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Obras da Patrística

Os Mártires estão reservados para a Diadema do Senhor

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Do tratado de São Cipriano, bispo e mártir, sobre os apóstatas

Miramos a los mártires con gozo de nuestros ojos, y los besamos y abrazamos con el más santo e insaciable afecto, les son ilustres por la fama de su nombre y gloriosos por los méritos de su fe y valor. Ahí está la cándida cohorte de soldados de Cristo que, dispuestos para sufrir la cárcel armados para arrostrar la muerte, quebrantaron, con su irresistible empuje, la violencia arrolladora de los golpes la persecución.

Rechazasteis con firmeza al mundo, ofrecisteis a Dios magnífico espectáculo y disteis a los hermanos ejemplo para seguirlo. Las lenguas religiosas que habían declarado anteriormente su fe en Jesucristo lo han confesado de nuevo; aquellas manos puras que no se habían acostumbrado sino a obras santas se han resistido a sacrificar sacrílegamente; aquellas bocas santificadas con el manjar del cielo han rehusado, después de recibir el cuerpo y la sangre del Señor, mancharse con las abominables viandas ofrecidas a los ídolos; vuestras cabezas no se han cubierto con el velo impío e infame que se extendía sobre las cabezas de los viles sacrificadores; vuestra frente, sellada con el signo de Dios, no ha podido ser ceñida con la corona del diablo, se reservó para la diadema del Señor.

¡Oh, con qué afectuoso gozo os acoge la madre Iglesia, veros volver del combate! Con los héroes triunfantes, vienen las mujeres que vencieron al siglo a la par que a su sexo. Vienen, juntos, las vírgenes, con la doble palma de su heroísmo, y los niños que sobrepasaron su edad con su valor. Os sigue luego, por los pasos de vuestra gloria, el resto de la muchedumbre de los que se mantuvieron firmes, y os acompaña muy de cerca, casi con las mismas insignias de victoria.

También en ellos se da la misma pureza de corazón, la misma entereza de una fe firme. Ni el destierro que estaba prescrito, ni los tormentos que les esperaban, ni la pérdida del patrimonio, ni los suplicios corporales les aterrorizaron, porque estaban arraigados en la raíz inconmovible de los mandamientos divinos y fortificados con las enseñanzas del Evangelio.

Oración

Oh Dios, fuente de todos los bienes, que para llevarnos a la confesión de tu nombre te has servido incluso del martirio de los niños, haz que tu Iglesia, alentada por el ejemplo de santa Eulalia de Mérida, virgen y mártir, no tema sufrir por ti y desee ardientemente la gloria del premio eterno. Por nuestro Señor Jesucristo.

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Arquivado em:São Cipriano, Tratados

Fé Inquebrantável

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Das Cartas de São Cipriano

¿Con qué alabanzas podré ensalzaros, hermanos valerosísimos? ¿Cómo podrán mis palabras expresar debidamente vuestra fortaleza de ánimo y vuestra fe perseverante? Tolerasteis una durísima lucha hasta alcanzar la gloria, y no cedisteis ante los suplicios, sino que fueron más bien los suplicios quienes cedieron ante vosotros. En las coronas de vuestra victoria hallasteis el término de vuestros sufrimientos, término que no hallabais en los tormentos. La cruel dilaceración de vuestros miembros duró tanto, no para hacer vacilar vuestra fe, sino para haceros llegar con más presteza al Señor.

La multitud de los presentes contempló admirada la celestial batalla por Dios y el espiritual combate por Cristo, vio cómo sus siervos confesaban abiertamente su fe con entera libertad, sin ceder en lo más mínimo, con la fuerza de Dios, enteramente desprovistos de las armas de este mundo, pero armados, como creyentes, con las armas de la fe. En medio del tormento, su fortaleza superó la fortaleza de aquellos que los atormentaban, y los miembros golpeados y desgarrados vencieron a los garfios que los golpeaban y desgarraban.

Las heridas, aunque reiteradas una y otra vez, y por largo tiempo, no pudieron, con toda su crueldad, superar su fe inquebrantable, por más que, abiertas sus entrañas, los tormentos recaían no ya en los miembros, sino en las mismas heridas de aquellos siervos de Dios. Manaba la sangre que había de extinguir el incendio de la persecución, que había de amortecer las llamas y el fuego del infierno. ¡Qué espectáculo a los ojos del Señor, cuán sublime, cuán grande, cuán aceptable a la presencia de Dios, que veía la entrega y la fidelidad de su soldado al juramento prestado, tal como está escrito en los salmos, en los que nos amonesta el Espíritu Santo, diciendo. Es valiosa a los ojos del Señor la muerte de sus fieles. Es valiosa una muerte semejante, que compra la inmortalidad al precio de su sangre, que recibe la corona de mano de Dios, después de haber dado la máxima prueba de fortaleza.

Con qué alegría estuvo allí Cristo, cuán de buena gana luchó y venció en aquellos siervos suyos, como protector de su fe, y dando a los que en él confiaban tanto cuanto cada uno confiaba en recibir. Estuvo presente en su combate, sostuvo, fortaleció, animó a los que combatían defender el honor de su nombre. Y el que por nosotros venció a la muerte de una vez para siempre continúa venciendo en nosotros.

Dichosa Iglesia nuestra, a la que Dios se digna honrar con semejante esplendor, ilustre en nuestro tiempo por la sangre gloriosa de los mártires. Antes era blanca por las obras de los hermanos; ahora se ha vuelto roja por la sangre de los mártires. Entre sus flores no faltan ni los lirios ni las rosas. Que cada uno de nosotros se esfuerce ahora por alcanzar el honor de una y otra altísima dignidad, para recibir así las coronas blancas de las buenas obras o las rojas del martirio.

Oración

Te rogamos, Señor, que el glorioso martirio de tus santos aumente en nosotros los deseos de amarte y fortalezca la fe en nuestros corazones. Por nuestro Señor Jesucristo.

Arquivado em:Cartas, São Cipriano

Mãe da Graça

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Homilia sobre a Proteção de Maria, de São Germano de Constantinopla

Ó tu, completamente casta, totalmente boa,
Misericordiosíssima Senhora, consolo dos cristãos,
o mais seguro refúgio dos pecadores,
o mais ardente alívio dos aflitos,
não nos deixe como órfãos privados do teu socorro.
Onde nos refugiaremos se formos abandonados por ti?
Que seria de nós, ó Santíssima Mãe de Deus.
Tu és o alento e a vida dos cristãos.
Assim como a respiração é sinal certo
de que nosso corpo possui a vida,
assim também, teu santíssimo nome
incessantemente pronunciado pela boca de teus servos,
em todo tempo e lugar,
é não só sinal, senão causa da vida, da alegria do auxílio para nós.
Protege-nos sob as asas de tua bondade,
auxilia-nos com tua intercessão, alcança-nos a vida eterna
tu que és a esperança dos cristãos,
esperança nunca frustrada.
Nós somos pobres, nas obras e nos modos divinos de atuar;
ao contemplar, porém,
as riquezas da benignidade que tu nos mostras
podemos dizer: “A misericórdia do Senhor enche toda a terra” (Sl 32,5).

Estando longe de Deus pela multidão de nossos pecados.
por meio de ti, buscamos a Deus e O encontramos;
e, encontrando-O, fomos salvos.
Poderoso é o teu auxílio
para alcançar a salvação, ó Mãe de Deus,
não precisamos de outro mediador
junto a teu Filho e Nosso Deus”.

A ti acorre agora teu povo,
tua herança, tua grei
que se honra com o nome de cristão
porque conhecemos e experimentamos
de que recorrendo insistentemente a ti nos perigos,
recebemos abundantes respostas às nossas súplicas
tua generosidade, com efeito, não tem limites,
teu socorro é inesgotável
teus dons são incontáveis.

Quem, depois de teu Filho,
se interessa como tu pelo gênero humano?

Quem, como tu,
nos protege sem cessar em nossas tribulações?

Quem nos livra com tanta presteza
das tentações que nos assaltam?

Que se esforça como tu
em suplicar pelos pecadores?

Quem toma para si a defesa
para justificá-los nos casos desesperados?

Em virtude da proximidade e do poder
que tua maternidade te alcançou junto de teu filho,
ainda que sejamos condenados pelos nossos pecados
e já não ousemos olhar para as alturas do céu,
tu nos salvas, por tuas súplicas e intercessões,
dos suplícios eternos.

Por esta razão, o aflito se refugia em ti,
os injustiçados recorrem a ti,
o que está cheio de males invoca a tua assistência,
tudo em ti é maravilhoso, ó Mãe de Deus,
tudo é maior, tudo ultrapassa nossa razão e nosso poder.

Tua proteção está também acima do pensamento,
com teu parto reconciliaste os que havia sido expulsos,
fizeste filhos e herdeiros
os que haviam sido postos em fuga
e considerados como inimigos.
Tu, diariamente, estendendo tua mão auxiliadora,
tiras das ondas os que caíram no abismo de seus pecados.
A simples invocação de teu nome
afugenta e afasta o malvado inimigo de teus servos,
guardando-os seguros e incólumes.
Livras de toda necessidade e tentação aos que te invocam, prevenindo-lhes, a tempo, contra elas.

Por isso recorremos diligentemente a teu templo.
Quando estamos nele, é como se estivéssemos no céu.
Quando te louvamos,
temos a impressão de estarmos cantando
em coro com os anjos.
Que linhagem de homens, além dos cristãos,
alcançaram tal glória, tal defesa, tal patrocínio?
Quem não se enche imediatamente de alegria,
por elevar confiadamente os olhos
para venerar teu cinturão sagrado.
Quem se foi com as mãos vazias, sem alcançar o que implorava,
depois de haver dobrado seus joelhos fervorosamente diante de ti?

Quem, contemplando tua imagem,
não se esqueceu imediatamente de suas penas?

É impossível expressar com palavras,
a alegria e o gozo dos que se reúnem em teu templo,
onde quiseste que venerássemos teu cinturão precioso
e as faixas de teu Filho e Nosso Deus,
cuja imposição celebramos hoje nesta Igreja.

Ó tabernáculo do qual bebemos o maná do refrigério
que nos faz experimentar o ardor dos males!
Ó mesa que sacia com o Pão da vida
aos que estavam a ponto de desfalecer de fome!
Ó candelabro que, com seu fulgor,
ilumina com intensa luz os que jaziam nas trevas.
Deus te enaltece com elevada honra digna de ti,
e não obstante, não recusas nossos louvores indignos,
oferecidos, porém, com fervor e nosso maior carinho.

Não recuses, ó Bem-aventurada,
os cantos de louvor que saem destes lábios manchados,
oferecidos, porém, com ânimo benevolente.
Não reproves as palavras suplicantes
pronunciadas por uma indigna boca.
Ao contrário, ó glorificada por Deus,
atendendo ao amor com que me dirijo a ti,
intercede pelo perdão dos pecados,
pela libertação de toda a culpa
e pela alegria da vida eterna.


Tu, mais que ninguém,
foste cheia do conhecimento de Deus, ó Santíssima.
Ninguém salvo senão por meio de ti, ó Mãe de Deus.
Ninguém se liberta da servidão senão por ti,
que mereceste trazer o próprio Deus
em tuas entranhas virginais.

Graças à tua autoridade maternal sobre Deus mesmo,
tu obténs d’Ele a sua misericórdia
para os crimes mais desesperados.
Tu não podes não ser atendida,
pois Deus condescende em tudo e por tudo
à vontade de sua verdadeira Mãe.

Ninguém se salva, ó Santíssima, senão por meio de ti.
Ninguém, se não por ti, se livra do mal, ó Imaculada.
Ninguém recebe os dons divinos,
se não é por tua mediação.
A ninguém, ó Soberana,
se lhe concede o dom da misericórdia e da graça.
Por isso, quem não te pregará, Bem-aventurada?
Quem não te enaltecerá?
Quem não te engrandecerá
com todas as forças de sua alma,
ainda que não seja capaz de fazê-lo
conforme teus merecimentos?

Te louvam todas as gerações
porque és gloriosa e Bem-aventurada,
porque recebeste de teu Divino Filho
incontáveis maravilhas.

Arquivado em:Homilias, São Germano de Constantinopla

Não é Ele o filho do carpinteiro?

Fonte

De São Máximo, o Confessor

O Verbo de Deus nasceu uma vez para todos segundo a carne. Mas, por causa do seu amor pelos homens, Ele deseja nascer sem cessar pelo espírito para todos os que o desejam; Ele faz-se criança e forma-se neles ao mesmo tempo que as virtudes; manifesta-se na medida de que sabe ser capaz aquele que o recebe. Agindo desta forma, já não é por ciúme que atenua o brilho da sua própria grandeza, mas porque afere e mede a capacidade daqueles que desejam vê-Lo. Assim, o Verbo de Deus revela-se-nos sempre da maneira que nos convém e contudo permanece invisível para todos, por causa da imensidade do Seu mistério. Por isso, o Apóstolo por excelência, considerando a força deste mistério, diz com sabedoria: «Jesus Cristo é sempre o mesmo ontem e hoje e por toda a Eternidade» (Heb 13,8); Ele contemplava este mistério sempre novo que a inteligência nunca acabará de sondar… Só a fé consegue apreender este mistério, ela que está no fundo de tudo aquilo que ultrapassa a inteligência e desafia a expressão.

Arquivado em:São Máximo

A Misericórdia de Deus para com os Penitentes

Fonte

De São Máximo, o Confessor

“Os que anunciaram a verdade e foram ministros da graça divina”; quantos, desde o começo até nós, trataram de explicar em seus respectivos tempos a vontade salvífica de Deus para nós, dizem que não há nada de mais querido e estimado por Deus do que os homens que , verdadeiramente penitentes, convertam-se a Ele.

E para manifestar de uma maneira mais própria de Deus que todas as outras coisas, a Palavra divina de Deus Pai, o primeiro e único reflexo insigne da bondade infinita, sem que haja palavras que possam explicar sua humildade e descida até a nossa realidade, se dignou, mediante a sua encarnação, conviver conosco; e levou a cabo, padeceu e falou tudo aquilo que parecia conveniente para reconciliar-nos com Deus Pai, a nós que éramos seus inimigos; de forma que, estranhos como éramos à vida eterna, de novo nos vimos chamados a ela.

Pois, não só sarou as nossas enfermidades com a força dos milagres, senão que, havendo aceitado as debilidades de nossas paixões e o suplício da morte, como se ele mesmo fosse culpado, estando ele imune de toda a culpa, nos libertou mediante o pagamento de nossa dívida, de muitos e tremendos delitos e, enfim, nos aconselhou com múltiplos ensinamentos, que nos fizéssemos semelhantes a ele, imitando-o com uma qualidade humana melhor disposta e uma caridade mais perfeita para com os demais

Por isso clamava:: «Não vim a chamar os justos à penitencia, senão os pecadores». E também: «Não são os sadios os que necessitam do médico, senão os enfermos». Por isso acrescentou ainda que havia vindo para buscar a ovelha que se havia perdido, e que precisamente havia sido enviado às ovelhas que haviam perecido da casa de Israel. E, ainda que não com tanta clareza, deu a entender o mesmo com a parábola da dracma perdida: que tinha vindo para recuperar a imagem obscurecida com a fealdade dos vícios. E conclui: «Em verdade vos digo, que há alegria no céu por um só pecador que se converta».

Assim também, aliviou com vinho, azeite e curativos ao que havia caído nas mãos de ladrões e, desprovido de todas as vestes, havia sido abandonado quase morto por causa dos maus tratos; depois de colocá-lo sobre a sela de seu cavalo, o deixou numa hospedagem para que o cuidassem; e depois de haver deixado o que lhe parecia ser suficiente para seus cuidados, prometeu dar, em sua volta, o que tivesse ficado pendente.

Considerou como pai excelente aquele homem que esperava o regresso de seu filho pródigo, e o abraçou porque voltava com disposição para a penitência e o agasalhou com seu amor paterno, e não pensou em reprovar-lhe o que havia antes cometido.

Por esta mesma razão, depois de ter encontrado a ovelha perdida das cem ovelhas divinas, que caminhava errante por montes e colinas, não voltou a conduzi-la ao redil com empurrões e ameaças, nem com maus tratos, senão que, cheio de misericórdia, colocou-a sobre seus ombros e a devolveu ao incólume redil.

Por isso, digo também: «Vinde a mim todos os que estais cansados e fatigados, e eu vos aliviarei». E também: «Carregai meu jugo»; ou seja, chama jugo os mandamentos ou a vida de acordo com os evangelhos e, carga, a penitência, que pode parecer as vezes algo mais pesado e que machuca: «porque meu jugo é suave», diz, «e meu peso é leve».

E, de novo, ao ensinar-nos a justiça e a bondade divina, manda e diz: «Sede santos, sede perfeitos, sede misericordiosos, como o é vosso Pai celestial». E: «Perdoai e sereis perdoados». E: «Tudo quanto queiras que te façam os homens, fazei vós a eles».”

Arquivado em:São Máximo

O Consolo da Igreja

Fonte

De São Máximo, o Confessor

O nascimento e a adolescência daquela que concebeu e deu à luz – evento impensável, incompreensível, inefável! – ao Filho de Deus, o Verbo, Rei e Deus do Universo, já haviam sido mais maravilhosos que tudo o que se pode ver na natureza. Desde então, todos os dias de sua inteira existência, mostrou um estilo de vida superior à natureza […] Logo, no caminho de sua fatigosa tarefa, sofreu e suportou muitas tribulações, provas, aflições e lamentos durante a Crucifixão do Senhor, alcançando uma completa vitória e obtendo coroas de triunfo, até ao ponto de ser constituída a Rainha de todas as criaturas.

Depois de ver o Filho, o Verbo do Pai, verdadeiro Deus e Rei da Criação, ressuscitar do sepulcro, – acontecimento superior a qualquer outro – e subir ao Céu com aquela natureza humana que dela havia tomado, depois de toda esta glória, não lhe foi poupada aqui na terra uma vida de provas e fadigas, não esteve privada de ansiedades e preocupações. Como se começasse então sua vida pública, em seu desvelo, não concedia sono a seus olhos nem descanso às suas pálpebras nem repouso ao seu corpo (Sl 131,4): e quando os apóstolos se dispersaram pelo mundo inteiro, a santa Mãe de Cristo, como Rainha de todos, vivia no centro do mundo, em Jerusalém, em Sião com o apóstolo predileto que lhe havia sido dado como filho por Nosso Senhor Jesus Cristo. […]

A Virgem não só animava e ensinava aos santos apóstolos e aos demais fiéis a ser pacientes e suportar as provas, senão que era solidária com eles em suas fadigas, lhes sustentava na pregação, estava em união espiritual com os discípulos do Senhor em suas privações e suplícios, em suas prisões. Assim como havia participado com o coração traspassado, na Paixão salvadora de seu Filho, Nosso Senhor Jesus Cristo, assim sofria com eles. Mais ainda, consolava a estes dignos discípulos com suas ações, confortava-os com suas palavras pondo-lhes como modelo a Paixão de seu Filho e Rei. Recordava-lhes a recompensa e a coroa do Reino dos céus, a bem-aventurança e as delícias pelos séculos dos séculos.

Quando Herodes capturou a Pedro, tendo-lhe mantido prisioneiro até a aurora, também ela estava espiritualmente prisioneira com ele: a santa e bendita Mãe de Cristo participava nas suas algemas, rezava por ele e pedia à Igreja que rezasse. E antes, quando aos maus judeus apedrejaram Estevão, quando Herodes ordenou o martírio de Tiago, irmão de João, as perseguições, sofrimentos e suplícios traspassaram o coração da Santa Mãe de Deus: na dor de seu coração e com as lágrimas de seu lamento, era martirizada com ele. […]

Depois da partida de João, o Evangelista, São Tiago, o filho de José, também chamado «irmão do Senhor», tomou a seu cuidado a santa Mãe de Cristo […] Deste modo, também o regresso da santa Mãe de Deus à Jerusalém foi um bem: era ela, com efeito, a segurança, o porto e o apoio dos crentes que ali viviam.

Qualquer preocupação ou dificuldade dos cristãos, era confiada à puríssima, já que habitavam em meio ao rebelde povo judeu. Antes dos santos combates e da morte, de todos os lados vinham os fiéis para vê-la. Ela consolava a todos e a todos fortalecia.

Ela era a santa esperança dos cristãos de então e dos que viriam depois: até o fim do mundo será a mediadora e a fortaleza dos cristãos. Porém, então, sua preocupação e seu empenho eram mais intensos, para corrigir, para consolidar a nova lei do cristianismo, para que fosse glorificado o Nome de Cristo.

As perseguições que sobre a Igreja eram disparadas, a violação dos domicílios dos fiéis, as execuções capitais de numerosos cristãos, as prisões e tribulações de todo o tipo, as perseguições, as fadigas e vexames por que passavam os apóstolos, expulsos de lugar em lugar, todas estas coisas repercutiam em seu coração materno, que sofria por todos e de todos cuidava, com palavras e obras. Era ela o modelo do bem e a melhor mestra no lugar do Senhor, seu Filho, e em vista d’Ele. Era ela a intercessora e advogada de todos os crentes. Suplicava a seu Filho que derramasse sobre todos a sua misericórdia e a sua ajuda.

Os santos apóstolos havia-na escolhido como guia e mestra. Notificavam-lhe qualquer problema que surgisse e dela recebiam propostas e conselhos sobre o que deviam fazer, até o ponto que, os que se encontravam próximos a Jerusalém iam vê-la. De vez em quando, aproximavam-se dela e informavam-na o que haviam feito e como haviam pregado. Seguiam depois suas orientações. Depois de percorrer países distantes, procuravam voltar cada ano, pela páscoa, à Jerusalém, para celebrar com a Santa Mãe de Deus, a festa da Ressurreição de Cristo. Cada um lhe informava sobre sua pregação aos gentios e as perseguições que haviam encontrado por parte dos judeus e pagãos; logo, reconfortados com sua oração e doutrina, retornavam ao apostolado. Assim procediam todos, ano após ano – a menos que houvesse grave impedimento -, exceto Tomé. Ele não podia vir por causa da enorme distância e da dificuldade de se deslocar da Índia onde se encontrava. Todos os demais vinham a cada ano visitar a santa Rainha; depois, fortalecidos com sua oração, voltavam a anunciar a Boa-nova.

Arquivado em:São Máximo

Oração de Santo Agostinho

Oração a Jesus Cristo:

Vós sois, ó Jesus, a face do pai Santíssimo, meu Deus misericordiosíssimo, meu Rei infinitamente grande, sois boníssimo Pastor, meu único Mestre, meu auxílio cheio de bondade, meu Deus bem-amado de uma beleza maravilhosa, meu Pão vivo descido dos céus, meu Sacerdote Eterno, meu guia para a Pátria Celeste, minha verdadeira luz, minha santa doçura, meu reto caminho, minha sapiencia, minha pura simplicidade, minha paz e concórdia; sois, enfim, toda a minha salvação, minha herança preciosa, minha eterna salvação…

Ó Jesus Cristo, amável Senhor, por que, em toda a minha vida, amei, porque desejei outro tesouro se não Vós? Onde estava eu quando não pensava em Vós? Ah! que pelo menos a partir deste momento meu coração só deseje a Vós e por Vós se abrase, Senhor Jesus!

Desejos de minha alma, correi, que já bastante tardastes; apressai-vos para o fim a que aspirais; procurai em verdade Aquele que procurais.
Ó doce Jesus, sede o amor, as delícias, a admiração de todo coração dignamente consagrado a Vossa Majestade.

Deus de meu coração e minha partilha sagrada, Jesus Cristo, que em Vós meu coração desfaleça, e sede Vós mesmo a minha vida.

Acenda-se em minha alma a brasa ardente de Vosso amor e se converta num incêndio todo divino, a arder para sempre no altar de meu coração, que inflame o íntimo de meu ser, e abrase a âmago de minha alma; para que no dia de minha morte eu apareça diante de Vós inteiramente consumido em Vosso amor. Amém

Arquivado em:Preces, Santo Agostinho

Hino Akathistos

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I ESTAÇÃO: «O Anúncio do Anjo Gabriel»

1. O mais sublime dos anjos
foi enviado dos céus
para dizer «Ave» à Mãe de Deus.
Vendo-te, Senhor, feito homem
à sua angélica saudação,
deteve-se extasiado diante da Virgem,
aclamando-a assim:

Ave, por ti resplandece a alegria!
Ave, por ti a maldição toda cessa!
Ave, reergues o Adão decaído!
Ave, tu estancas as lágrimas de Eva!

Ave, mistério que excede o intelecto humano!
Ave, insondável abismo aos olhares dos anjos!
Ave, porque és o trono do Rei soberano!
Ave, porque tu governas quem tudo governa!

Ave, ó estrela que o sol anuncias!
Ave, em teu seio é que Deus se fez carne!
Ave, por quem a criação se renova!
Ave, o Criador fez-se em ti criancinha!

Ave, Virgem e esposa!

Antífona I:

2. Sabendo Maria de ser a Deus consagrada,
assim a Gabriel dizia:
«A tua mensagem é misteriosa aos meus ouvidos
e incompreensível ressoa à minha alma.
De uma Virgem um parto tu anuncias»,
exclamando: Aleluia!

«Maria e o Anúncio do Anjo»

3. Desejava a Virgem entender o mistério,
e ao divino mensageiro pergunta:
«Poderá uma virgem dar à luz um menino?
– Dize-me!».
Com reverência, o Anjo respondia,
cantando assim:

Ave, mistério, vontade inefável!
Ave, ó fé maturada em silêncio!
Ave, prelúdio dos faustos de Cristo!
Ave, sumário do santo Evangelho!

Ave, ó escada sublime por quem Deus nos veio!
Ave, ó ponte que os homens ao céu encaminha!
Ave, dos anjos tu és maravilha gloriosa!
Ave, do inferno derrota total contundente!

Ave, que a Luz por mistério geraste!
Ave, que o «modo» a ninguém ensinaste!
Ave, transcendes a ciência dos sábios!
Ave, iluminas a todos os crentes!

Ave, Virgem e esposa!

Antífona II:

4. A virtude do Altíssimo
a cobriu com sua sombra
e tornou Mãe a Virgem sem núpcias.
O seio por Deus fecundado
tornou-se campo abundante
para todos aqueles que buscam a salvação
e assim aclamam: Aleluia!

«Visita de Maria a sua Prima Santa Isabel»

5. Tendo em seu seio o Senhor,
solícita, Maria visitava sua prima Isabel.
O menino no ventre materno,
ouvindo a saudação, exultou,
e, saltando de alegria,
à Mãe de Deus aclamava:

Ave, ó ramo de planta incorrupta!
Ave, do fruto imortal, colheita!
Ave, cultora do Mestre dos homens!
Ave, ó Mãe de quem deu-nos a vida!

Ave, ó campo veraz que produz muitos frutos!
Ave, ó mesa bem farta de perdões abundantes!
Ave, tu fazes florir as planícies celestes!
Ave, a nós todos preparas um porto seguro!

Ave, ó incenso das preces aceitas!
Ave, purificação do universo!
Ave, bondade de Deus pelos homens!
Ave, ante Deus, dos mortais és audácia!

Ave, Virgem e esposa!

Antífona III:

6. Com o coração tumultuando e cheio de dúvidas,
o prudente José se debatia.
Sabe que és Virgem intacta
e suspeita secretos esponsais.
Conhecendo-te Mãe pela ação do Espírito Santo,
exclama: Aleluia!

II ESTAÇÃO: «O Anúncio Alegre aos Pastores»

7. Os pastores ouviram os coros dos anjos
que cantavam ao Senhor feito homem.
Correndo, vão ver o Pastor.
Contemplam o Cordeiro inocente
alimentando-se do seio materno
e à Virgem entoam um canto:

Ave, ó mãe do Pastor e Cordeiro!
Ave, és aprisco da Mística Ovelha!
Ave, preservas do oculto inimigo!
Ave, ó chave das portas celestes!

Ave, por ti congratula-se o céu com a terra!
Ave, por ti, terra e céu, em uníssono cantam!
Ave, do apóstolo, boca jamais silenciosa!
Ave, invencível coragem dos mártires todos!

Ave, da fé inabalável baluarte!
Ave, da graça, fulgente estandarte!
Ave, por ti foi o inferno espoliado!
Ave, nos tens revestido de glória!

Ave, Virgem e esposa!

Antífona IV

8.Observando a estrela que a Deus os guiava,
os magos seguiram seu fulgor.
Era lâmpada segura em seu caminho,
que os conduziu ao Rei poderoso.
Chegados ao Deus inatingível,
o aclamam felizes: Aleluia!

«A Adoração dos Magos»

9. Contemplaram os magos, no colo materno,
aquele que plasmou o homem em suas mãos.
Compreenderam ser ele o seu Senhor,
escondido sob o aspecto de servo.
Solícitos, oferecem-lhe seus dons
e à Mãe aclamam:

Ave, que a estrela perene geraste!
Ave, és aurora do místico dia!
Ave, que a forja do engano extinguistes!
Ave, o mistério de Deus iluminas!

Ave, o tirano inimigo dos homens destronas!
Ave, que o Cristo, mostraste Senhor nosso amigo!
Ave, resgatas do culto selvagem aos deuses!
Ave, teus filhos libertas do ataque do mal!

Ave, que o culto do fogo extinguistes!
Ave, que aplacas o fogo dos vícios!
Ave, que educas o crente a ser casto!
Ave, alegria de todos os povos!

Ave, Virgem e esposa!

Antífona V

10. Mensageiros de Deus
tornaram-se os magos
de volta para suas terras.
Cumpriu-se o antigo oráculo
quando a todos falavam de Cristo,
sem pensar no estulto Herodes,
incapaz de cantar: Aleluia!

«Fuga para o Egito»

11. O Egito tu iluminas
com o resplendor da verdade,
afugentando as trevas do erro.
À tua passagem os ídolos caíam
não podendo te suportar, Senhor.
E os homens, libertados do engano,
à Virgem aclamam:

Ave, reergues o gênero humano!
Ave, ruína total dos demônios!
Ave, esmagaste a potência enganosa!
Ave, que o logro dos ídolos mostras!

Ave, ó mar que afogou o faraó demoníaco!
Ave, rochedo a saciar os sedentos de vida!
Ave, coluna de fogo a guiar os errantes!
Ave, és abrigo do mundo, mais amplo que as nuvens!

Ave, o maná verdadeiro nos deste!
Ave, nos serves delícias sagradas!
Ave, ó terra por Deus prometida!
Ave, ó fonte do mel e do leite!

Ave, Virgem e esposa!

Antífona VI

12. Simeão, o velho,
já no fim dos seus dias,
estava para deixar a sombra deste mundo.
A ele foste apresentado como menino,
mas, vendo-te qual Deus poderoso,
admirou o arcano desígnio e exclamava: Aleluia!

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Atenção!

Se você acha que a Filosofia Cristã foi superada; que a Igreja é arcaica e precisa progredir; que o Cristianismo é irracional; que os Cristãos são incapazes de responder a críticas; que a Teologia moderna é superior à antiga, retrógrada; que a Patrística pertence a um contexto histórico incompatível com a modernidade; que a Igreja sempre controlou consciências;... Suma desse site. Vá ler o Código da Vinci, e faça bom proveito.

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