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Obras da Patrística

São Cirilo de Jerusalém

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INTRODUCCION

Datos biográficos de San Cirilo: El siglo IV es una de las épocas más-agitadas y borrascosas por las que ha atravesado la Iglesia. En ella los gran­des escritores y teólogos discuten, argumentan, satirizan unos contra otros-y escriben grandes infolios para aclarar un punto de doctrina, una cuestión-teológica, en la que intervienen no solamente los hombres de la Iglesia, sino-hasta los príncipes y gobernantes del siglo.

En estas circunstancias le tocó aparecer en el mundo a San Cirilo de Jerusalén. No sabemos con seguridad cuál fue la patria chica de San Cirilo; pero es muy probable que su cuna fuese Jerusalén o algún pueblecito de los alrededores de la gran metrópoli. Lo cierto es que nacido hacia el 313, pasó los primeros años de su adolescencia en la capital, instruyéndose y re­cibiendo una educación esmerada. Poco después se puso bajo la dirección del santo obispo Máximo, y tanto aprovechó en las ciencias eclesiásticas que en breve pudo ser ordenado sacerdote.

Muerto Máximo, fue elevado en 350 a la sede episcopal de Jerusalén. Durante los primeros años de su episcopado, San Cirilo pudo con relativa tranquilidad dedicarse al ejercicio de su cargo; pero luego, y a pesar de su ca­rácter tranquilo y reposado que odiaba toda agitación y polémica, no pudo sustraerse a la barahúnda de celos y pasiones que reinaban por doquier. Primeramente, Cirilo fue el blanco de las persecuciones de los arríanos. Le odian porque en él han visto un enemigo. Y a pesar de que el santo siem­pre que ha impugnado sus doctrinas lo ha hecho con toda circunspección y prudencia para no enconar los ánimos, ellos le siguen de cerca, le espían y procuran urdirle asechanzas y emboscadas. Es acusado, depuesto y desterrado como un intruso de la ciudad santa.

Tres veces es lanzado al destierro y la última de ellas se ve obligado a andar errante por las ciudades del Asia durante once años, y por las lauras cenobíticas donde es acogido con cariño por los monjes, a quienes él tanto envidiaba y alabará más tarde en sus escritos.

Por fin asiste al triunfo definitivo de sus ideas, toma parte en el Concilio ecuménico de Constantinopla (382) y muere, poco después alegre de ver que empieza a renacer la paz y concordia de los espíritus.

En los últimos años de su vida, San Cirilo gozó de tranquilidad hasta su santa muerte, que ocurrió probablemente en 386, a la edad de setenta y dos años, después de treinta y siete de un glorioso pontificado; y por el histo­riador Sócrates nos consta que en esta última época de su vida el Santo poseía el don extraordinario de profecía, según lo atestiguan las siguientes palabras del citado historiador: En una ocasión preparábanse los judíos con grande entusiasmo a la restauración del templo de Salomón. San Cirilo se acordó de la profecía de Daniel, y anunció que era llegada la hora de que en el templo no quedaría piedra sobre piedra. Y, en efecto, una noche vino un fuerte terremoto que conmovió los cimientos del antiguo templo y los derribó juntamente con los edificios próximos a él. Después cayó del cielo un fuego violento que estuvo ardiendo todo el día y abrasó todas las herra­mientas preparadas para el trabajo de la reedificación. El miedo y el terror se apoderó de los judíos y la fama del hecho se divulgó tanto que vinieron de países lejanos a ver lo sucedido. Los judíos, contra su voluntad, confe­saron a Jesucristo, y por la noche aparecieron en sus vestidos cruces for­madas de luz. Cuando después de haberlas contemplado quisieron deshacer­las y borrarlas, no lo pudieron conseguir.

Teodoreto, en el libro tercero de su historia, capítulo 17, narra este suceso muy de otra manera. Según él, lo que miles de hombres levantaban con gran trabajo, se caía espontáneamente.. Los restos antiguos del templo se derrumbaron. Vientos vehementes, tempestades y borrascas les arrastraban los materiales, y como tercos se empeñasen en conseguir su intento, vino un terremoto grande que llenó de espanto a los no iniciados en la fe. Cuando, pasado el miedo, cavaban los cimientos salió de ellos fuego que abrasó a muchos de los cavadores y a los restantes les ahuyentó del lugar. Por la noche se derrumbaron algunos edificios, cogiendo a los que descansaban, y aquella noche y el día siguiente apareció resplandeciente en el cielo la señal de la cruz, y en los vestidos de los judíos otras cruces, no de luz, sino de color negro.

Con estas señales todos huyeron de allí, confesando que era verdadero Dios aquel a quien sus mayores habían crucificado.

Lo que estos autores dicen sobre las cruces, ya negras, ya luminosas, en las vestiduras de los judíos, no debe confundirse con la aparición de la Cruz de que nos habla el Santo en su carta a Constancio.

San Cirilo cuenta así el suceso al Emperador: «En los santos días de la .festividad de Pentecostés, el siete de mayo, a eso de la hora tercia, apareció en el cielo una cruz grande, hecha de luz, y que se extendía sobre el Gólgota hasta el monte santo de las Olivas, la cuál fue vista no solamente de unos cuantos, sino de toda la gente de la ciudad, y con evidencia suma pues no pasó volando a los ojos de todos, sino que estuvo a la vista muchas horas, y más resplandeciente que los rayos del sol. Fue tanto que acudieron a la iglesia en tropel jóvenes y viejos, hombres, y mujeres de toda edad, hasta las doncellas más retraídas en sus casas y habitaciones, indígenas y extran­jeros, cristianos y gentiles, venidos aquí de todas- partes. Todos ellos unánimes y como a una voz, alabaron a Jesucristo nuestro Señor, Hijo Unigénito de Dios y obrador de maravillas, conociendo por experiencia la verdad de la fe de los cristianos» (Epístola ‘ad Constantinum’; v. Migne, t. 33, col. 352).

Obras y doctrina: La Iglesia honra a San Cirilo como el príncipe de los catequistas. La catequesis era en su tiempo la enseñanza oral que prepa­raba a los catecúmenos para la recepción del bautismo. Y en este género sencillo y popular San Cirilo nos ha dejado una obra maestra en sus famo­sas catequesis. Todas ellas en número de 23 y una pro catequesis, datan del primer año de su pontificado. No las escribió él mismo, sino que a medida que el Santo hablaba, los taquígrafos se encargaban de trasladarlas a la es­critura.

Su estilo: Por esto su palabra tiene los defectos y las cualidades del es­tilo hablado e improvisado; es práctica, viva, cordial, interesante y a veces patética y apremiante. De cuando en cuando algunas digresiones y parénte­sis largos vienen a entorpecerla algún tanto; pero de ordinario, la sencillez, la claridad y el método resplandecen de un modo particular.

A los términos filosóficos introducidos en su tiempo prefiere las fórmu­las consagradas por la antigüedad. No es un teólogo al estilo de San Atanasio, es un catequista que instruye piadosamente y trata de preservar del error a, sus queridos oyentes, y por esto es precisamente por lo que hoy: día ocupa un puesto distinguido entre los grandes maestros del pensamiento cristiano.

Resumen de su obra: La Pro catequesis trata de la grandeza de la gracia que se da a los que se bautizan; en las cinco primeras versa sobre el pecado; la penitencia y la fe; y las trece que siguen son una exposición continuada del símbolo bautismal de Jerusalén, el cual era muy semejante al que redac­tó un poco más tarde, en 381, el sínodo de Constantinopla. En las cinco úl­timas, que son las más importantes, a pesar de ser más breves, da una cabal inteligencia de los ritos y ceremonias del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía. Son las catequesis llamadas «Mistagógicas» en las cuales su lenguaje se reviste de una gracia más suave, de una más tranquila y afec­tuosa cordialidad, bien sea por el asunto mismo de que trata, o bien por dirigirse a los neófitos, los nuevos retoños de la Iglesia.

Estas cinco catequesis mistagógicas constituyen uno de los monumentos más preciosos de la antigüedad cristiana, pues son de un valor incompara­ble para el estudio de la historia del dogma y de la Liturgia. Por esto no es de extrañar que algunos protestantes las hayan querido interpolar y hacer­las pasar como apócrifas, pues veían en ellas retratador con demasiada cla­ridad las doctrinas católicas sobre el celibato eclesiástico y la virginidad, la Eucaristía y el culto de las reliquias e imágenes de los santos.

Es de advertir una circunstancia que añade un alto valor a la obra de San Cirilo, y es que el Santo escribió antes de la aparición de los grandes doctores y en medio de las polémicas y discusiones más ruidosas. No obs­tante, el fondo de su doctrina es de una ortodoxia segura e irreprochable.

Acerca del «Omousios» parece que en sus primeros tiempos estuvo algo indeciso; pero más tarde impugnó repetidas veces la doctrina de los arríanos.

Y así hablando de la Trinidad expone sus creencias del siguiente modo: «Nuestra esperanza está en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. N opredicamos tres dioses. ¡Callen los Marcionistas! No admitimos en la Tri­nidad ni confusión como Sabelio, ni separación como hacen otros». Estas últimas palabras son, sin duda, una alusión evidente a los partidarios de Arrio. Otro de los misterios que con más precisión y energía ha expuesto San Cirilo es el de la presencia real. Sus expresiones en este sentido se han hecho clásicas. «Bajo la figura del pan, dice a sus queridos neófitos, recibís el cuerpo de Cristo; y bajo las apariencias de vino recibís su sangre, y esa recepción hace de vosotros un sólo cuerpo y una sola sangre con El». Curiosa y notable es también esta frase que nos describe la manera de presentarse los fieles a la sagrada mesa:> {(Haced de vuestra mano izquierda como un trono en que se apoye la mano derecha, que ha de recibir al rey. Santificad luego vuestros ojos con el contacto divino y comulgad. No perdáis la menor partícula. Decidme, ¿si os entregasen pajuelas de oro, no las guardaríais con el mayor cuidado? Pues más preciosas que el oro y la pedrería son las especies sacramentales».

En otro lugar dice: «Recibiendo el cuerpo y la sangre de Cristo nos ha­cemos concorpóreos y consanguíneos con El; convirtiéndonos de este modo en portadores de Cristo (Cristofóro), distribuyéndose su carne y su sangre por nuestros miembros».

Tampoco se olvidó de los difuntos en la Santa Misa (Cat. 23, 9: «Acordémonos entonces de los que ya duermen en el Señor…, pues creemos que será para ellos gran provecho el que ofrezcamos por ellos oraciones en presencia del santo y asombroso sacrificio… Ofrecemos el Cristo inmolado por nues­tros pecados, reconciliando al Dios piadoso en favor nuestro y de ellos».

El método que hemos seguido en la traducción ha sido el amoldarnos lo más estrictamente posible al original griego, sirviéndonos, desde luego, de la preciosa traducción latina del Maurino Toutté (Migne P. G., t. 33), para que se deje entrever más plenamente el estilo característico del Santo, con todas sus cualidades y defectos; y aunque alguna vez la frase no corra tan fluida como pudiera desearse, y las repeticiones de palabra se sucedan de vitando en cuando, hemos consentido en dejarlo así para que se saboree me­jor la palabra sencilla y clara del santo catequista. Ojalá que cuantos se de­dican a la predicación y enseñanza del catecismo, que tatito auge en nues­tros días va tomando, imiten al santo doctor, y él haga que, como dice la oración Colecta de su Misa, «conociendo mejor al que es Dios verdadero y a su enviado Jesucristo, merezcamos todos ser contados entre las dóciles ovejas que oyen su vos».

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