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Obras da Patrística

Padres menores

El Padre más antiguo de la Iglesia siria es Afraat, que entre el 337 y el 345 escribió 23 tratados que vienen a resumir toda la vida cristiana.

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Amonio de Alejandría, filósofo cristiano que no hay que confundir con su homónimo Amonio Saccas. Se dedicó a crear un sistema de división de los Evangelios, llamado Partes de Amonio (latín ammonius quidam). Eusebio de Cesarea en su Historia de la Iglesia 6, 19, manifiesta, seguido por San Jerónimo, que nació cristiano y que permaneció toda su vida fiel al Cristianismo. Nos ha legado dos obras y también han llegado fragmentos.

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Anfiloquio de Iconio, que murió después del 394, era primo de Gregorio de Nacianzo y amigo de los tres Padres Capadocios. Estudió en Antioquía, practicó la abogacía en Constantinopla, y en el 373 fue hecho obispo de Iconio; luchó contra el arrianismo y contra diferentes sectas derivadas del maniqueísmo. Se conservan algunas de sus obras: unas homilías sobre fiestas litúrgicas y una obra en verso, en la que se incluye una relación de los libros inspirados.

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Arnobio de Sicca, natural de esta ciudad, en Numidia, escribió durante la persecución de Diocleciano. Era profesor de retórica y detractor del cristianismo, al que se convirtió luego por una visión que tuvo. Es conocido por su obra Adversus nationes, en que defiende el cristianismo, con un esquema no muy distinto al usual en las apologías, pero con pruebas de poco valor; si su conocimiento de los muchos filósofos que cita provenía únicamente de los manuales entonces en uso, el que tenía de la doctrina cristiana era aún rudimentario, pues consideraba que los dioses paganos tal vez existían, aunque en este caso serían dependientes absolutamente de Dios Padre, y pensaba que Cristo era un Dios de segundo orden; el alma podía hacerse inmortal mediante la ayuda del Dios de los cristianos.

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San Braulio de Zaragoza, que murió hacia el 651, era hermano del anterior obispo de esta sede, a quien sucedió; había sido discípulo de San Isidoro y fue hombre culto y con influencia en la sociedad eclesiástica y civil de su tiempo. Se conservan de él 44 cartas, algunas de las cuales tienen importancia doctrinal; tiene además un catálogo de las obras de San Isidoro, con una indicación de su contenido, y una Vida de San Emiliano.

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Dídimo el Ciego, privado de la vista desde los cuatro años y que murió alrededor del 398, fue durante muchos años director de la escuela catequética de Alejandría. Aunque estaba totalmente de acuerdo con la fe de Nicea, su adhesión a algunas de las tesis de Orígenes en relación con el origen y destino del alma humana hizo que fuera condenado en el segundo concilio de Constantinopla (553). Probablemente esta condena es la responsable de que nos haya llegado muy poco de su muy abundante producción literaria; quedan fragmentos de comentarios bíblicos, con preferencia de los Salmos y de los Hechos, en los que se inclina por la exégesis alegórica; pero de sus obras dogmáticas nos ha llegado la principal, Sobre la Trinidad, donde ataca el arrianismo y el macedonianismo; también nos han llegado algunas otras, más o menos relacionadas con estos temas, y que a veces se ocultaron bajo el nombre de otros autores no sospechosos.

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San Dionísio de Alejandría, que murió en 264 o 265, era discípulo de Orígenes, y sucedió a Heraclas, primero en la dirección de la escuela catequística de Alejandría y luego como obispo de aquella sede. Consiguió escapar de la persecución de Decio, pero en la de Valeriano fue desterrado. Intervino en la mayor parte de las polémicas religiosas de su tiempo. De sus escritos, que fueron numerosos, apenas si se conserva nada.

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Epifanio de Salamina, que murió en el 403, había nacido hacia el 315 en Judea; allí, después de una estancia entre los monjes egipcios, fundó un monasterio y estuvo al frente de él casi treinta años. Fue hecho obispo de Salamina y, por tanto, metropolitano de Chipre, en el 367. Era hombre austero y de buena doctrina, pero agresivo y desmesurado; tuvo una intervención importante en la primera controversia antiorigenista y, sin advertirlo, se vio implicado en manejos contra Juan Crisóstomo. En su obra rechaza la cultura griega, la especulación filosófica y teológica, y la crítica histórica; sus obras son sin embargo importantes por las muchas citas que hace de escritos perdidos; las más conocidas son Ancoratus y Panarion, que contienen información abundante sobre las herejías contemporáneas; pero se conservan otras más, entre ellas tres muy breves contra el culto a las imágenes y que fueron usadas más adelante por los iconoclastas.

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San Fausto de Riez, que murió entre 490 y 500. Era de origen bretón, había sido abad de Leríns y luego obispo de Riez, en Provenza. Combatió el arrianismo y el macedonianismo, por lo que el rey visigodo Eurico le condenó al destierro, donde pasó ocho años; junto con Casiano defendió el semipelagianismo. A estos temas corresponden sus obras: tres libros Sobre el Espíritu Santo y otros dos Sobre la gracia de Dios; de él tenemos también algunas cartas y sermones.

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Firmiliano de Cesarea (de Capadocia), de donde fue obispo, murió hacia el 268, y era también discípulo de Orígenes; sólo se conserva de él una carta dirigida a San Cipriano, en la que se declara en su favor en la disputa sobre el valor del bautismo conferido por los herejes.

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San Fructuoso de Braga murió hacia el 665. Su padre era hombre importante en la corte, con grandes posesiones en la comarca del Bierzo; fue allí donde Fructuoso se dedicó a la vida monástica y fundó diversos monasterios, hasta que fue elegido por el rey para regir primero el monasterio de Dumio y luego la sede de Braga. Sus obras fundamentales son la Regla de los monjes y la Regla común, que completa la anterior; se le atribuye también el Pacto, fórmula de profesión religiosa que suele acompañar los manuscritos de la Regla común y según la cual el monje se compromete a obedecer al abad y a sus reglas, pero retiene el derecho de protestar contra los posibles abusos. Sólo se conserva una de sus cartas.

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San Gregorio de Tours había nacido el año 538 en Clermont, la capital de la Auvernia, en una familia senatorial; en el 573 fue consagrado obispo de Tours, que entonces era el centro espiritual de Francia debido en gran parte al prestigio que acompañó en vida a San Martín y al culto que después se había desarrollado sobre su tumba. Su actuación fue de importancia tanto en lo religioso como en lo secular. Su gran obra, la Historia de los francos, es una extraordinaria fuente de información sobre los reinos merovingios y las incesantes luchas internas que los agitaron y que él conoció de cerca; no faltan en ella relatos detallados de discusiones teológicas con judíos y con godos arrianos; su latín ofrece ya señales de evolución hacia el romance. El sentido crítico de Gregorio no es bueno, lo que se deja ver aún más en sus Ocho libros de los milagros.

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San Gregorio Taumaturgo («taumaturgo», «obrador de milagros») murió hacia el 270. Procedente de una conocida familia de Neocesarea del Ponto, se convirtió junto con un hermano suyo en Cesarea escuchando a Orígenes, y fue luego obispo de su ciudad natal. Su labor pastoral en Capadocia debió de ser grande, pues un siglo después se hablaba aún de él con gran respeto y admiración. No fue un escritor prolífico, pero se conservan algunas obras suyas breves, tales como un símbolo trinitario y la Carta canónica, de interés para el conocimiento de las prácticas penitenciales de la época.

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Hexiqiuo de Jerusalén murió después del 450, comentó quizá toda la Escritura, de acuerdo con el método alegórico. Confía poco en la filosofía, y sigue bastante a Cirilo de Alejandría en sus explicaciones cristológicas. Algunas de sus obras se conservan.

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San Juan de Bícaro, que murió el 621, había nacido en Scalabi (Santarem), de familia visigoda; estuvo muchos años en Constantinopla, donde estudió, y a su vuelta fue desterrado a Barcelona. Fue después abad de Bíclaro, monasterio de localización desconocida, y luego obispo de Gerona durante los últimos treinta años de su vida. Escribió una Regla para sus monjes de Bíclaro; del resto de sus obras nos ha llegado sólo una, la Crónica, que, aunque muy breve, es de gran importancia para la historia del período.

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San Justo de Urgen, que fue obispo de esta sede al menos desde el 531 hasta el 549, asistió a concilios en Toledo, Mérida y Valencia, y era hermano de los obispos de Huesca, Egara (Terrassa) y Valencia. Escribió un Comentario al Cantar de los cantares, hecho ya sobre la versión de la Vulgata, y en el que, siguiendo la interpretación alegórica, ve descrito el amor entre Cristo y su Iglesia; también tenemos de él dos cartas, un prólogo y un sermón sobre el mártir San Vicente.

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San Leandro de Sevilla murió en el año 600. Había nacido en Cartagena, de donde sus padres fueron desterrados a Sevilla; allí se hizo monje, y fue luego hecho obispo de esta sede metropolitana, desde donde trabajó para la conversión de los godos al catolicismo; esta conversión se selló en el concilio de Toledo del año 589, y entonces pudo volver Leandro a su sede, de donde había sido desterrado. En Sevilla se preocupó también de las instituciones para la formación del clero. Fue amigo personal del papa San Gregorio, a quien había conocido en Constantinopla en una embajada. Tiene dos obras destinadas a combatir el arrianismo y una sobre las vírgenes; sus numerosas cartas se han perdido.

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San Leandro de Sevilla murió en el año 600. Había nacido en Cartagena, de donde sus padres fueron desterrados a Sevilla; allí se hizo monje, y fue luego hecho obispo de esta sede metropolitana, desde donde trabajó para la conversión de los godos al catolicismo; esta conversión se selló en el concilio de Toledo del año 589, y entonces pudo volver Leandro a su sede, de donde había sido desterrado. En Sevilla se preocupó también de las instituciones para la formación del clero. Fue amigo personal del papa San Gregorio, a quien había conocido en Constantinopla en una embajada. Tiene dos obras destinadas a combatir el arrianismo y una sobre las vírgenes; sus numerosas cartas se han perdido.

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Luciano de Antioquía, que murió mártir el 312, había nacido también en Samosata; por eso se le llama a veces Luciano de Samosata, pero parece preferible reservar este nombre para el autor pagano del De morte Peregrini del que hemos hablado en la introducción a los apologistas griegos. Aunque al parecer no era un pensador profundo, Luciano fundó en Antioquía una escuela, en la que trabajó seriamente en la restitución del texto de las Sagradas Escrituras, como habían hecho Orígenes y Pánfilo; frente al método alegórico de interpretación que usaban los alejandrinos, y en clara oposición a él, se ceñía únicamente a la interpretación literal; formó a muchos escritores en su método de exégesis, que era exigente y correcto en sí mismo. Pero esta escuela tomó casi enseguida una orientación desenfocada en otros campos; muy pronto se calificó a Luciano como sucesor de Pablo de Samosata; insistía en que el Hijo estaba subordinado al Padre, por el que había sido adoptado; más tarde se le consideró como el precursor inmediato del arrianismo, y de hecho los principales fautores del arrianismo habían sido discípulos suyos y reconocían explícitamente su paternidad en cuanto a esta doctrina. Quedan grandes fragmentos, en obras de otros autores, de su revisión del texto de la versión griega de los Setenta, revisión que gozó de gran prestigio.

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Metodio, cuya vida parece que se desarrolló en Licia y quizá en Macedonia, donde habría sido obispo, murió mártir en el 311. Fue un adversario decidido de las doctrinas de Orígenes. Escribió diálogos al estilo de los de Platón, de los que se conserva uno en griego y varios en traducciones eslavas; tratan de la virginidad, de la resurrección con el mismo cuerpo actual, de la no preexistencia de las almas, del libre albedrío y de la virtud de la templanza.

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Optato de Milevo, ciudad de Numidia de donde fue obispo; escribió contra los donatistas hacia el año 365.

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Pablo de Samóstata, nacido en esta ciudad, que era capital de la provincia siria de Comagene, había sido gobernador y ministro de la reina Zenobia de Palmira; fue obispo de Antioquía desde el año 260 hasta el 268, en que fue depuesto por sus errores sobre la persona de Cristo, a quien tenía por un hombre corriente, superior a Moisés, pero que no era el Logos; por esto se le considera precursor del nestorianismo. Parece que el concilio que condenó a Pablo condenó también la expresión «homousios», consubstancial, que luego canonizaría el concilio de Nicea; pero es muy probable que se condenara ese término porque entonces se entendía de manera que negaba la distinción de las Personas divinas. Quedan sólo fragmentos de sus escritos, que no debieron de ser numerosos.

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Pánfilo de Cesarea (de Palestina), que murió mártir hacia el 309, había sido discípulo de Orígenes; trabajó mucho en la biblioteca de Cesarea y en la continuación del trabajo de restitución del texto de la Sagrada Escritura.

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Pedro de Alejandría, obispo de esta sede, murió mártir en el 311. Durante la persecución de Diocleciano, en el 303, había tenido que huir, y en ausencia suya el obispo de Licópolis, Melecio, se apropió el derecho de conferir órdenes en Egipto; esto, unido a la benignidad de Pedro con los lapsos, originó el «cisma meleciano», que duraría varios siglos. Entre los fragmentos que nos han llegado de sus obras hay catorce cánones sobre la penitencia, quizá parte de una carta suya, y que luego se integraron en las colecciones oficiales de cánones. En algunas de sus obras combatía los errores origenistas.

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Sexto Tulio Africano murió después del 240; nació y vivió en Palestina y fue amigo de Orígenes; estuvo en relación con el rey de Edesa en Siria y con el emperador Alejandro Severo, por encargo de quien organizó la biblioteca de estado del Panteón, en Roma. Escribió una Crónica mundial, de la que no ha llegado casi nada, en la que se yuxtaponían los datos de la historia profana con otros tomados de la Biblia; su cálculo de cuándo debía comenzar el milenio influyó en otros autores: el mundo debía durar 6000 años, de los que 5500 habían transcurrido en el momento del nacimiento de Cristo; el milenio comenzaría en el año 6000. De otra obra suya, Los encajes, se conservan amplios fragmentos, y en ella trata muchos temas de ciencias profanas prácticas, dejándonos ver de paso que creía en los encantamientos y la magia.

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Teodoreto de Ciro, que murió hacia el 466, había nacido en Antioquía hacia el 393. En el 423 fue elegido obispo de Ciro, ciudad cercana a Antioquía; aunque se había resistido a ser obispo, cumplió bien con sus obligaciones. Sin ser nestoriano, atacó la doctrina de Cirilo de Alejandría y del concilio de Éfeso, contra los que escribió; fue depuesto por su oposición al monofisismo de Eutiques; más adelante, después de hacer una declaración contra Nestorio, participó junto a los autores ortodoxos en el concilio de Calcedonia de 451; sin embargo, cien años después, el concilio II de Constantinopla (553) condenó aquellos escritos suyos dirigidos contra Cirilo y contra Éfeso. Su obra literaria fue ingente. Se conservan algunos de sus tratados dogmáticos, comentarios a las Escrituras, algún sermón y cartas. Su Curación de las enfermedades griegas se suele considerar la última apología y una de las mejores, y está dedicada a refutar el paganismo; incluye citas de más de cien autores paganos.

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Victorino de Petavio, que murió mártir en el 304, fue obispo de Petavio, en Panonia, a la orilla del Drava, y posiblemente era natural de Grecia. Escribió obras de exégesis, siendo el primero de los latinos en hacerlo; se conserva su comentario al Apocalipsis, en el que muestra su milenarismo.

Fonte 1

Fonte 2

Arquivado em:Afraat, Amônio de Alexandria, Anfilóquio de Icônio, Arnóbio de Sica, Dídimo o Cego, Epifânio de Salamina, Firmiliano de Cesaréia, Gregório de Tours, Hexíquio de Jerusalém, Luciano de Antioquia, Metódio, Optato de Milevo, Paulo de Samóstata, Pedro de Alexandria, São Dionísio de Aleandria, São Dionísio de Alexandria, São Fausto de Riez, São Frutoso de Braga, São Gregório Taumaturgo, São João de Bíclaro, São Justo de Urgen, São Leandro de Sevilha, Teodoreto de Ciro, Vitorino de Petávio

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