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Obras da Patrística

A Quaresma

De São Cirilo de Jerusalém

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É agora o tempo da confissão. Confessa as tuas faltas por palavras e por acções, as da noite e as do dia. Confessa-as neste “tempo favorável”, neste “dia de salvação” (Is 49,8; 2Co 6,2); recebe o tesouro celeste… Deixa o presente e crê no futuro. Percorreste tantos anos sem interromper os teus vãos trabalhos da terra e não podes parar quarenta dias para te ocupares do teu próprio fim? “Parai e sabei que eu sou Deus”, diz a Escritura (Sl 45,11). Renuncia à multidão de palavras inúteis, não maldigas, não escutes também o maledicente, mas põe-te disponível para rezar. Mostra na ascese o fervor do teu coração; purifica esse receptáculo para receber uma graça mais abundante. Porque a remissão dos pecados é dada igualmente a todos, mas a participação no Espírito Santo é concedida na medida da fé de cada um. Se te esforçares pouco, recolhes pouco; se trabalhares muito, grande será a tua recompensa. És tu mesmo que estás em jogo ; vela pelo teu interesse.
Se tens uma queixa contra alguém, perdoa-lhe. Acabas de receber o perdão das tuas faltas, impõe-se que também tu perdoes ao pecador, porque com que cara dirás ao Senhor: “Afasta de mim os meus numerosos pecados”, se tu mesmo não perdoaste ao teu companheiro as suas faltas para contigo (cf. Mt 18,23s)?

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São Cirilo de Jerusalém

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INTRODUCCION

Datos biográficos de San Cirilo: El siglo IV es una de las épocas más-agitadas y borrascosas por las que ha atravesado la Iglesia. En ella los gran­des escritores y teólogos discuten, argumentan, satirizan unos contra otros-y escriben grandes infolios para aclarar un punto de doctrina, una cuestión-teológica, en la que intervienen no solamente los hombres de la Iglesia, sino-hasta los príncipes y gobernantes del siglo.

En estas circunstancias le tocó aparecer en el mundo a San Cirilo de Jerusalén. No sabemos con seguridad cuál fue la patria chica de San Cirilo; pero es muy probable que su cuna fuese Jerusalén o algún pueblecito de los alrededores de la gran metrópoli. Lo cierto es que nacido hacia el 313, pasó los primeros años de su adolescencia en la capital, instruyéndose y re­cibiendo una educación esmerada. Poco después se puso bajo la dirección del santo obispo Máximo, y tanto aprovechó en las ciencias eclesiásticas que en breve pudo ser ordenado sacerdote.

Muerto Máximo, fue elevado en 350 a la sede episcopal de Jerusalén. Durante los primeros años de su episcopado, San Cirilo pudo con relativa tranquilidad dedicarse al ejercicio de su cargo; pero luego, y a pesar de su ca­rácter tranquilo y reposado que odiaba toda agitación y polémica, no pudo sustraerse a la barahúnda de celos y pasiones que reinaban por doquier. Primeramente, Cirilo fue el blanco de las persecuciones de los arríanos. Le odian porque en él han visto un enemigo. Y a pesar de que el santo siem­pre que ha impugnado sus doctrinas lo ha hecho con toda circunspección y prudencia para no enconar los ánimos, ellos le siguen de cerca, le espían y procuran urdirle asechanzas y emboscadas. Es acusado, depuesto y desterrado como un intruso de la ciudad santa.

Tres veces es lanzado al destierro y la última de ellas se ve obligado a andar errante por las ciudades del Asia durante once años, y por las lauras cenobíticas donde es acogido con cariño por los monjes, a quienes él tanto envidiaba y alabará más tarde en sus escritos.

Por fin asiste al triunfo definitivo de sus ideas, toma parte en el Concilio ecuménico de Constantinopla (382) y muere, poco después alegre de ver que empieza a renacer la paz y concordia de los espíritus.

En los últimos años de su vida, San Cirilo gozó de tranquilidad hasta su santa muerte, que ocurrió probablemente en 386, a la edad de setenta y dos años, después de treinta y siete de un glorioso pontificado; y por el histo­riador Sócrates nos consta que en esta última época de su vida el Santo poseía el don extraordinario de profecía, según lo atestiguan las siguientes palabras del citado historiador: En una ocasión preparábanse los judíos con grande entusiasmo a la restauración del templo de Salomón. San Cirilo se acordó de la profecía de Daniel, y anunció que era llegada la hora de que en el templo no quedaría piedra sobre piedra. Y, en efecto, una noche vino un fuerte terremoto que conmovió los cimientos del antiguo templo y los derribó juntamente con los edificios próximos a él. Después cayó del cielo un fuego violento que estuvo ardiendo todo el día y abrasó todas las herra­mientas preparadas para el trabajo de la reedificación. El miedo y el terror se apoderó de los judíos y la fama del hecho se divulgó tanto que vinieron de países lejanos a ver lo sucedido. Los judíos, contra su voluntad, confe­saron a Jesucristo, y por la noche aparecieron en sus vestidos cruces for­madas de luz. Cuando después de haberlas contemplado quisieron deshacer­las y borrarlas, no lo pudieron conseguir.

Teodoreto, en el libro tercero de su historia, capítulo 17, narra este suceso muy de otra manera. Según él, lo que miles de hombres levantaban con gran trabajo, se caía espontáneamente.. Los restos antiguos del templo se derrumbaron. Vientos vehementes, tempestades y borrascas les arrastraban los materiales, y como tercos se empeñasen en conseguir su intento, vino un terremoto grande que llenó de espanto a los no iniciados en la fe. Cuando, pasado el miedo, cavaban los cimientos salió de ellos fuego que abrasó a muchos de los cavadores y a los restantes les ahuyentó del lugar. Por la noche se derrumbaron algunos edificios, cogiendo a los que descansaban, y aquella noche y el día siguiente apareció resplandeciente en el cielo la señal de la cruz, y en los vestidos de los judíos otras cruces, no de luz, sino de color negro.

Con estas señales todos huyeron de allí, confesando que era verdadero Dios aquel a quien sus mayores habían crucificado.

Lo que estos autores dicen sobre las cruces, ya negras, ya luminosas, en las vestiduras de los judíos, no debe confundirse con la aparición de la Cruz de que nos habla el Santo en su carta a Constancio.

San Cirilo cuenta así el suceso al Emperador: «En los santos días de la .festividad de Pentecostés, el siete de mayo, a eso de la hora tercia, apareció en el cielo una cruz grande, hecha de luz, y que se extendía sobre el Gólgota hasta el monte santo de las Olivas, la cuál fue vista no solamente de unos cuantos, sino de toda la gente de la ciudad, y con evidencia suma pues no pasó volando a los ojos de todos, sino que estuvo a la vista muchas horas, y más resplandeciente que los rayos del sol. Fue tanto que acudieron a la iglesia en tropel jóvenes y viejos, hombres, y mujeres de toda edad, hasta las doncellas más retraídas en sus casas y habitaciones, indígenas y extran­jeros, cristianos y gentiles, venidos aquí de todas- partes. Todos ellos unánimes y como a una voz, alabaron a Jesucristo nuestro Señor, Hijo Unigénito de Dios y obrador de maravillas, conociendo por experiencia la verdad de la fe de los cristianos» (Epístola ‘ad Constantinum’; v. Migne, t. 33, col. 352).

Obras y doctrina: La Iglesia honra a San Cirilo como el príncipe de los catequistas. La catequesis era en su tiempo la enseñanza oral que prepa­raba a los catecúmenos para la recepción del bautismo. Y en este género sencillo y popular San Cirilo nos ha dejado una obra maestra en sus famo­sas catequesis. Todas ellas en número de 23 y una pro catequesis, datan del primer año de su pontificado. No las escribió él mismo, sino que a medida que el Santo hablaba, los taquígrafos se encargaban de trasladarlas a la es­critura.

Su estilo: Por esto su palabra tiene los defectos y las cualidades del es­tilo hablado e improvisado; es práctica, viva, cordial, interesante y a veces patética y apremiante. De cuando en cuando algunas digresiones y parénte­sis largos vienen a entorpecerla algún tanto; pero de ordinario, la sencillez, la claridad y el método resplandecen de un modo particular.

A los términos filosóficos introducidos en su tiempo prefiere las fórmu­las consagradas por la antigüedad. No es un teólogo al estilo de San Atanasio, es un catequista que instruye piadosamente y trata de preservar del error a, sus queridos oyentes, y por esto es precisamente por lo que hoy: día ocupa un puesto distinguido entre los grandes maestros del pensamiento cristiano.

Resumen de su obra: La Pro catequesis trata de la grandeza de la gracia que se da a los que se bautizan; en las cinco primeras versa sobre el pecado; la penitencia y la fe; y las trece que siguen son una exposición continuada del símbolo bautismal de Jerusalén, el cual era muy semejante al que redac­tó un poco más tarde, en 381, el sínodo de Constantinopla. En las cinco úl­timas, que son las más importantes, a pesar de ser más breves, da una cabal inteligencia de los ritos y ceremonias del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía. Son las catequesis llamadas «Mistagógicas» en las cuales su lenguaje se reviste de una gracia más suave, de una más tranquila y afec­tuosa cordialidad, bien sea por el asunto mismo de que trata, o bien por dirigirse a los neófitos, los nuevos retoños de la Iglesia.

Estas cinco catequesis mistagógicas constituyen uno de los monumentos más preciosos de la antigüedad cristiana, pues son de un valor incompara­ble para el estudio de la historia del dogma y de la Liturgia. Por esto no es de extrañar que algunos protestantes las hayan querido interpolar y hacer­las pasar como apócrifas, pues veían en ellas retratador con demasiada cla­ridad las doctrinas católicas sobre el celibato eclesiástico y la virginidad, la Eucaristía y el culto de las reliquias e imágenes de los santos.

Es de advertir una circunstancia que añade un alto valor a la obra de San Cirilo, y es que el Santo escribió antes de la aparición de los grandes doctores y en medio de las polémicas y discusiones más ruidosas. No obs­tante, el fondo de su doctrina es de una ortodoxia segura e irreprochable.

Acerca del «Omousios» parece que en sus primeros tiempos estuvo algo indeciso; pero más tarde impugnó repetidas veces la doctrina de los arríanos.

Y así hablando de la Trinidad expone sus creencias del siguiente modo: «Nuestra esperanza está en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. N opredicamos tres dioses. ¡Callen los Marcionistas! No admitimos en la Tri­nidad ni confusión como Sabelio, ni separación como hacen otros». Estas últimas palabras son, sin duda, una alusión evidente a los partidarios de Arrio. Otro de los misterios que con más precisión y energía ha expuesto San Cirilo es el de la presencia real. Sus expresiones en este sentido se han hecho clásicas. «Bajo la figura del pan, dice a sus queridos neófitos, recibís el cuerpo de Cristo; y bajo las apariencias de vino recibís su sangre, y esa recepción hace de vosotros un sólo cuerpo y una sola sangre con El». Curiosa y notable es también esta frase que nos describe la manera de presentarse los fieles a la sagrada mesa:> {(Haced de vuestra mano izquierda como un trono en que se apoye la mano derecha, que ha de recibir al rey. Santificad luego vuestros ojos con el contacto divino y comulgad. No perdáis la menor partícula. Decidme, ¿si os entregasen pajuelas de oro, no las guardaríais con el mayor cuidado? Pues más preciosas que el oro y la pedrería son las especies sacramentales».

En otro lugar dice: «Recibiendo el cuerpo y la sangre de Cristo nos ha­cemos concorpóreos y consanguíneos con El; convirtiéndonos de este modo en portadores de Cristo (Cristofóro), distribuyéndose su carne y su sangre por nuestros miembros».

Tampoco se olvidó de los difuntos en la Santa Misa (Cat. 23, 9: «Acordémonos entonces de los que ya duermen en el Señor…, pues creemos que será para ellos gran provecho el que ofrezcamos por ellos oraciones en presencia del santo y asombroso sacrificio… Ofrecemos el Cristo inmolado por nues­tros pecados, reconciliando al Dios piadoso en favor nuestro y de ellos».

El método que hemos seguido en la traducción ha sido el amoldarnos lo más estrictamente posible al original griego, sirviéndonos, desde luego, de la preciosa traducción latina del Maurino Toutté (Migne P. G., t. 33), para que se deje entrever más plenamente el estilo característico del Santo, con todas sus cualidades y defectos; y aunque alguna vez la frase no corra tan fluida como pudiera desearse, y las repeticiones de palabra se sucedan de vitando en cuando, hemos consentido en dejarlo así para que se saboree me­jor la palabra sencilla y clara del santo catequista. Ojalá que cuantos se de­dican a la predicación y enseñanza del catecismo, que tatito auge en nues­tros días va tomando, imiten al santo doctor, y él haga que, como dice la oración Colecta de su Misa, «conociendo mejor al que es Dios verdadero y a su enviado Jesucristo, merezcamos todos ser contados entre las dóciles ovejas que oyen su vos».

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São Cirilo de Jerusalém

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A Cirilo de Jerusalén, lo mismo que a otros grandes obispos del siglo IV, le tocó vivir una de las épocas más difíciles de la historia de la Iglesia. Las controversias teológicas sobre la divinidad del Verbo, que exigían, ciertamente, una precisión suma en la formulación de los conceptos que se discutían, habían llegado a ser en aquellos días encarnizadas y poco edificantes. Cirilo, suave por temperamento, las aborrecía; quería permanecer neutral en la lucha, prefería estar alejado del campo de batalla, deseaba instruir más que polemizar, y por eso su figura adquiere el porte de un apóstol y de un obispo pacificador.

Nació en Jerusalén o en sus cercanías, hacia el 313 ó 315. Fue uno de aquellos jóvenes ascetas que, sin retirarse al desierto, hacía una vida de santidad y continencia perfecta. Tal vez fuese más verídico afirmar con un sinaxario griego, que desde joven se retiró a un monasterio, en donde pasó la juventud consagrado a la ciencia y al conocimiento de la Escritura. Su buena preparación le hacia un candidato seguro al sacerdocio, y por eso, alrededor de sus treinta años San Máximo de Jerusalén le ordenó de presbítero.

En 348 era ya obispo. Sobre su consagración episcopal se cierne una sombra un tanto obscura. San Jerónimo nos dice que Acacio de Cesarea, metropolita palestinense, en acción común con otros obispos arrianos, habrían ofrecido a Cirilo la sede episcopal jerosolimitana, a condición de que repudiase la ordenación sacerdotal que había recibido de San Máximo. Cirilo, prosigue el Solitario de Belén, habría aceptado y, después de permanecer algún tiempo como simple diácono y haber depuesto los obispos arrianos a Heraclio, nombrado por San Máximo para sucederle, habría recibido cual recompensa la sede de Jerusalén. Rufino de Aquileya parece insinuar lo mismo.

Observamos, sin embargo, que Jerónimo, al hablar de San Cirilo, transluce una información deficiente, que le lleva en muchos casos a afirmaciones erróneas; su testimonio, por tanto, es poco aceptable. Ofrece más garantía Teodoreto cuando dice que Cirilo, por su valiente defensa de la doctrina apostólica, mereció ser colocado al frente de la diócesis de Jerusalén a la muerte de San Máximo. Los Padres del concilio primero de Constantinopla (381), en carta al papa Dámaso, a más de afirmar que Cirilo fue obispo de Jerusalén y que había sido ordenado canónicamente por los obispos de la provincia eclesiástica, le presentan como un atleta, que había luchado en varias ocasiones contra los arrianos. Hilario de Poitiers fraternizó con él en Seleucia y San Atanasio le trataba como amigo.

Los primeros años de su episcopado los pasó Cirilo consagrado a una intensa actividad episcopal. La aparición de una luminosa cruz en el cielo de Jerusalén el 7 de mayo de 351 reforzó la actuación espiritual del obispo y fue un motivo poderoso de entusiasmo y fervor, tanto para él como para sus fieles. Cuando, en 357, Basilio el Grande visitó la iglesia de Jerusalén, nos asegura que estaba muy floreciente y nos informa también de que un gran número de santos le habían acogido y venerado.

De estos primeros años apacibles de su episcopado datan las principales obras de San Cirilo, En la Cuaresma del 348 predicó a los fieles de Jerusalén, de una manera sencilla, sus famosas “Catequesis”. Dieciocho de ellas, dirigidas a los catecúmenos, las tuvo en la basílica de la Resurrección, erigida por Constantino en el emplazamiento del sepulcro del Señor. En ellas habla del pecado, de la penitencia, del bautismo y les comenta el Símbolo, artículo por artículo. Otras cinco, llamadas mistagógicas, las predicó a los neófitos, en la capilla particular del Santo Sepulcro, durante la semana de Pascua de aquel mismo año. Comenta el Santo, en un lenguaje íntimo y más cordial, las ceremonias del bautismo e instruye a los recién bautizados sobre la confirmación, la Eucaristía y la liturgia. Son verdaderas obras maestras en su género. Por ello le considera la Iglesia como el príncipe de los catequistas.

Después de diez años de paz e intenso apostolado se inicia una vía dolorosa para el santo obispo de Jerusalén. Por la interpretación del canon séptimo del concilio de Nicea, Cirilo se vio envuelto en una controversia, triste por los resultados, con el metropolita de Cesarea, Acacio. Este canon séptimo reconocía a la sede de Jerusalén un primado de honor que Cirilo justamente reclamaba y que Acacio, antiniceno por convicción, rechazaba de plano. Un conflicto de orden puramente jurisdiccional degeneró en polémica doctrinal. Cirilo veía en Acacio un obispo arriano y Acacio en Cirilo un defensor de las decisiones de Nicea. Durante la discusión el metropolita de Cesarea citó al obispo de Jerusalén a comparecer en su presencia. Cirilo, con sobrada razón, se negó a ello. Acacio reunió un sínodo en 357 ó 358 y lo depuso, según decía él, por contumaz. Cirilo, con pleno derecho, apeló a un concilio superior e imparcial, apelación que fue aceptada por el emperador Constancio, pero que antes de llevarse a cabo Cirilo tuvo que acceder a la fuerza y salir de su diócesis camino del destierro. Las intrigas de Acacio se habían impuesto a los principios de la legalidad.

El obispo de Jerusalén se dirigió a Antioquía, cuya sede estaba vacante por muerte del titular. Prosiguió entonces su viaje hacia Tarso, donde el obispo Silvano le acogió benévolamente y le permitió ejercer las funciones episcopales, singularmente la predicación. Como Silvano era partidario del grupo arriano de los homeousianos, le puso en relación con los gerifaltes de este partido. Junto a ellos aparece Cirilo en el concilio de Seleucia del 359 y gracias al apoyo de este grupo y sus enérgicas reclamaciones recobró su silla. Pero al año siguiente (360), Acacio se vengó de él en el sínodo de Constantinopla, teniendo que iniciar Cirilo otro destierro, sin que sepamos ni el lugar ni las circunstancias del mismo.

A finales del 362, Cirilo entró de nuevo en su diócesis. Por esta época Juliano el Apóstata había dado órdenes a los judíos de reconstruir el antiguo templo jerorolimitano. El santo obispo, en medio de su pena, predijo el fracaso de tan impía empresa, como así efectivamente aconteció.

Por los años 365-366 había quedado vacante la sede de Cesarea, por la muerte de Acacio. Cirilo nombró un sucesor en la persona de Filumeno. Desconocemos si por muerte o depuesto por los arrianos, el caso es que la diócesis de Cesarea volvió a quedar sin obispo. Eligió entonces Cirilo para esta sede metropolitana a su sobrino Gelasio, un sacerdote recomendado por su ciencia, por la pureza de la fe y también por su santidad. La elección no fue del agrado de los arrianos, que con sus intrigas le depusieron, y el mismo Cirilo tuvo que salir de su diócesis por tercera vez, camino del nuevo destierro, que duró once años (367-378) y del que nada sabemos.

Con la subida de Graciano al trono del Imperio, Cirilo pudo volver a su iglesia jerosolimitana, a finales del 378. Parece que durante su ausencia se habían dado la cita en Jerusalén, con permisión, naturalmente, de los obispos intrusos, todos los errores dogmáticos. El Santo encontró a sus fieles excitados y divididos. A esta división había seguido una relajación grande en las costumbres. En los ocho años que todavía permaneció al frente de su diócesis cumplió con la misión de un gran pastor para devolver a su iglesia el antiguo fervor. La historia nos dice que consiguió unir con la Iglesia católica los macedoníanos de Jerusalén y que obtuvo asimismo la sumisión de cuatrocientos monjes partidarios de Paulino de Antioquía. Murió en 386, a la edad de 70 ó 72 años, después de unos veintisiete de episcopado y dieciséis de destierro. En 1882 fue declarado Doctor de la Iglesia.

Los dolores físicos de San Cirilo, inherentes a un destierro de dieciséis años, se vieron todavía aumentados con sufrimientos morales. Ya en sus días se polemizó en torno a su ortodoxia. Por sus relaciones con el partido arriano de los homeousianos se le ha considerado arrianizante por lo menos. Por otra parte, San Cirilo, en sus escritos, no habla ni una sola vez de Arrio ni de los arrianos, no usa nunca la palabra omousios ni otros términos que se prestaban a discusión.

Estos hechos ciertos han sido maliciados por los adversarios del santo obispo. Lo que era en San Cirilo un acto de prudencia lo convirtieron sus enemigos en motivo de escándalo. Si bien es cierto que San Cirilo comunicó con los homeousianos, es todavía más seguro que nunca varió en su fe, que fue la de la Iglesia de Roma. Porque quiso desde un principio el obispo jerosolimitano observar la más estricta neutralidad entre los partidos, por eso evita toda palabra, frase, fórmula que pueda enturbiar la convivencia o acrecentar la división. Un temperamento suave como el suyo y un auditorio sencillo, como eran sus fieles, explica satisfactoriamente que no utilizase nunca la palabra omousios; una catequesis dada a quienes todavía no eran cristianos, no se prestaba ciertamente para altas discusiones teológicas. Ante aquel auditorio hubiesen resultado cuestiones bizantinas. San Cirilo, con gran espíritu sacerdotal, quería instruir y no polemizar. Ni dejemos de observar que si sostuvo a los homeousianos fue en lucha con los homeos, que representaban la facción intransigente de Arrio. También San Hilario de Poitiers les apoyó. Muchos de los homeousianos en el fondo eran completamente ortodoxos.

Es indiscutible que sus enseñanzas son de una ortodoxia incensurable y que, a pesar de que evita deliberadamente la palabra omousios, combate, sin embargo, con decisión la doctrina de Arrio. En las obras del obispo jerosolimitano la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía se halla más claramente que en todos los Padres anteriores a él. Hermosa es también la insinuación que hace a sus fieles de cómo han de acercarse a recibir la sagrada comunión. “Haced de vuestra izquierda —les dice— como un trono en que se apoye la mano derecha, que ha de recibir al rey. Santificad luego vuestros ojos con el contacto del cuerpo divino y comulgad. No perdáis la menor partícula. Decidme: si os entregasen pajuelas de oro, ¿no las guardaríais con el mayor cuidado? Pues más precioso que el oro y la pedrería son las especies sacramentales.” No deja de ser un gran mérito de San Cirilo de Jerusalén haber expuesto unas enseñanzas tan claras, antes de que estuviesen en circulación las obras de los grandes escritores eclesiásticos.

San Cirilo no es un teólogo como otros escritores de su tiempo, es un catequista que enseña. No es original ni como pensador ni como escritor, pero es un testimonio acreditado de la fe tradicional. Sus “Catequesis” son eso: una exposición sencilla y popular de la fe cristiana. Su mejor elogio es el odio de los arrianos. Los arrianos le odiaban porque veían en él un enemigo temible. Por odio tuvo que salir tres veces desterrado de la ciudad santa y por mantener sus creencias se vio obligado a recorrer las ciudades del Asia Menor, cual peregrino errante que sufre por amor a Cristo. Pero al fin sus penas recogieron el triunfo. Pocos años antes de su muerte pudo asistir al concilio ecuménico de Constantinopla, que definía como verídicas las enseñanzas de San Cirilo y de otros muchos obispos que, como él, habían sostenido una violenta lucha contra el arrianismo. El sueño de San Cirilo de ver apaciguados los espíritus entraba en su fase inicial y así entregaba su alma a Cristo, por quien tanto había sufrido.

URSICINO DOMÍNGUEZ DEL VAL, O. S. A.

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