, son espejismos e ilusión, excepto como símbolos o manifestaciones de la realidad inmaterial, aquella realidad hacia la que el hombre es atraído espiritualmente. La tensión producida en el alma como consecuencia, conduce a un estado de ἀνελπιστίαo «desespero», que es el nacimiento del misticismo, puesto que el alma, atraída por Dios, abandona su objeto natural de conocimiento, sin ser sin embargo capaz de ver al Dios al que se siente atraída por el amor; entra entonces en las tinieblas, a las que el tratado medieval llama «la Nube del No-saber». (A ese estadio corresponde la «teología negativa», que tanta influencia tuvo en el Pseudo-Dionisio.) En el progreso del alma hay dos movimientos, el de interiorización del Dios uno y trino y el de la salida del alma fuera de sí misma, que culmina en el «éxtasis». Orígenes había interpretado intelectualmente el éxtasis filoniano, porque cualquier otra forma de éxtasis resultaba entonces sospechosa a causa de las extravagancias montanistas; pero Gregorio puso el éxtasis en la cúspide del esfuerzo del alma, y lo interpretó en primer y principal lugar como amor extático. La «oscuridad» que envuelve a Dios se debe primordialmente a la completa trascendencia de la esencia divina, y Gregorio saca la conclusión de que incluso en el cielo el alma está siempre pugnando por progresar, impulsada por el amor, para penetrar más profundamente en Dios. Un estado estático significaría saciedad o muerte: la vida espiritual exige progreso constante, y la naturaleza de la trascendencia divina impone el mismo progreso, puesto que la mente humana nunca puede comprender a Dios. En cierto sentido, pues, la «oscuridad divina» persiste siempre, y es cierto que san Gregorio dio prioridad a ese conocimiento en la oscuridad sobre el conocimiento intelectual, no porque despreciase el entendimiento humano, sino porque reconocía la trascendencia de Dios. El esquema gregoriano de la ascensión del alma tiene cierto parecido con el de Plotino; pero, al mismo tiempo, es enteramente cristocéntrico. El progreso del alma es obra del Logos divino, Cristo. Además, su ideal no es el de una unión solitaria con Dios, sino más bien una realización del Pleroma de Cristo; los progresos de un alma aportan gracia y bendición para otras, y la habitación de Dios en el individuo afecta a todo el cuerpo. El misticismo de Gregorio es también de caráctercompletamente sacramental: el εἰκώνes restaurado por el bautismo, la unión con Dios es fomentada por la eucaristía. Por último, los escritos de san Gregorio de Nisa son no solamente la fuente de la que el Pseudo-Dionisio y los místicos, hasta san Juan de la Cruz, recibieron, directa o indirectamente, gran parte de su inspiración, sino también la fuente de aquellos sistemas filosóficos cristianos que siguen el progreso del alma a través de diferentes estados de conocimiento y amor, hasta la vida mística y la visión beatífica. Si un escritor puramente espiritual como san Juan de la Cruz se encuentra en la línea que se remonta hasta san Gregorio, también está en ésta el filósofo san Buenaventura.

[1] De Vita Moysis, P. G., 44, 336 D. G.. 360 BC.
[2] Ver De Anima et Resurrectione; P. G., 46, 49 C.
[3] Cf. Contra Eunom., P. G., 45, 341. B.
[4] Cf. Orado Catechetica, P. G., 45.
[5] P. G., 44, 229 y sig.
[6] De anima et res, P. G., 46, 29.
[7] Ibíd., 44.
[8] Cáp. 24.

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Estrela do Mar

Platão inicia a conversa:

“Em se tratando dessas verdades, é impossível deixar de fazer uma destas coisas: aprender dos outros qual é a verdade, descobri-la por si mesmo ou então, se isso for impossível, aceitar, dentre os raciocínios humanos, o melhor e menos fácil de refutar e sobre ele, como sobre uma barcaça, enfrentar o risco da travessia do mar da vida. A menos que não se possa fazer a viagem de modo mais seguro e com menor risco, sobre uma nave mais sólida, isto é, confiando-se a uma revelação divina.”

Santo Agostinho acrescenta:

“Ninguém pode atravessar o mar deste século se não for carregado pela cruz de Cristo.”

E o Padre Vieira arremata:

“E não somente ilumina como sol, mas guia também como estrela do mar. O mar é êste mundo cheio de tantos perigos, combatido de todos os ventos, exposto a tão freqüentes tempestades; e em uma tão larga, temerosa e escura navegação, quem poderia chegar ao porto do céu, se não fôsse guiado de lá por aquela benigníssima estrela?

Por que meio poderão os navegantes entre tantos perigos chegar às praias da pátria? – pergunta o Papa Inocêncio III; e responde ele mesmo que só por meio de duas coisas, nau e estrela. A nau é o lenho da cruz, a estrela é Maria.”

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Eu sou a videira, vós os ramos

São Cirilo de Alexandria

Querendo mostrar a necessidade de estarmos unidos a ele pelo amor, e a grande vantagem que nos vem desta união, o Senhor afirma que é a videira. Os ramos são os que, já se tornaram participantes da sua natureza pela comunicação do Espírito Santo. De fato, é o Espírito de Cristo que nos une a Ele.

A adesão a esta videira nasce da boa vontade; a união da videira conosco procede do seu afeto e natureza. Foi, de fato, pela boa vontade que nos aproximamos de Cristo, mediante a fé; mas participamos da sua natureza por termos recebido dele à dignidade da doação filial. Pois, segundo São Paulo, quem adere ao Senhor torna-se com ele um só espírito (1Cor 6,17).

Do mesmo modo, o autor sagrado, noutro lugar da Escritura, dá ao Senhor o nome de alicerce e fundamento. Sobre Ele somos edificados como pedras vivias e espirituais, para nos tornarmos, pelo Espírito Santo, habitação de Deus e formarmos um sacerdócio santo. Entretanto, isto só será possível se Cristo for nosso fundamento. A mesma coisa vem expressa na analogia da videira: Cristo afirma ser Ele próprio a videira e, por assim dizer, a mãe e a educadora dos ramos que dela brotam.

Nele e por ele fomos regenerados no Espírito Santo, par produzirmos frutos de vida, não da vida antiga e envelhecida, mas daquela vida nova que procede do amor para com ele. Esta vida nova, porém, só poderemos conservá-la se nos mantivermos perfeitamente inseridos em Cristo, se aderirmos fielmente aos santos mandamentos que nos formam dados, se guardarmos com solicitude este título de nobreza adquirida e se não permitirmos que se entristeça o Espírito que habita em nós, quer dizer, Deus que por ele mora em nós.

O evangelista João nos ensina sabiamente de que modo estamos em Cristo e ele em nós, quando diz: a prova de que permanecemos com ele, e ele conosco, é que ele nos deu o seu Espírito (1Jo 4,13).

Assim como a raiz faz chegar aos ramos a sua seiva natural, também o Unigênito de Deus concede aos homens, sobretudo aos que lhe estão unidos pela fé, o seu Espírito. Ele os conduz à santidade perfeita, comunica-lhes a afinidade e parentesco com sua natureza e a do Pai, alimenta-os na piedade e dá-lhes a sabedoria de toda virtude e bondade.

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Cristo é o Dia

São Máximo de Turim

A ressurreição de Cristo abre a mansão dos mortos, os neófitos da Igreja renovam a terra e o Espírito Santo abre as portas do céu. A mansão dos mortos aberta devolve seus habitantes, a terra renovada germina os ressuscitados, o céu reaberto recebe os que para ele sobem.

O ladrão sobe ao paraíso, os corpos dos santos entram na cidade santa, os mortos retornam à região dos vivos. E de certo modo, pela ressurreição de Cristo, todos os elementos são elevados a uma dignidade mais alta.

A habitação dos mortos restitui ao paraíso os que nela estavam detidos, a terra envia aos céus os que foram nela sepultados, o céu apresenta ao Senhor os que recebem em suas moradas. E por um único e mesmo ato, a paixão do Salvador retira o ser humano das profundezas, eleva-o da terra e o coloca no alto dos céus.

A ressurreição de Cristo é vida para os mortos, perdão para os pecadores, glória para os santos. Por isso, o santo profeta convida todas as criaturas para a festa da ressurreição de Cristo, exultando e se alegrando neste dia que o Senhor fez.

A luz de Cristo é um dia sem noite, um dia sem fim. O Apóstolo nos ensina que este dia é o próprio Cristo, quando afirma: A noite já vai adiantada, o dia já vem chegando (Rm 13,12). Ele diz que a noite já vai adiantada e não que ela ainda virá, a fim de compreendermos que a chegada da luz de Cristo afasta as trevas do demônio e dissipa a escuridão do pecado; com seu esplendor eterno ela vence as sombras tenebrosas do passado e impede toda infiltração dos estímulos pecaminosos.

Este dia é o próprio Cristo. Sobre ele, o Pai, que é o dia sem princípio, faz resplandecer o sol da sua divindade. Ele mesmo é o dia que assim fala pela boca de Salomão: Fiz brilhar no céu uma luz que não se apaga (Eclo 24,6 Vulg.).

Assim como a noite não pode absolutamente suceder ao dia celeste, também as trevas não podem suceder à justiça de Cristo. O dia celeste brilha eternamente, e nenhuma obscuridade pode ofuscar o fulgor da sua luz. Do mesmo modo, a luz de Cristo resplandece e irradia a sua claridade, e sombra alguma do pecado poderá ofuscá-la, como diz o evangelista João: E a luz brilha nas trevas, e as trevas não conseguiram dominá-la (Jo 1,5).

Portanto, irmãos, todos nós devemos alegrar-nos neste santo dia. Ninguém se exclua da alegria universal, apesar da consciência de seus pecados; ninguém se afaste das orações comuns, embora sinta o peso de suas culpas. Por mais pecador que seja, ninguém deve neste dia desesperar do perdão. Temos a nosso favor um valioso testemunho: se o ladrão arrependido alcançou o paraíso, por que não alcançaria o cristão a graça de ser perdoado?

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Sobre o Espírito Santo

São Basílio Magno

Qual é o homem que, ao ouvir os nomes com os quais é designado o Espírito Santo, não eleva seu ânimo e o seu pensamento para a natureza divina? É chamado Espírito de retidão, Espírito principal, e como nome próprio e peculiar, Espírito Santo.

Volta-se para ele o olhar de todos os que buscam a santificação; para ele tende a aspiração de todos os que vivem segundo a virtude; é o seu sopro que os revigora e reanima para atingirem o fim natural e próprio para que foram feitos.

Ele é fonte da santidade e luz da inteligência; é ele que dá, de si mesmo, uma certa iluminação à nossa razão natural para que encontre a verdade.

Inacessível por sua natureza, torna-se acessível por sua bondade. Enche tudo com o seu poder, mas comunica-se apenas aos que são dignos; não a todos na mesma medida mas distribuindo os seus dons em proporção da fé. Simples na essência, múltiplo nas manifestações do seu poder, está presente por inteiro em cada um, sem deixar de estar todo em todo lugar. Reparte-se e não sofre diminuição. Todos dele participam e permanece íntegro, à semelhança dos raios do sol que fazem sentir a cada um a sua luz benéfica como se fosse para ele só, e contudo iluminam a terra e o mar e se difundem pelo espaço.

Assim é também o Espírito Santo: está presente em cada um dos que são capazes de recebê-lo, como se estivesse nele só, e, não obstante, dá a todos a totalidade da graça de que necessitam. Os que participam do Espírito recebem os seus dons na medida em que o permite a disposição de cada um, mas não na medida do poder do mesmo Espírito.

Por ele, os corações são elevados ao alto, os fracos são conduzidos pela mão, os que progridem na virtude chegam à perfeição. Ele ilumina os que foram purificados de toda a mancha e torna-os espirituais pela comunhão consigo.

E como os corpos límpidos e transparentes, sob a ação da luz, se tornam também extraordinariamente brilhantes e irradiam um novo fulgor, da mesma forma também as almas que recebem o Espírito e são por ele iluminadas tornam-se espirituais e irradiam sobre os outros a graça que lhes foi dada.

Dele procede a previsão do futuro, a inteligência dos mistérios, a compreensão das coisas ocultas, a distribuição dos carismas, a participação na vida do céu, a companhia dos coros dos anjos. Dele nos vem a alegria sem fim, a união constante e a semelhança com Deus; dele procede, enfim, o bem mais sublime que se pode desejar: o homem é divinizado.


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Meditação de um versículo do Livro de Jó

«Porque me puseste contrário a ti, e porque me tornei pesado a mim mesmo?» (Jó, 7,20)

Comentário de São Gregório Magno:

«Deus tornou o homem contrário a si mesmo quando o homem, pecando, abandonou Deus. Apanhado nas mentiras da serpente, tornou-se inimigo daquele cujos preceitos desprezou. O Criador, sempre justo, considerou o homem como seu opositor e reputou-o como inimigo por causa de seu orgulho. Mas essa oposição, obra do pecado, tornou-se para o homem um duro suplício, de modo que, por uma liberdade deslocada, o homem foi escravizado na corrupção, ele que, por uma feliz dependência, gozava livremente da felicidade. Abandonando a cidadela segura da humildade, chegou por seu orgulho ao jugo da enfermidade; querendo elevar-se, seu coração só conseguiu se escravizar e por não ter querido se submeter aos mandamentos divinos, ficou sujeito a todas as misérias presentes.

Isto se tornará mais evidente se considerarmos primeiramente as misérias do corpo e em seguida as da alma.

Mesmo sem se falar nas dores que o corpo sofre nem nas febres que o queimam, aquilo que se chama saúde está cercado de muitos males. O corpo se amolece pelo repouso e se esgota pelo trabalho; a abstinência o esgota por sua vez, então ele se reconforta pelo alimento a fim de subsistir; o alimento de novo o fatiga e ele tem necessidade do alívio da abstinência para retomar o vigor; o banho lhe é necessário para não ressecar, em seguida se enxuga com panos para não se reduzir em água; entretém-se com o trabalho para não elanguecer no repouso; depois repara suas forças no repouso para não sucumbir com o excesso de trabalho. O cansaço da véspera se repara com o sono; o torpor do sono se sacode com a vigília, pois um repouso muito longo o cansará mais. Cobre-se de roupas para não sentir frio; depois, sofrendo com o calor que procurou, entrega-se à frescura do vento.

Procurando evitar um mal, encontra outro: trazendo uma funesta ferida, o homem se faz, por assim dizer, doente daquilo que é um remédio para seu mal. Quando estamos livres das febres e isentos de dores, nossa saúde é, ela própria, uma doença de que é preciso cuidar sem cessar. Pois tanto mais alívios procuramos para as nossas necessidades da vida quanto mais remédios opomos à nossa moléstia. E mais, o próprio remédio se converte em doença quando, usando-o por muito tempo, ficamos doentes daquilo que procuramos para nos curar.

Isto foi necessário para punir nossa presunção; e foi necessário para abater nosso orgulho. Uma só vez a natureza se encheu de orgulho e por causa disso carregamos um corpo de lama que sempre desfalece.

Nossa alma, por seu lado, carrega também seus males. Banida das alegrias sólidas e interiores, ela é ora enganada por uma vã esperança, ora agitada pelo medo, ora abatida de tristeza, ora entregue a uma alegria falsa. Agarra-se com teimosia aos bens que passam e, sem cessar, é alquebrada pela dor de perde-los, porque é, a todo instante, transformada pelo curso rápido das mudanças de tais bens. Sujeita a essas coisas sempre inconstantes, torna-se inconstante também. Não é sem angustia que encontra o que procurava e, encontrando, começa a se aborrecer com o que procurou. Muitas vezes ama o que tinha desdenhado e desdenha o que havia amado.

Aprende com muita dificuldade as coisas da eternidade e esquece-as rapidamente, se não se esforça sem cessar. Procura por muito tempo para encontrar um pouquinho das coisas celeste; depois, recaindo logo em seus hábitos, não se mantem nem mesmo no pouco que tinha adquirido. Se deseja ser instruída, é-lhe ainda extremamente penoso vencer a vanglória da ciência.

Com muito custo a alma vence a tirania da carne; depois sofre no seu interior com as imagens do pecado, embora lhe tenha reprimido os atos exteriores.

Quando procura se elevar ao conhecimento de seu Criador, encontra-se, pouco depois, como que empurrada e envolvida pelas trevas que, infelizmente, ainda lhe são caras.

A alma gostaria de saber como, sendo incorpórea, governa seu corpo, mas não consegue fazê-lo efetivamente. Pergunta-se, com espanto, coisas sobre as quais não pode responder e persiste na ignorância quando melhor seria que procurasse saber. Vendo-se ao mesmo tempo grande e limitada ela não sabe mais o que deve pensar de si mesma; porque se não fosse grande não procuraria tão grandes verdades e se não fosse limitada saberia achar ao menos o que procura.

Jó tinha razão de dizer: Porque me puseste contrário a ti, tornei-me pesado a mim mesmo. Pois o homem, expulso do paraíso, padecendo os incômodos da carne e dúvidas difíceis em seu espírito, tornou-se um fardo pesado para si mesmo. Pressionado por mil males, esmagado por doenças, o homem imaginou que, depois de ter abandonado a Deus, acharia repouso em si mesmo, mas só encontrou um abismo de perturbações; assim, depois de procurar demais a si mesmo com desprezo de seu Criador, é forçado a fugir de si mesmo sem ter mais os meios para isso».

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Quiz dos Pais da Igreja

O blog “The Way of the Fathers” criou um questionário para descobrir que Pai da Igreja está mais próximo da sua personalidade. As perguntas foram escolhidas cuidadosamente, e embora o teste pareça simples demais, dá um bom panorama das semelhanças entre você e seu correspondente da época.

Via Acarajé Conservador

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O que ler da Patrística?

A Patrologia Grega conta sete mil páginas, aproximadamente. Já a Latina, mais breve, tem só três mil. E isso no tipo em que foram editadas; se transpostas para os padrões atuais e o corpo de texto a que estamos habituados, o volume total facilmente ultrapassaria dez mil páginas. Um monumento de tal dimensão não pode ser explorado totalmente em anos, ou décadas, ou mesmo no curso de uma vida humana. Uma seleção das obras mais valiosas seria de grande proveito, mas as seleções em geral se destinam a objetivos restritos (como o estudo da filosofia dos primeiros séculos). Encontrei, no entanto, essa pequena lista elaborada pelo Pe. Garrigou Lagrange, possivelmente um dos três maiores tomistas do século passado, que tem o propósito verdadeiramente religioso de moldar almas. Ela segue abaixo.

Patrologia Grega

S. Clemente – Carta à Igreja de Corinto (cerca de 95) sobre a concórdia, a humildade, a obediência.

Clemente de Alexandria – O Pedagogo (depois de 195), pela ascese à contemplação, e os Stromata, especialmente VI, 8, 9, 12; V, 11, 12; VIII, 3, 23.

Sto. Atanásio – Vida de Santo Antão, onde é descrita a espiritualidade do patriarca dos monges e dos cenobitas.

S. Cirilo de Jerusalém (315-386) – Catequeses, que contém o retrato do verdadeiro cristão.

S. Basílio (330-379) – Sobre o Espírito Santo, sua influência na alma regenerada; Regras da disciplina monástica do Oriente; Homilias.

S. Gregório de Nissa (335-395) – Vida de Moisés, onde ele trata da ascensão da alma em direção à perfeição.

S. Gregório Nazianzeno (330-390) – Sermões, especialmente Oratio XXXIX, c. VIII, IX, X.

S. João Crisóstomo (344-407) – Homilias sobre o Sacerdócio.

S. Cirilo de Alexandria (+444) – Thesaurus; Homilias, e o Comentário sobre o Evangelho de S. João, em particular 1. IV Sobre a Eucaristia, e 1.V Sobre a habitação do Espírito Santo nas almas.

Pseudo-Dionísio (cerca de 500) – Dos nomes divinos; A Teologia Mística; Da Hierarquia Celeste; Cartas.

S. João Clímaco (+ 649) – A Escada do Paraíso, resumo de ascética e mística para os monges do Oriente.

S. Máximo, o Confessor (580-662) – Escólios sobre Dionísio, e seu Livro Ascético; ele explica a doutrina de dionísio sobre a contemplação.

S. João Damasceno (675-749) – Sobre as Virtudes e os Vícios; Paralelos Sagrados; Sobre a Transfiguração; Sobre o Natal e Sobre a Páscoa.

S. Efrém, no século IV, na literatura siríaca, escreveu obras essencialmente místicas por sua alta inspiração, cf. J. Lamy, S. Ephraem syri hymni et sermones, 4 vol., 1882-1902.

Patrologia Latina

S. Cipriano (200-258)- De habitu virginum; De dominica oratione; De bono patientiae; De zelo et livore.

Sto. Ambrósio (337-397)- De officis ministrorum; Acerca da Virgindade; De vidui; de Isaac et anima,c. III, VIII; In Os. CXVIII, sermo VI.

Sto. Agostinho (354-430)- Confissões, IX, 10; X, 40; Solilóquios; De doctrina christiana; A Cidade de Deus; Epist. 211; De quantitate animae, c. XXXIII; De Sermone Domini in monte, 1.I, c.III e IV; Comentário aos Salmos 33, V. 5.

João Cassiano (360-435)- Conferências.

S. Leão, (papa, 440-461)- Sermões.

S. Bento (480-543)- Regra, cheia de discrição, que tornou-se a de quase todos os monges do Ocidente até o séc. XIII.

S. Gregório Magno (540-604)- Expositium in librum Job, Sive moralium, libri XXXV; Líber regulae pastoralis, Homiliae in Exechielem, especialmente 1. II, hom. II, III, V.

S. Beda, o Venerável (séc. VIII)- Comentário ao Evangelho de São Lucas.

S. Pedro Damião (séc. XI)- Da perfeição dos monges, cap. VIII, X.

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Igreja discente

Cardeal Newman

É bastante notável que, embora falando historicamente o século IV seja a época dos doutores, aquele que foi iluminado por santos como Atanásio, Hilário, os dois Gregórios, Basílio, Crisóstomo, Ambrósio, Jerônimo e Agostinho (tendo sido bispos todos esses santos, com uma única exceção), contudo, nessa mesma época, tenham sido os leigos que mantiveram a tradição divina confiada à Igreja.

Efetivamente, isso exige alguma explicação: dizendo isso, não nego evidentemente que, em sua expressiva maioria, os bispos tenham sido ortodoxos, no mais íntimo de sua fé; tampouco nego que tenha havido membros do clero para assistir os leigos e servir-lhes de guia e fonte de inspiração; nem desconheço que os leigos tenham recebido certamente a fé, em primeira mão, dos bispos e do clero; não nego que haja entre os leigos alguns ignorantes e que outros se tenham corrompido por pregadores arianos, os quais conseguiram apoderar-se das sedes episcopais e ordenar sacerdotes heréticos. No entanto, persisto em dizer que, nessa época de imensa confusão, o dogma divinamente revelado da divindade de Nosso Senhor foi proclamado, afirmado e mantido e, falando humanamente, preservado muito mais pela Ecclesia docta do que pela Ecclesia docens; que o corpo dos bispos foi infiel à sua missão, ao passo que os leigos permaneceram fiéis ao seu batismo; que ora o Papa, ora uma sede patriarcal, metropolitana ou outras sedes importantes, ora concílios gerais disseram o que jamais deveriam ter dito, ou realizaram atos que obscureceram ou puseram em perigo a verdade revelada. Entrementes, foi o povo cristão que, sob a orientação da Providência, constituiu a força cristã de Atanásio, de Eusébio, de Verceil e de outros confessores solitários da fé, que sem esse povo não teriam resistido […]. Digo que houve suspensão temporária das funções da Ecclesia docens. O conjunto dos bispos foi infiel ao dever de confessar sua fé.

Vejo, pois, na história do arianismo, um rematado exemplo de situação da Igreja durante a qual, se quisermos discernir onde está a Tradição apostólica, é aos fiéis que devemos recorrer.

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No tempo das perseguições

Encontramos, ainda, nos cemitérios subterrâneos, numerosos sinais que nos manifestam muitos aspectos da espiritualidade dos primeiros cristãos. Um dos temas que mais ocorrem é representado pela oração. Esta era feita com um gesto significativo, que se conserva ainda hoje nos gestos litúrgicos do celebrante: erguer os braços na direção do céu para oferecer uma súplica a Deus e esperar a sua Graça. É, ao mesmo tempo, um gesto de oferta e de acolhida. Entretanto não é um gesto de origem cristã. O famoso Orante de Berlim, estátua conservada no museu daquela cidade, representa um homem completamente nu que eleva os braços e os olhos ao céu, em gesto de oração.

Em meados do século III os cristãos de Roma tiveram que enfrentar a terrível perseguição de Décio. Não só houve uma multidão de gente que, por medo, renegou a fé, mas num determinado momento o próprio papa Fabiano com seus sete diáconos, ou seja, quase todos os que dirigiam a Igreja, foram mortos. Sete anos depois, com a perseguição de Aureliano, aconteceu a mesma coisa. Por primeiro, o papa Sixto II (258) surpreendido na catacumba, foi morto aí mesmo com quatro diáconos; em seguida, outros dois diáconos, foram mortos e sepultados no cemitério de Pretestato. Restava apenas Lourenço no governo da Igreja. Também ele será morto alguns dias depois. O mais triste naqueles terríveis dias foi o número extraordinário de lapsos, aqueles que tinham renegado a fé por medo da perseguição.

Sabemos pelas cartas de Cipriano, também ele morto em setembro de 258, que esse foi um momento muito difícil para a Igreja de Roma e, portanto, também para a Igreja de Trastévere.

Um artista daqueles anos, pintou uma barca que está para afundar: parece que tudo se tenha acabado, o mastro principal quebrado, as velas rasgadas, mas há um homem ali com os braços elevados, tranqüilo. O seu gesto exprime serenidade. Do alto, de fato, aparece Deus que coloca a mão em sua cabeça. Ao redor, existem náufragos. Ele, porém, tem a segurança compartilhada com todos os cristãos: apesar da situação que causa medo, a esperança acabaria por prevalecer. As pinturas nas catacumbas revelam-nos sempre a mentalidade dos cristãos, suas devoções, suas crenças.

Para os habitantes de Trastévere, também Maria era importante. A dedicação da basílica de Santa Maria refere-se ao VI século. É, certamente, anterior a Santa Maria Antiga, no fórum romano, e provavelmente posterior a Santa Maria Maior, de 432. Algumas pinturas nas catacumbas revelam o quanto era difusa a devoção a Nossa Senhora. Um famoso afresco das catacumbas de Priscila, representa a Virgem com o Menino e o Profeta, que indica uma estrela significando a realização da profecia de Balaam (“quando aparecer a estrela, o Salvador nascerá de uma virgem”). É provável que seja o próprio Balaam que indica a estrela. Alguns estudiosos pensam que seja Isaías, que proclama a realização da profecia da maternidade de uma virgem.

A adoração dos Magos é também uma cena que se repete com freqüência nas catacumbas. Os Magos, nas pinturas antigas, nem sempre são três; às vezes são quatro, outras vezes, são dois. O Evangelho não diz que eram três: fala de três dons, não de três pessoas: podiam levar três dons em três ou quatro, ou em dois ou cinco. Note-se que as representações mais antigas, não apresentam o presépio, a manjedoura com o boi e o burro. Essa é uma cena mais tardia, que aparece em algum sarcófago do século IV, enquanto na pintura só existe um exemplo, na catacumba de São Sebastião. Explica-se a preferência dada aos magos com a proveniência dos cristãos romanos do mundo pagão, idólatra.

Eucaristia

A imagem da eucaristia , a fractio panis, é encontrada bem expressa na catacumba de Priscila e refere-se àquilo que deveria ser o rito essencial celebrado nos titula, nas várias domus ecclesiae, como as que existiam em Trastevere (titula de Cecília, de Crisógono, de Calisto). A fração dos pães não era um gesto que iniciava qualquer agape, mas era circundada por um complexo litúrgico: canto dos salmos, leitura dos profetas, homilia do celebrante, etc. Entre as várias representações de banquetes alusivos à Eucaristia, optamos por aprofundar a da catacumba de Priscila, onde entre os comensais, nota-se uma mulher com véu. Num banquete pagão não tinha sentido uma mulher com véu. Ao seu lado estão sete pequenos cestos de pão, que são o elemento chave especificador do significado simbólico eucarístico da cena.

Em uma outra pintura do cemitério de São Calisto, na área de Lucina, estão presentes os mesmos pequenos cestos de pão, acompanhados de um peixe: referem-se, certamente, ao milagre da multiplicação dos pães no deserto, havendo relva sob os cestos e o peixe. O pintor quis chamar a atenção para aquele milagre, mas colocou também entre os cestos, sob os pequenos pães, um copo de vinho tinto. Jesus, no deserto, não deu vinho para beber, mas falou claramente que o milagre era realizado em previsão de algo maior. Os pães, embora referindo-se ao milagre do deserto, com a presença do vinho, exprimem a eucaristia. Retornando à pintura da fractio panis da catacumba de Priscila, o gesto eucarístico é indicado e realizado muito bem pelo presidente do banquete, representado à cabeceira da mesa (no mundo antigo o personagem mais importante coloca-se à cabeceira).

O Batismo

As catacumbas transmitem-nos também a mentalidade dos primeiros cristãos em relação ao batismo.

Nós administramos o batismo às nossas crianças derramando um pouco de água sobre suas cabeças. Não era assim para os primeiros cristãos. O seu rito era, talvez, muito mais expressivo, e manifestava plenamente a teologia de São Paulo. Nas catacumbas, o batizando é representado sempre nu, porque deve ser imerso na água. Ele, de fato, deve despojar-se do homem velho e revestir-se do homem novo.

Os antigos entendiam-no muito bem: mesmo na forma dos batistérios, colocados fora da igreja, exprimia-se esse conceito. Eram ambientes que tinham a forma de uma sepultura, otagonal ou hexagonal, justamente como um mausoléu. Quando na noite do sábado santo, os cristãos viam a fila dos batizados que se encaminham com suas roupas comuns e entravam no batistério, pensavam logo na morte: isso mesmo, entravam para morrer, para despojar-se da vida antiga, morrer para ela e depois ressurgir. Pela manhã, viam-nos sair, vestidos com a roupa branca, sinal da vida nova. Essa é uma concepção que devia ter um grande significado para os primeiros cristãos, também de Trastévere.

A Graça do Perdão

Calisto sofreu particularmente pela sua concepção de perdão, em polêmica com as várias seitas rigoristas da época: tudo se perdoa, ele afirmava, desde que haja arrependimento. Recordamos a respeito o modo como Pedro é representado nas catacumbas: muitas vezes tem ao lado, o galo que lhe recordou a traição… É estranho que em Roma, a Igreja fundada por Pedro acentue tanto essa página tão feia da vida do apóstolo, uma página que teria sido melhor esquecer.

Em muitos sarcófagos e nos cubículos catacumbais há aquele bendito galo, há Jesus que, com o dedo, faz o gesto de indicar “três vezes”, e Pedro com a cabeça baixa. Poder-se-ia perguntar, porque os romanos gostavam tanto de recordar essa página da vida do seu fundador. A única explicação convincente é que o fizesse para afirmar a misericórdia de Deus, a sua vontade de perdoar os pecadores, justamente num ambiente em que se negava o perdão, em tempos tão difíceis.

“Pedro – parecem dizer essas imagens – foi perdoado do mesmo pecado que vós, mais rigoristas, dizeis que não deva ser perdoado”. Calisto, grande defensor do perdão universal, tinha bem presente esse episódio da vida de Pedro e, provavelmente, fez dele um dos temas mais freqüentes da sua pregação aos cristãos do Trastévere.

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Ditoso quem se partir/ para ti, terra excelente

Umberto Fasola

Os cristãos, como dizia-se, viviam como as demais pessoas. Há um ponto evidente, porém, que os diferencia dos outros, a concepção da morte e da vida além da morte. Desde o final do século II, foi justamente a concepção da morte e do além que os levou a distinguir-se decididamente dos usos pagãos que, até então, também os cristãos tinham seguido. Os cristãos aceitavam em tudo a vida dos pagãos, exerciam o próprio dever de soldados, de comerciantes, de escravos. Diante do conceito da morte sentiram-se, porém, muito diferentes. Até o final do século II, os cristãos não se tinham colocado o problema de serem sepultados em áreas comuns ao lado dos pagãos. O próprio São Pedro, como se sabe, foi sepultado poucos metros longe de sepulturas pagãs, como também São Paulo na via Ostiense. A partir do final do século II, porém, os cristãos quiseram distinguir-se nas práticas funerárias e separaram seus cemitérios daqueles dos pagãos. Por que?

O conceito pagão de morte era frio, desesperado: o pagão sabia que existia a sobrevivência e acreditava nela, mas para ele era uma sobrevivência sem sentido. De fato, para o paganismo, a alma sobrevivia nos Campos Elíseos ou em outros ambientes ultra terrenos, mas somente enquanto fosse lembrada. Tão logo o defunto fosse esquecido, teria sido absorvido na massa amorfa, sem sentido, privado de personalidade, semelhante aos Manes. E, por isso, como pode-se observar facilmente, os túmulos pagãos são construídos ao longo das vias consulares. Foram deixados alinhados por quilômetros ao longo dessas estradas (particularmente da via Appia) em grande evidência, justamente porque os titulares queriam ser recordados: sabiam que enquanto alguém os via, lia os seus nomes, pensava neles, via a sua estátua, eles sobreviveriam.

Acabada a lembrança, tudo estava acabado. É por isso que faziam testamentos custosos, muito ricos, para obrigar os pósteros à recordação. Temos textos conservados nas epígrafes em que se recorda que os proprietários das sepulturas deixaram grandes cifras aos libertos para que todos os anos, no aniversário, fossem acender uma lâmpada sobre seus túmulos, atraindo a atenção dos vivos; basta recordar a tumba de Cecília Metella na via Appia.

Para os cristãos, isso tudo não tinha sentido: eles acreditavam seriamente na outra vida, não de modo tão desesperado e frio. É por isso que desejavam criar áreas cemiteriais próprias e separadas. Construíram então os Koimeteria, termo que significa literalmente dormitórios. Essa palavra para os pagãos era totalmente incompreensível. Eles, de fato, não entendiam de forma alguma o termo aplicado às áreas funerárias. Por exemplo, no edito de confisco do imperador Valeriano em 257, que é trazido por Eusébio de Cesaréia, diz-se que são confiscados aos cristãos bens e lugares de reunião (em Trastévere, bairro de Roma, foram evidentemente confiscados os “títulos” de Calisto, Crisógono e Cecília) que pertenciam à comunidade. Além desses bens, foram também confiscados os assim chamados Koimeteria, dormitórios.

Os romanos não entendiam o que isso significava. Para um pagão, de fato, “dormitório” era a sala onde se deita à noite e se levanta pela manhã. Para o cristão, era uma palavra que indicava tudo: vai-se dormir para ser despertado, a morte não é o fim, mas o lugar onde se repousa; e há um despertar garantido.

Encontramos outros conceitos com que os cristãos pensavam na morte e encontramo-los nas catacumbas: por exemplo conceito de Depositio. As lápides com a palavra Depositus, às vezes abreviada (depo, Dep ou apenas D) qualificam-se logo como cristãs. De fato, Depositio é um termo jurídico, usado pelos advogados, que queria dizer “dá-se em depósito”: os mortos eram confiados à terra como grãos de trigo, para serem depois restituídos em suas messes futuras. É um conceito desconhecido aos pagãos.

Por todos esses motivos, por uma teologia de morte tão diferente da dos pagãos, os cristãos quiseram isolar-se e criar seus próprios cemitérios. O mesmo foi sentido pelos judeus, mas só depois.

As escavações da Vila Torlônia demostraram com segurança que as catacumbas judaicas foram criadas ao menos 50-60 anos depois das cristãs. Foram os judeus que imitaram os cristãos nesse tipo de sepultura.

A concepção cristã de morte, ou melhor, o mundo dos mortos sentidos como vivos, faz-nos entrar na mentalidade dos primeiros cristãos, dos moradores do Trastévere de então: externamente eram oleiros, trituradores de trigo, serventes de hospedarias, vendedores de peixe, barqueiros, etc., como todos os demais (sabemos, ainda, que eram estimados pelos seus concidadãos como gente que sabia executar bem os seus deveres). No íntimo de suas consciências, porém, tinham algo de profundamente diverso dos outros.

Foi encontrada no Cemitério Maior da vida Nomentana, uma bela epígrafe cristã. Externamente, é um pequeno pedaço de mármore que não apresenta características particulares, mas pelos conceitos que exprime tenho-a como um dos achados mais belos. Fala-se nela de um siciliano morto em Roma, que desejou recordar a sua concepção de vida, com estas brevíssimas palavras em grego: “Vivi como sob uma tenda (isto é, vivi provisoriamente) por quarenta anos, agora habito a eternidade”.

Vemos aqui toda a diferença na concepção de vida entre os cristãos e os pagãos. Para os primeiros tratava-se de entender o presente como uma vida provisória para ir em direção à verdadeira habitação, a verdadeira morada; para os pagãos, a vida tinha um sentido fechado: a morte, de fato, era o seu fim. O momento trágico da morte, tornava-se para os cristãos, o ingresso num ambiente alegre. Jesus compara-o à festa de núpcias. É por isso que os cristãos pintam em seus túmulos rosas, pássaros, borboletas: encontra-se, com freqüência, nas decorações das catacumbas pinturas desse ambiente alegre, sereno, com símbolos que exprimem serenidade e tranqüilidade.

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De Cartago a Roma

Encontram-se na história das Catacumbas de São Calisto alguns protagonistas, personalidades de primeiro nível: os Papas mártires Fabiano, Cornélio, Sisto II, como também o bispo de Cartago, S. Cipriano. A Igreja de Roma e a de Cartago comunicavam-se freqüentemente. É interessante conhecer o conteúdo de algumas cartas para saber o que se diziam esses grandes Pastores e como julgavam o próprio tempo, não certamente tranqüilo.

1. A Igreja de Roma à Igreja de Cartago

A Igreja de Roma, no tempo da perseguição do imperador Décio, oferecia à Igreja de Cartago o seguinte testemunho de sua fidelidade a Cristo.

Roma, inícios de 250.

“… A Igreja resiste forte na fé. É verdade que alguns cederam, porque impressionados com a ressonância que teriam suscitado pela própria posição social ou pela fragilidade humana. Entretanto, embora separados agora de nós, não os abandonamos em sua defecção, mas ajudamo-los e ainda estamos próximos deles para que se reabilitem pela penitência e recebam o perdão d’Aquele que o pode conceder. Caso os deixássemos ao leu de si mesmos, a sua queda seria irreparável.

Procurai fazer também do mesmo modo, irmãos caríssimos, dando a mão àqueles que caíram para que se levantem. Assim, se devessem padecer ainda a prisão, sentir-se-ão fortes para confessar dessa vez a fé e remediar o erro anterior.

Permiti-nos que vos recordemos também qual é a linha a seguir numa outra questão. Aqueles que cederam na prova, se estiverem doentes, e desde que estejam arrependidos e desejosos da comunhão com a Igreja, devem ser socorridos. As viúvas e outros impossibilitados de apresentar-se espontaneamente, como também os que se encontram na prisão ou distantes de suas casas, devem encontrar quem pense neles. Nem sequer os catecúmenos atingidos pela doença devem ficar desencantados em suas expectativas de ajuda.

Saúdam-vos os irmãos que estão na prisão, os presbíteros e toda a Igreja, que com a máxima solicitude vigia sobre todos os que invocam o nome do Senhor. Mas pedimos, também nós, a retribuição da vossa lembrança” (Carta 8, 2-3).

2. O Bispo de Cartago à Igreja de Roma

Quando Cipriano foi informado da morte do Papa Fabiano, escreveu esta carta aos presbíteros e diáconos de Roma.

Cartago, inícios de 250.

“Irmãos caríssimos,

era-nos ainda incerta a notícia da morte daquele meu santo irmão no episcopado, e as informações traziam dúvidas, quando recebi de vós a carta, que me foi enviada através do subdiácono Cremêncio, pela qual era plenamente informado de sua gloriosa morte. Exultei, então, porque à integridade do seu governo seguiu-se um nobre final.

Em relação a isso, alegro-me muitíssimo também convosco, porque honrais a sua memória com um testemunho tão solene e esplêndido, dando a conhecer também a nós a lembrança gloriosa que tendes do vosso bispo, e oferecendo-nos ainda um exemplo de fé e fortaleza.

De fato, quanto é danosa para os súditos a queda de quem está como chefe, da mesma forma, ao contrário, é útil e salutar um bispo que se oferece aos irmãos como exemplo de firmeza na fé… Desejo-vos, irmãos caríssimos, que estejais sempre bem” (Carta 9, 1).

3. Cipriano, bispo de Cartago, ao Papa Cornélio

Cipriano presta homenagem ao testemunho de coragem e fidelidade demonstrado pelo Papa Cornélio e pela Igreja de Roma: “um luminoso exemplo de união e constância a todos os cristãos”. Prevendo como iminente a hora da prova também para a Igreja de Cartago, Cipriano pede a ajuda fraterna da oração e da caridade.

Cartago, outono de 253.

“Cipriano a Cornélio, irmão no episcopado.

Tomamos conhecimento, irmão caríssimo, da tua fé, da tua fortaleza e do teu claro testemunho. Tudo isso é de grande honra para ti e traz-me tanta alegria a ponto de tornar-me participante e associado aos teus méritos e às tuas empresas.

Assim como, de fato, una é a Igreja, uno e inseparável o amor, única e inseparável a harmonia dos corações, qual sacerdote ao celebrar os louvores de um outro sacerdote não se alegraria com isso como de uma glória pessoal? E qual irmão não se sentiria feliz da alegria dos próprios irmãos? É certo que não se pode imaginar a exultação e a grande alegria que se deu aqui entre nós quando soubemos de coisas tão belas e conhecemos as provas de fortaleza dadas por vós.

Foste guia dos irmãos na confissão da fé, e a mesma confissão do guia fortaleceu-se ainda mais com a confissão dos irmãos. Assim, enquanto precedeste aos outros no caminho da glória, e enquanto te mostraste pronto a confessar por primeiro e por todos, persuadiste o povo a confessar a mesma fé.

Torna-se impossível para nós, então, estabelecer o que devemos mais elogiar em vós, se a tua fé pronta e inabalável ou a inseparável caridade dos irmãos. A coragem do bispo manifestou-se em todo o seu esplendor como guia do seu povo, e apareceu luminosa e grande a fidelidade do povo em plena solidariedade com o seu bispo. Em todos vós a Igreja de Roma deu o seu magnífico testemunho, unida totalmente num só espírito e numa só fé.

Brilhou assim, irmão caríssimo, a fé que o Apóstolo constatava e elogiava em vossa comunidade. Já então ele previa e celebrava quase profeticamente a vossa coragem e a vossa indomável fortaleza. Já então reconhecia os méritos de que vos tornaríeis gloriosos. Exaltava as empresas dos pais, prevendo as dos filhos. Com a vossa plena concórdia, com a vossa fortaleza, destes luminoso exemplo de união e constância a todos os cidadãos .

Irmão caríssimo, o Senhor em sua Providência adverte-nos previamente que é iminente a hora da prova. Deus, em sua bondade e em sua preocupação pela nossa salvação, concede-nos as suas benéficas sugestões em vista do nosso próximo combate. Pois bem, em nome daquela caridade, que nos liga reciprocamente, ajudemo-nos, perseverando com todo o povo em jejuns, vigílias e oração.

São estas as armas celestes que nos fazem permanecer sólidos e perseverantes. São estas as armas espirituais e as flechas divinas que nos protegem.

Recordemo-nos reciprocamente na concórdia e fraternidade espiritual. Rezemos sempre e em todos os lugares uns pelos outros, e procuremos aliviar os nossos sofrimentos com a caridade recíproca” (Carta 60, 1-2).

4. Cipriano anuncia a morte do Papa Sisto II

A Igreja de Cartago mandara alguns eclesiásticos a Roma para colherem notícias a respeito do decreto de perseguição do imperador Valeriano. Retornaram levando a dolorosa notícia da morte do Papa Sisto II. O bispo S. Cipriano preocupou-se em informar logo sobre os fatos à Igreja da África, enviando esta carta ao bispo Sucesso.

Cartago, agosto de 258.

“Meu caro irmão,

não pude enviar-te logo um meu escrito porque nenhum dos clérigos desta Igreja podia mover-se, encontrando-se todos sob a tempestade da perseguição, que porém, graças a Deus, encontrou-os muito dispostos a passarem logo ao céu.

Comunico-te agora as notícias que tenho.

Retornaram os emissários que enviei a Roma para que apurassem e referissem a decisão tomada pelas autoridades a meu respeito, qualquer gênero fosse, e colocar um ponto final, assim, as todas as ilações e hipóteses que circulavam. E eis agora qual é a verdade devidamente apurada.

O imperador Valeriano enviou o seu rescrito ao Senado, com o qual decidiu que bispos, sacerdotes e diáconos sejam levados imediatamente à morte. Os senadores, os notáveis e os que têm título de cavaleiros romanos sejam privados de toda dignidade e também dos bens. Se, depois, mesmo após o confisco endurecerem na profissão cristã, devem ser condenados à pena capital.

As matronas cristãs sofram o confisco de todos os bens e depois sejam mandadas em exílio. Sejam igualmente confiscados todos os bens aos funcionários imperiais, que já confessaram a fé cristã ou devessem confessá-la no presente. Sejam em seguida presos e registrados entre os adidos às propriedades imperiais (trabalhos forçados).

Valeriano acrescenta ainda ao rescrito a cópia de uma sua carta aos governadores das províncias e que se refere à minha pessoa. Espero dia após dia essa carta, e espero recebê-la logo, mantendo-me sólido e forte na fé. A minha decisão diante do martírio é conhecida. Espero, cheio de confiança como estou, de receber a coroa da vida eterna da bondade e generosidade de Deus.

Comunico-vos que Sisto padeceu o martírio com quatro diáconos em 16 de agosto, enquanto encontrava-se na zona do “Cemitério” (as Catacumbas de São Calisto). As autoridades de Roma têm como norma que todos os que forem denunciados como cristãos, devam ser justiçados e suportar o confisco dos bens em benefício do erário imperial.

Peço que aquilo que referi seja levado ao conhecimento também dos outros nossos colegas no episcopado, porque a nossa comunidade possa ser encorajada e predisposta sempre melhor, pelas suas exortações, ao combate espiritual. Isso será de estímulo a considerar mais o bem da imortalidade do que a morte, e consagrar-se ao Senhor com fé ardente e fortaleza heróica, a mais alegrar-se do que temer diante do pensamento de ter que confessar a própria fé. Os soldados de Deus e de Cristo sabem muito bem que a sua imolação não é tanto uma morte quanto uma coroa de glória.

A ti, irmão caríssimo, a minha saudação no Senhor” (Carta 80).

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Vida de São Cipriano de Cartago

Táscio Cecílio Cipriano nasceu no norte da África, provavelmente em Cartago, entre os anos 200 e 210 dC. Filho de família abastada, recebeu formação superior, dedicando-se à oratória e advocacia. Converteu-se ao Cristianismo, já adulto, por volta de 245. Três anos depois foi eleito bispo de Cartago. Foi degolado nas imediações da cidade, na presença de grande multidão de cristãos e pagãos, aos 14 de setembro de 258, durante a perseguição de Valeriano.

A Igreja na época de São Cipriano vivia intenso fervor. As sangrentas perseguições, que desde Nero (ano 64 dC) a sacudiam, somente faziam aumentar o fervor, e os mártires entregavam suas vidas com amor e fé.

Mesmo com todo este fervor, surgiam grupinhos de hereges que, desejosos de ‘autonomia’, pregavam uma doutrina diferente da dos Apóstolos e dos Bispos da Santa Igreja de Cristo. Para combater estas heresias, Cipriano divulga por volta do outono do ano de 251, como ele mesmo diz, um livrinho de conduta cristã denominado: “Catholicae Ecclesiae Unitate” – “A Unidade da Igreja Católica”.

São maravilhosas as palavras de São Cipriano. Ele demonstra uma clareza de idéias e um espírito decidido na meta que almeja alcançar. Homem de Deus, baseou-se totalmente nas escrituras para defender a unidade da Igreja Católica, o Primado de Pedro, e outras Santas Doutrinas recebidas diretamente dos Apóstolos.

Martírio de São Cipriano

No dia décimo oitavo das calendas de outubro pela manhã, grande multidão se reuniu no campo de Sexto, conforme a determinação do procônsul Galério Máximo. Este, presidindo no átrio Saucíolo, no mesmo dia ordenou que lhe trouxessem Cipriano. Chegado este, o procônsul interrogou-o: “És tu Táscio Cipriano?” O bispo Cipriano respondeu: “Sou”.

O procônsul Galério Máximo: “Tu te apresentastes aos homens como papa do sacrílego intento?” Respondeu o bispo Cipriano: “Sim”.

O procônsul Galério Máximo disse: “Os augustíssimos imperadores te ordenaram que te sujeites às cerimônias”. Cipriano respondeu: “Não faço”.

Galério Máximo disse: “Pensa bem!” O bispo Cipriano respondeu: “Cumpre o que te foi mandado; em causa tão justa, não há que discutir”.

Galério Máximo deliberou com o seu conselho e, com muita dificuldade, pronunciou a sentença, com esta palavras: “Viveste por muito tempo nesta sacrílega idéia e agregaste muitos homens nesta ímpia conspiração. Tu te fizeste inimigo dos deuses romanos e das sacras religiões, e nem os piedosos e sagrados augustos príncipes Valeriano e Galieno, nem Valeriano, o nobilíssimo César, puderam te reconduzir à prática de seus ritos religiosos. Por esta razão, por seres acusado de autor e guia de crimes execráveis, tu te tornarás uma advertência para aqueles que agregaste a ti em teu crime: com teu sangue ficará salva a disciplina”. Dito isto, leu a sentença: “Apraz que Tarcísio Cipriano seja degolado à espada”. O bispo Cipriano respondeu: “Graças a Deus!”

Após a sentença, o grupo dos irmãos dizia: “Sejamos também nós degolados com ele”. Por isto houve tumulto entre os irmãos e grande multidão o acompanhou. E assim Cipriano foi conduzido ao campo de Sexto. Ali tirou o manto e o capuz, dobrou os joelhos e prostrou-se em oração ao Senhor. Retirou depois a dalmática, entregando-a aos diáconos e ficou de alva de linho e aguardou o carrasco, a quem, quando chegou, mandou que os seus lhe dessem vinte e cinco moedas de ouro. Os irmãos estenderam diante de Cipriano pano de linho e toalha. O bem-aventurado quis vendar os olhos com as próprias mãos. Não conseguindo amarrar as pontas, o presbítero Juliano e o subdiácono Juliano o fizeram.

Desde modo morreu o bem-aventurado Cipriano. Seu corpo, por causa da curiosidade dos pagãos, foi colocado ali perto, de onde, à noite, foi retirado e, com círios e tochas, hinos e em grande triunfo, levado ao cemitério de Macróbio Candiano, administrador, existente na via Mapaliense, junto das piscinas. Poucos dias depois, morreu o procônsul Galério Máximo.

Mártir santíssimo Cipriano foi morto, no dia décimo oitavo das calendas de outubro, sob Valeriano e Galieno imperadores, reinando, porém, nosso Senhor Jesus Cristo, a quem a honra e a glória pelos séculos dos séculos. Amém.

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Santo Irineu

1. Biografía

San Ireneo fue discípulo de la San Policarpo quién a su vez fue discípulo del Apóstol San Juan.

Las obras literarias de San Ireneo le han valido la dignidad de figurar prominentemente entre los Padres de la Iglesia, ya que sus escritos no sólo sirvieron para poner los cimientos de la teología cristiana, sino también para exponer y refutar los errores de los gnósticos y salvar así a la fe católica del grave peligro que corrió de contaminarse y corromperse por las insidiosas doctrinas de aquellos herejes.

1.1 – Infancia y Estudios

Nada se sabe sobre su familia. Probablemente nació alrededor del año 125, en alguna de aquellas provincias marítimas del Asia Menor, donde todavía se conservaba con cariño el recuerdo de los Apóstoles entre los numerosos cristianos. Sin duda que recibió una educación muy esmerada y liberal, ya que sumaba a sus profundos conocimientos de las Sagradas Escrituras, una completa familiaridad con la literatura y la filosofía de los griegos. Tuvo además, el inestimable privilegio de sentarse entre algunos de los hombres que habían conocido a los Apóstoles y a sus primeros discípulos, para escuchar sus pláticas. Entre éstos, figuraba San Policarpo, quien ejerció una gran influencia en la vida de Ireneo. Por cierto, que fue tan profunda la impresión que en éste produjo el santo obispo de Esmirna que, muchos años después, como confesaba a un amigo, podía describir con lujo de detalles, el aspecto de San Policarpio, las inflexiones de su voz y cada una de las palabras que pronunciaba para relatar sus entrevistas con San Juan, el Evangelista, y otros que conocieron al Señor, o para exponer la doctrina que habían aprendido de ellos. San Gregorio de Tours afirma que fue San Policarpio quien envió a Ireneo como misionero a las Galias, pero no hay pruebas para sostener esa afirmación.

1.2 – Sacerdocio

Desde tiempos muy remotos, existían las relaciones comerciales entre los puertos del Asia Menor y el de Marsella y, en el siglo segundo de nuestra era, los traficantes levantinos transportaban regularmente las mercancías por el Ródano arriba, hasta la ciudad de Lyon que, en consecuencia, se convirtió en el principal mercado de Europa occidental y en la villa más populosa de las Galias. Junto con los mercaderes asiáticos, muchos de los cuales se establecieron en Lyon, venían sus sacerdotes y misioneros que portaron la palabra del Evangelio a los galos paganos y fundaron una vigorosa iglesia local. A aquella iglesia llegó San Ireneo para servirla como sacerdote, bajo la jurisdicción de su primer obispo, San Potino, que también era oriental, y ahí se quedó hasta su muerte. La buena opinión que tenían sobre él sus hermanos en religión, se puso en evidencia el año de 177, cuando sé le despachó a Roma con una delicadísima misión. Fue después del estallido de la terrible persecución de Marco Aurelio, al tratar a San Potino, el 2 de junio, cuando ya muchos de los jefes del cristianismo en Lyon, se hallaban prisioneros. Su cautiverio, por otra parte, no les impidió mantener su interés por los fieles cristianos del Asia Menor. Conscientes de la simpatía y la admiración que despertaba entre la cristiandad su situación de confesores en inminente peligro de muerte, enviaron al Papa San Eleuterio, por conducto de Ireneo, “la más piadosa y ortodoxa de las cartas”, con una apelación al Pontífice, en nombre de la unidad y de la paz de la Iglesia, para que tratase con suavidad a los hermanos montanistas de Frigia. Asimismo, recomendaban al portador de la misiva, como a un sacerdote “animado por un celo vehemente para dar testimonio de Cristo” y un amante de la paz, como lo indicaba su nombre.

1.3 – Obispado

El cumplimiento de aquel encargo que lo ausentaba de Lyon, explica por qué Ireneo no fue llamado a compartir el martirio de San Potino y sus compañeros. No sabemos cuánto tiempo permaneció en Roma, pero tan pronto como regresó a Lyon, ocupó la sede episcopal que había dejado vacante San Potino. Ya por entonces había terminado la persecución y los veinte o más años de su episcopado fueron de relativa paz. Las informaciones sobre sus actividades son escasas, pero es evidente que, además de sus deberes puramente pastorales, trabajó intensamente en la evangelización de su comarca y las adyacentes. Al parecer, fue él quien envió a los Santos Félix, Fortunato y Aquileo, como misioneros a Valence, y a los Santos Ferrucio y Ferreolo, a Besancon, Para indicar hasta qué punto se había identificado con su rebaño, basta con decir que hablaba corrientemente el celta en vez del griego, que era su lengua madre.

1.4 – Lucha contra el gnosticismo

La propagación del gnosticismo en las Galias y el daño que causaba en las filas del cristianismo, inspiraron en el obispo Ireneo el anhelo de exponer los errores de esa doctrina para combatirla. Comenzó por estudiar sus dogmas, lo que ya de por sí era una tarea muy difícil, puesto que cada uno de los gnósticos parecía sentirse inclinado a introducir nuevas versiones propias en la doctrina. Afortunadamente, San Ireneo era un investigador minucioso e infatigable en todos los campos del saber, como nos dice Tertuliano y, por consiguiente, salvó aquel escollo sin mayores tropiezos y hasta con cierto gusto. Una vez empapado en las ideas del “enemigo”, se puso a escribir un tratado en cinco libros, en cuya primera parte expuso completamente las doctrinas internas de las diversas sectas para contradecirlas después con las enseñanzas de los Apóstoles y los textos de las Sagradas Escrituras.

Hay un buen ejemplo sobre el método de combate que siguió, en la parte donde trata el Punto doctrinal de los gnósticos de que el mundo visible fue creado, conservado y gobernado por seres angelicales y no por Dios, quien sin participación seguirá eternamente desligado del mundo, superior, indiferente. Ireneo expone la teoría, la desarrolla hasta llegar a su conclusión lógica y, por medio de una eficaz reductio ad absurdurn, procede a demostrar su falsedad. Ireneo expresa la verdadera doctrina cristiana sobre la estrecha relación entre Dios y el mundo que El creó, en 101, siguientes términos: “El Padre está por encima de todo y El es la cabeza de Cristo; pero a través del Verbo se hicieron todas las cosas y El mismo es el jefe de la Iglesia, en tanto que Su Espíritu se halla en todos nosotros; es El esa agua viva que el Señor da a los que creen en El y le aman porque saben que hay un Padre por encima de todas las cosas, a través de todas las cosas y en todas las cosas.”

Ireneo se preocupa más por convertir que por confundir y, por lo tanto, escribe con estudiada moderación y cortesía, pero de vez en cuando, se le escapan comentarios humorísticos. Al referirse, por ejemplo, a la actitud de los recién “iniciados” dice: “Tan pronto como un hombre se deja atrapar en sus “caminos de salvación”, se da tanta importancia y se hincha de vanidad a tal extremo que ya no se imagina estar en el cielo o en la tierra, sino haber pasado a las regiones del Pleroma y, con el porte majestuoso de un gallo, se pavonea ante nosotros, como si acabase de abrazar a su ángel. Ireneo estaba firmemente convencido de que gran parte del atractivo del gnosticismo, se hallaba en el velo de misterio con que gustaba de envolverse y de hecho, había tomado la determinación de “desenmascarar a la zorra”, como él mismo lo dice. Y por cierto que lo consiguió: sus obras, escritas en griego, pero traducidas al latín casi en seguida, circularon ampliamente y no tardaron en asestar el golpe de muerte a los gnósticos del siglo segundo. Por lo menos, de entonces en adelante dejaron de constituir una seria amenaza para la Iglesia y la fe católica.

1.5 – Reconciliador ante el Papa

El hecho de que luchara contra las herejía no significa que fuese intransijente. Al contrario. Trece o catorce años después de haber viajado a Roma con la carta para el Papa Eleuterio, fue de nuevo Ireneo el mediador entre un grupo de cristianos del Asia Menor y el Pontífice. En vista de que los cuartodecimanos se negaban a celebrar la Pascua de acuerdo con la costumbre occidental, el Papa Víctor III los había excomulgado y, en consecuencia, existía el peligro de un cisma. Ireneo intervino en su favor. En una carta bellamente escrita que dirigió al Papa, le suplicaba que levantase el castigo y señalaba que sus defendidos no eran realmente culpables, sino que se aferraban a una costumbre tradicional y que, una diferencia de opinión sobre el mismo punto, no había impedido que el Papa Aniceto y San Policarpo permaneciesen en amable comunión. El resultado de su embajada fue el restablecimiento de las buenas relaciones entre las dos partes y de una paz que no se quebrantó. Después del Concilio de Nicea, en 325, los cuartodecimanos acataron voluntariamente el uso romano, sin ninguna presión por parte de la Santa Sede.

1.6 – Su muerte y veneración

Se desconoce la fecha de la muerte de San Ireneo aunque, por regla general, se estima en el año 202. De acuerdo con una tradición posterior, se afirma que fue martirizado, pero no es probable ni hay evidencia alguna sobre el particular.

Los restos mortales de San Ireneo, como lo indica Gregorio de Tours, fueron sepultados en una cripta, bajo el altar de la que entonces se llamaba iglesia de San Juan, pero más adelante, llevó el nombre de San Ireneo. Esta tumba o santuario fue destruido por los calvinistas en 1562 y, al parecer, desaparecieron hasta los últimos vestigios de sus reliquias. Es digno de observarse que, si bien la fiesta de San Ireneo se celebra desde tiempos muy antiguos en el oriente (el 23 de agosto), sólo a partir de 1922 se ha observado en la iglesia de occidente.

2. Obras:

No ha llegado hasta nosotros nada que pueda llamarse una biografía de la época sobre San Ireneo, pero hay, en cambio, abundante literatura en torno al importante papel que desempeñó como testigo de las antiguas tradiciones y como maestro de las creencias ortodoxas

Su tratado contra los gnósticos ha llegado hasta nosotros completo en su versión latina.

En 1904 se descubrió la existencia de otro escrito suyo: la exposición de la predicación apostólica, traducida al armenio. La obra era hasta entonces conocida como : “Prueba de la Predicación Apostólica”. Se trata, sobre todo de una comparación de las profecías del Antiguo Testamento y de ese escrito, no se obtienen informaciones nuevas en relación con el espíritu y los pensamientos del autor.

A pesar de que el resto de sus obras desapareció, bastan los dos trabajos mencionados para suministrar todos los elementos de un sistema completo de teología cristiana.

Fonte

 

Arquivado em:Santo Irineu de Lyon

Símbolo dos Apóstolos

O Credo foi constituído pelos Apóstolos e seus primeiros sucessores, a fim de que o povo cristão guardasse, de memória, os principais pontos da fé católica revelados por Jesus Cristo. Veja esses testemunhos dos Padres da Igreja.

Santo Ireneu (140-202)

A Igreja, espalhada hoje pelo mundo inteiro, recebeu dos apóstolos e dos seus discípulos a fé num só Deus, Pai e onipotente, que fez o céu e a terra, os mares, e tudo quanto nele existe e num só Cristo, Filho de Deus, que se fez carne para a nossa salvação; e no Espírito Santo, que mediante os profetas predisse a salvação por meio do amado Jesus Cristo nosso Senhor, a sua dupla vinda, o seu nascimento da Virgem, a sua paixão e ressurreição dentre os mortos, e que diante dele todo joelho se dobrará no céu, na terra e nos infernos, e toda língua o proclame (Fl 2, 10-11). Então, sobre todos os seres, pronunciará o seu justo julgamento. As almas dos maus, os anjos prevaricadores e apóstatas, precipita-los-á no fogo eterno com os homens pecadores, injustos, iníquos e blasfemadores. Os justos, porém, os santos, aqueles que guardaram os seus mandamentos e perseveraram no seu amor, receberão dele a vida, terão dele a imortalidade e gozarão da glória eterna.

Esta é a doutrina que a Igreja recebeu; e esta é a fé, que mesmo dispersa no mundo inteiro, a Igreja guarda com zelo e cuidado, como se tivesse a sua sede numa única casa. E todos são unânimes em crer nela, como se ela tivesse uma só alma e um só coração. Esta fé ela anuncia, ensina, transmite como se falasse uma só língua.

As línguas faladas no mundo são diversas, mas a força da tradição, em toda parte, é a mesma. As igreja fundadas na Alemanha não tem outra fé e outra tradição. Diga-se o mesmo das igrejas fundadas na Espanha, entre os celtas, no oriente, no Egito, na Líbia ou no centro do mundo, que é a Palestina.

Da mesma forma que o Sol, criatura de Deus, é um só e é idêntico em todo o mundo, assim também o ensino da verdade, que brilha em toda parte e ilumina a todos os homens, que querem chegar ao conhecimento da verdade (cf. 1Tm 3, 15), é sempre o mesmo.” (Adv. Haer. 1,9)

S. Cirilo de Jerusalém (315-386)

Este símbolo da fé não foi elaborado segundo as opiniões humanas, mas da Escritura inteira recolheu-se o que existe de mais importante, para dar, na sua totalidade, a única doutrina da fé. E assim como a semente de mostarda contém em um pequeníssimo grão um grande número de ramos, da mesma forma este resumo da fé encerra em algumas palavras todo o conhecimento da verdadeira piedade contida no Antigo e no Novo Testamento (Catech. ill.5,12)

Santo Ambrósio (340-397)

Este Símbolo é o selo espiritual, a meditação do nosso coração e guardião sempre presente; ele é, seguramente, o tesouro da nossa alma. (Symb.1)

Ele é o Símbolo guardado pela Igreja Romana, aquela onde Pedro, o primeiro dos Apóstolos, teve a sua Sé e para onde ele trouxe a comum expressão da fé(Sententia Comunis). (Symb. 7)

São Gregório de Nazianzo, o Teólogo (330-379)

Antes de todas as coisas conservai-me este bom depósito, pelo qual vivo e combato, com o qual quero morrer, que me faz suportar todos os males e desprezar todos os prazeres: refiro-me à profissão de fé no Pai, no Filho e no Espírito Santo. Eu vo-la confio hoje. É por ela que daqui a pouco vou mergulhar-vos na água e vos tirar dela. Eu vo-la dou como companheira e dona de vossa vida. Dou-vos uma só Divindade e Poder, que existe Una nos Três, e que contém os Três de uma maneira distinta. Divindade sem diferença de substância ou de natureza, sem grau superior que eleve ou grau inferior que rebaixe… A infinita conaturalidade é de três infinitos. Cada um considerado em sí mesmo é Deus todo inteiro… Deus os Três considerados juntos. Nem comecei a pensar na Unidade, e a Trindade me banha no seu esplendor. Nem comecei a pensar na Trindade, e a unidade toma conta de mim (Or. 40,41).

Simbolo Quicumque – de Santo Atanásio (295373)

A fé católica é esta: que veneremos o único Deus na Trindade, e a Trindade na unidade, não confundindo as pessoas, nem separando a substância: pois uma é a Pessoa do Pai, outra a do Filho, outra a do Espírito Santo; mas uma só é a divindade do Pai, do Filho e do Espírito Santo, igual a glória, co-eterna a majestade.

Tertuliando (†220)

A regra de fé – pois é preciso conhecermos desde logo o que professamos – consiste em crer: não há senão um Deus, o criador do mundo, que tirou o universo do nada por meio de seu Verbo, emitido antes de todas as coisas; esse Verbo chamado seu Filho, apareceu em nome de Deus e sob diversas figuras aos patriarcas, se fez ouvir pelos profetas e enfim desceu, pelo Espírito e poder de Deus, ao seio da Virgem Maria, onde se fez carne, passando a viver como Jesus Cristo; em seguida pregou a Nova Lei e a nova promessa do reino dos céus; fez milagres, foi crucificado, ressuscitou ao terceiro dia, foi elevado aos céus e se assentou à direita do Pai; enviou em seu lugar a força do Espírito Santo para guiar os fiéis; virá um dia em glória para levar os santos e dar-lhes o gozo da vida eterna e das promessas celestes, bem como para condenar os profanos ao fogo perpétuo, após a ressurreição de uns e de outros na ressurreição da carne.

Tal é a regra que Cristo estabeleceu, como demonstraremos, e que não há de suscitar entre nós quaisquer questões senão as provenientes das heresias e formuladas pelos hereges.

Contudo, desde que se mantenha inalterado o conteúdo, podeis pesquisar e discutir quanto quiserdes, dando azo à curiosidade, se algum ponto vos parecer ambíguo ou obscuro… Em suma, é melhor ignorar o que não é preciso saber, se se conhece o que se deve.

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