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Obras da Patrística

Teófilo de Alexandria

Teófilo de Alejandría († 412) fue un patriarca de Alejandría, Egipto desde 385 hasta 412. Fue considerado un santo por la Iglesia ortodoxa copta.

Se trataba de un papa copto en la época del conflicto entre los cristianos, recientemente dominantes, y la sociedad pagana de Alejandría, cada uno apoyado por una parte de la población alejandrina.

En 391, Teófilo (según Rufino y Sozomeno) descubrió un templo pagano escondido. Con sus seguidores mostraron burlándose los objetos paganos al público, lo que ofendió a los paganos lo suficiente como para provocar un ataque a los cristianos. La fracción cristiana contraatacó forzando a los paganos a retirarse al Serapeo. El emperador envió una carta a Teófilo para que Teófilo perdonara a los paganos, pero que destruyera el templo.

La destrucción del Serapeo ha sido vista por muchos autores, antiguos y modernos, como representación del triunfo del Cristianismo sobre otras religiones. Cuando la filósofa Hipatia fue linchada por una masa alejandrina, aclamaron al sobrino y sucesor de Teófilo, Cirilo como «el nuevo Teófilo, pues había destruido a los últimos restos de idolatría en la ciudad».

Teófilo se apartó de los seguidores de Orígenes después de haberlos apoyado durante un tiempo. Fue acompañado por su sobrino Cirilo a Constantinopla en 403 y allí presidió el «Sínodo de la encina» (Synodus ad quercum), que depuso a Juan Crisóstomo.

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São Martinho de Braga

San Martín de Braga, también conocido como Martín de Dumio o Martín Dumiense. Obispo, teólogo y escritor eclesiástico hispano de origen panónico, llamado el «Apostol de los suevos» (Panonia, hacia 510-520 – Braga, 579-580).

Vida

Miembro de una importante familia romana de la antigua provincia de Panonia (actual Hungría). Ingresa pronto en el clero y muy joven se traslada a Palestina a visitar los Santos Lugares. Allí reside durante varios años y entra en contacto con el floreciente movimiento monástico que se desarrolla en las montañas de Judea. Sin conocerse exactamente la razón, tal vez por contactos con monjes españoles, decide trasladarse al Finis Terrae, en ese momento de la historia parte del Reino de los suevos, cuya clase dirigente era en gran parte arriana. En su viaje pasa algún tiempo en las Galias y llega a la Gallaecia en torno al 550. Allí trabaja varios años como presbítero y como monje. Funda un monasterio en Dumio, cercano a Bracara Augusta (la actual Braga, en Portugal), la capital del Reino, junto a la iglesia que el rey suevo Karriarico había dedicado a san Martín de Tours, tras su conversión al catolicismo. Pronto el monasterio de Dumio se convierte en el principal centro de difusión de cultura y espiritualidad cristiana de origen oriental en el norte de la Península, ya que sus monjes tenían encomendada la copia de códices, muchos posiblemente traídos por el mismo san Martín de Oriente.

Poco tiempo más tarde, Lucrecio, arzobispo de Braga, crea la diócesis de Dumio en torno al recién creado monasterio, y consagra a Martín como su primer obispo en torno a 556. Su influencia en la corte sueva es muy grande y logra que el rey Teodomiro abjure del arrianismo y se bautice católico en 560, atrayendo con él a la mayor parte del reino suevo. En 561 ó 563 asiste al I Concilio de Braga contribuyendo a la condena doctrinal y moral del priscilianismo.

El obispo Lucrecio muere en 569 y Martín es proclamado nuevo metropólita, pero sigue conservando la dignidad episcopal de Dumio, ya que sus monjes y los fieles le ruegan que no los deje. Su labor como arzobispo de Braga se centra en la predicación al pueblo, muy influido aún por el priscilianismo y apegado a las prácticas religiosas paganas. En 572 preside el II Concilio de Braga en el que los obispos de la Gallaecia establecen las líneas de actuación misional y de práctica litúrgica y moral de esta iglesia particular.

Obra

Poco después, se ignora la fecha exacta, redacta un manual práctico para el misionero, De correctione rusticorum (‘rústico’ no significa bárbaro o incorrecto, sino popular y sencillo), en el que anima a obispos y clero a evangelizar y purificar la religiosidad del pueblo suevo. El tratado expone de manera sencilla las supersticiones principales del pueblo suevo y su origen: condena la idolatría, la adivinación, los augurios y la brujería; también insta a que los días de la semana dejen de dedicarse a los dioses romanos —día de Marte, de Mercurio, de Júpiter, de Venus y de Saturno— y pasen a llamarse por la nomenclatura litúrgica cristiana (esta costumbre se mantiene en lengua portuguesa donde los días de la semana se nombran con el término litúrgico de feria).

Como escritor eclesiástico, san Martín es una figura de primer orden. Tanto san Isidoro de Sevilla como san Gregorio de Tours lo consideran como el hombre letrado más importante de su tiempo. Entre sus obras de más influencia, además del De correctione rusticorum, destaca la recopilación Sententiae Patrum Aegipteorum, ciento diez reglas ascéticas tomadas de la tradición monástica oriental en traducción directa de sus fuentes, y que formarán una de las bases del desarrollo del monacato hispánico. Era gran conocedor de la patrística oriental y occidental —san Ireneo de Lyon, san Clemente de Alejandría, Orígenes, san Jerónimo o san Agustín de Hipona— y también de los clásicos estoicos romanos, especialmente Marco Aurelio y Séneca, hasta tal punto que su obra Formula vitae honestae, que escribe hacia 570 a petición del rey Miro, fue considerada en la Edad Media como obra de este último autor. También al rey Miro dedica sus obras Pro repellenda iactantia y Exhortatio humilitatis. Otras obras suyas son De trina mersione (sobre la liturgia del bautismo), De ira (tratado de carácter estoico cristiano dedicado a Vitimiro, obispo de Orense) y una importante literatura epistolar y de sermones, lamentablemente perdida.

En la segunda mitad del siglo VI, realiza la colección de cánones que lleva su nombre: Capitula Martini, también conocidos como Concilio III de Braga.

Muerte

San Martín muere hacia 579-580 y es enterrado en la capilla de San Martín de Tours del monasterio de Dumio, en un sarcófago donde es labrado un epitafio redactado por él mismo: «Nacido en Panonia, llegué atravesando los anchos mares y arrastrado por un instinto divino, a esta tierra gallega, que me acogió en su seno. Fui consagrado obispo en esta iglesia tuya, ¡oh glorioso confesor San Martín!; restauré la religión y las cosas sagradas, y habiéndome esforzado por seguir tus huellas, yo, tu servidor Martín, que tengo tu nombre, pero no tus méritos, descanso aquí en la paz de Cristo».

Su fiesta se celebra el 20 de marzo.

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Nilo

Nilo el Viejo, del Sinaí (murió alrededor del año 430), fue uno de los muchos discípulos y fervientes defensores de San Juan Crisóstomo. Lo conocemos primero como laico, casado, con dos hijos. En esa época trabajaba en la Corte de Constantinopla, y se dice que fue uno de los Prefectos Pretorianos que, según el acuerdo de Diocleciano y Constantino, eran los funcionarios principales y jefes de todos los demás gobernadores para las cuatro divisiones principales del imperio. La autoridad de ellos, sin embargo, ya había empezado a declinar hacia el final del siglo IV.

Mientras que San Juan Crisóstomo fue patriarca, antes de su primer exilio (398-403), él dirigía a Nilo en el estudio de las Escrituras y on obras piadosas (Nikephoros Kallistos, “hist. Eccl.”, XIV, 53, 54).

Aproximadamente por el año 390 (Tillemont, “Mémoires”, XIV, 190-91) o quizás el 404 (Leo Allatius, “De Nilis”, 11-14), Nilo dejó a su esposa con uno de sus hijos y llevó consigo al otro, Teódulo, hasta el Monte Sinaí para convertirse en monjes. Vivieron allí hasta cerca del año 410 (Tillemont, ib., p. 405) cuando los Sarracenos, invadiendo el monasterio, hicieron prisionero a Teódulo. Los Sarracenos pretendían sacrificarlo a sus dioses, pero eventualmente lo vendieron como esclavo, que fue la manera cómo se convirtió en posesión del Obispo de Eleusa en Palestina. El Obispo recibió a Teódulo en su clero y lo hizo portero de la iglesia. Mientras tanto, Nilo, habiendo salido de su monasterio para buscar a su hijo, finalmente lo encontró en Eleusa. El obispo los ordenó sacerdotes a ambos y les permitió regresar a Sinaí. La madre y el otro hijo también habían abrazado la vida religiosa sen Egipto. Ciertamente que San Nilo aún vivía en el año 430. No se sabe cuánto tiempo después falleció. Algunos escritores creen que él vivió hasta el año 451 (Leo Allatius, op. cit., 8-14). La Byzantine Menology para su festividad (12 de Noviembre) supone eso. De otro lado, ninguna de sus obras menciona el Concilio de Éfeso (431) y parece que él conociera sólo el comienzo de los problemas Nestorianos; por lo que no tenemos evidencia de su vida más allá del año 430.

Desde su monasterio en el Sinaí, Nilo era una persona muy conocida a través de la Iglesia Oriental; por sus escritos y su correspondencia, él jugó un rol importante en la historia de su época. Era conocido como teólogo, erudito bíblico y un escritor asceta, por lo que gente de toda clase, desde el emperador hacia abajo, le escribían para consultarle. Sus numerosas obras, incluyendo una multitud de cartas, consisten en denuncias de herejía, paganismo, abusos de disciplina y delitos, de reglas y principios de ascetismo, especialmente máximas sobre la vida religiosa. Él advierte y amenaza, sin temor alguno, a personas de alto rango, abades y obispos, gobernadores y príncipes, incluso al mismísimo emperador. Mantuvo correspondencia con Gaina, un líder de los Godos, esforzándose por convertirlo del Arrianismo (Libro I de sus cartas, nos. 70, 79, 114, 115, 116, 205, 206, 286); denunció enérgicamente la persecución de San Juan Crisóstomo, tanto al Emperador Arcadio (ib., II, 265; III, 279) como a sus cortesanos (I, 309; III, 199).

A Nilo se le debe considerar como uno de los principales escritores ascéticos del siglo V. Su festividad se mantiene el 12 de Noviembre en el Calendario Bizantino; en el martirologio Romano se le conmemora también en la misma fecha. Los armenios le recuerdan, con otros padres egipcios, el jueves posterior al tercer domingo de su Adviento (Nilles, “Kalendarium Manuale”, Innsbruck, 1897, II, 624).

Los escritos de San Nilo del Sinaí fueron editados por primera vez por Possinus (París, 1639); en 1673, Suárez publicó un suplemento en Roma; sus cartas fueron recopiladas por Possinus (París, 1657), una recopilación de mayor alcance fue hecha por Leo Allatius (Rome, 1668). Todas estas ediciones son utilizadas en P. G., LXXIX. Fessler-Jungmann ha dividido las obras en cuatro clases:

(1) Obras acerca de las virtudes y los vicios en general: — “Peristeria” (P. G., LXXIX, 811-968), un tratado en tres partes dirigido a un monje Agathios; “Acerca de la Oración” (peri proseuches, ib., 1165-1200); “Acerca de los ocho espíritus de la maldad” (peri ton th’pneumaton tes ponerias, ib., 1145-64); “Acerca del vicio opuesto a las virtudes” (peri tes antizygous ton areton kakias, ib., 1140-44); “Acerca de diversos malos pensamientos” (peri diapsoron poneron logismon, ib., 1200-1234); “Acerca de la palabra del Evangelio de Lucas”, xxii, 36 (ib., 1263-1280).

(2) “Obras acerca de la vida monástica”: — Respecto a la matanza de monjes en el Monte Sinaí, en siete partes, narrando la vida del autor en el Sinaí, la invasión de los Sarracenos, el cautiverio de su hijo, etc. (ib., 590-694); Respecto de Albianos, un monje Nitrian cuya vida se presenta como un ejemplo (ib., 695-712); “Acerca del Ascetismo” (Logos asketikos, referente al ideal monástico, ib., 719-810); “Acerca de la pobreza voluntaria” (peri aktemosynes, ib., 968-1060); “Acerca de la superioridad de los monjes” (ib., 1061-1094); “Para Eulogios el monje” (ib., 1093-1140).

(3) “Advertencias” (Gnomai) o “Capítulos” (kephalaia), respecto a 200 preceptos resumidos en máximas cortas (ib., 1239-62). Posiblemente preparados por sus discípulos a partir de sus discursos.

(4) “Cartas”: — Possinus publicó 355, Allatius 1061 cartas, divididas en cuatro libros (P. G., LXXIX, 81-585). Muchas están incompletas, varias están sobrepuestas, o no son realmente cartas, sino extractos de las obras de Nilo; algunas son falsas. Fessler-Jungmann las divide en clases, tales como dogmáticas, exegéticas, morales, y ascéticas. En Fessler-Jungmann se mencionan ciertas obras atribuidas equivocadamente a Nilo, pp. 125-6.

NIKEPHOROS KALLISTOS, Hist. Eccl., XIV, xliv; LEO ALLATIUS, Diatriba de Nilis et eorum scriptis in his edition of the letters (Rome, 1668); TILLEMONT, Mémoires pour servir à l’histoire ecclésiastique, XIV (Paris, 1693-1713), 189-218; FABRICIUS-HARLES, Bibliotheca grœca, X (Hamburg, 1790-1809), 3-17; CEILLIER, Histoire générale des auteurs sacrés, XIII (Paris, 1729-1763), iii; FESSLER-JUNGMANN, Institutiones Patrologiœ, II (Innsbruck, 1896), ii, 108-128.

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João IV, Papa

Nativo de Dalmacia e hijo del scholasticus (abogado) Venancio. La fecha de su nacimiento es incierta; murió el 12 de octubre de 642. En la época de su elección, era arcediano de la Iglesia Romana. Como la consagración de Juan fue muy poco después de su elección, es de suponerse que las elecciones papales fueron confirmadas por los exarcas residentes en Ravena. Los problemas ocasionados por invasiones eslavas a su tierra natal, dirigieron la atención de Juan allí. Para aliviar el sufrimiento de los habitantes, Juan envió al abad Martín a Dalmacia e Istria con grandes sumas de dinero para la redención de los cautivos. Como las iglesias arruinadas no podían ser reconstruidas, las reliquias de algunos de los más importantes santos dálmatas fueron llevadas a Roma. Juan erigió un oratorio en su honor el cual permanece. Fue adornado por el Papa con mosaicos representando a Juan sosteniendo en sus manos un modelo de su oratorio. Aparentemente Juan no se contentó con paliar el mal hecho por los eslavos. Se propuso convertir a esos bárbaros. El emperador Constantino Porfirogeneto dice que Porga, un príncipe de los croatas que había sido invitado a Dalmacia por Heraclio I pidió al emperador Heraclio le enviara maestros cristianos. Es de suponer que el emperador a quien fue enviado este mensaje era el propio Heraclio I y que el Papa quien fue enviado fue Juan IV.

Mientras era todavía Papa-electo, Juan, con los demás líderes de la Iglesia Romana, escribió al clero del norte de Irlanda para informarles de los errores que estaban haciendo con respecto al tiempo de continuar con la Pascua y exhortándoles a estar en guardia contra la herejía pelagiana. Más o menos al mismo tiempo condenó el Monotelismo. El emperador Heraclio inmediatamente desconoció el documento monotelita conocido como la “Ecthesis”. A su hijo Constantino III, Juan dirigió su apología para el Papa Honorio, en la cual denunció el intento de conectar el nombre de Honorio con el monotelismo. Honorio, declaró, al hablar de una voluntad en Jesucristo, únicamente pretendía declarar que no hubo dos voluntades contrarias en Él. Juan fue enterrado en San Pedro.

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São Dionísio de Roma

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La fecha de su nacimiento nos es desconocida. Murió el 26 o 27 de diciembre del año 268. Durante el pontificado del papa Esteban (254-57) Dionisio aparece como presbítero de la Iglesia de Roma, y como tal tomó parte en la controversia entorno a la validez del bautismo administrado por los herejes. Esto llevó al obispo de Alejandría, Dionisio, a escribirle una carta sobre el bautismo, en la cual el papa Dionisio es descrito como un hombre muy distinguido y de gran erudición (Eusebio, Hist. eccl. VII, vii). Más tarde, en los tiempos del papa Sixto II (257-58), el mismo obispo de Alejandría le escribió otra carta concerniente un tal Luciano (ibíd., VII, ix), cuya identidad desconocemos. Después del martirio de Sixto II (6 de Agosto de 258) la Sede Romana quedó vacante por casi un año: la violencia de la persecución hacía imposible elegir una nueva cabeza. Sólo cuando la persecución amainó Dionisio fue elegido (22 de Julio de 259) para el oficio de Obispo de Roma. Algunos meses más tarde el emperador Gallienus emitió su edicto de tolerancia, con el cual se dio fin a la persecución y a la Iglesia se le concedió una existencia legal (Eusebio, Hist. eccl. VII, xiii). De este modo la Iglesia de Roma reobtuvo sus derechos sobre los edificios de culto, sus cementerios y otras propiedades, y Dionisio pudo una vez más poner en orden su administración. Alrededor del 260 el Obispo Dionisio de Alejandría escribió su carta a Ammonius y Euphranor contra el sabelianismo, en la cual él se expresaba con inexactitud en lo que toca al Logos y su relación con el Padre. Por este motivo fue presentada al papa Dionisio una acusación contra el obispo de Alejandría; el papa convocó un sínodo en Roma entorno al año 260 para solucionar la cuestión. En nombre propio y en el del sínodo, el Obispo de Roma escribió una importante carta de contenido doctrinal en la cual, en primer lugar, la doctrina errónea de Sabelio era nuevamente condenada y, además, se condenaban falsas opiniones, como las de los marcionistas, que separaban la monarquía divina en tres hipóstasis totalmente distintas, o bien que representaban al Hijo de Dios como una criatura, siendo que las Santas Escrituras declaran que Él ha sido engendrado; pasajes bíblicos como Deut., xxxii, 6 o Prov., viii, 22 no pueden citarse a favor de falsas doctrinas como éstas. Junto con su carta doctrinal el papa Dionisio envió un carta al obispo de Alejandría en la cual se le llamaba a explicar sus opiniones. Dionisio de Alejandría así lo hizo en su “Apología” (Athanasius, De sententia Dionysii, V, xiii, De decretis Nicaenae synody, xxvi). Según la antigua práctica de la Iglesia romana, le papa Dionisio extendió su preocupación por los fieles de tierras lejanas. Cuando los cristianos de Capadocia estaban pasando por una no pequeña angustia debido al pillaje de las incursiones de los Godos, el papa envió una carta de consuelo a la Iglesia de Cesaréa juntamente con una gran suma de dinero, mediante mensajeros, con el fin de redimir a cristianos que habían sido tomados como esclavos (Basilius, Epist. lxx, ed. Garnier). El gran sínodo de Antioquía que depuso a Pablo de Samosata envió una carta encíclica al papa Dionisio y al Obispo Máximo de Alejandría informándoles sobre la actuación del sínodo (Eusebio, Hist. eccl., VII, xxx). Después de su muerte el cuerpo de Dionisio fue enterrado en la cripta papal de la catacumba de Calixto.

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Dionísio de Alexandria

(Obispo desde 247-8 a 264-5)

Llamado “el Grande” por Eusebio, San Basilio y otros, fue indudablemente, después de San Cipriano, el obispo más eminente del Siglo III. Como San Cipriano fue menos un gran teólogo que un gran administrador. Como San Cipriano sus escritos toman habitualmente la forma de cartas. Ambos santos fueron conversos del paganismo; ambos se vieron implicados en las controversias respecto a los que habían apostatado en la persecución de Decio, sobre Novaciano, y con respecto a la repetición del bautismo herético; ambos mantuvieron correspondencia con los Papas de su tiempo. Aun así es curioso que ninguno mencione el nombre del otro. Una sola carta de Dionisio se ha conservado en el derecho canónico griego. Para el resto dependemos de las muchas citas de Eusebio, y, para una etapa, de las obras de su gran sucesor San Atanasio.

Dionisio era un anciano cuando murió, así que su nacimiento tendría lugar hacia 190 o antes. Se dice que era de familia distinguida. Se hizo cristiano cuando aún era joven. En un periodo posterior, cuando fue advertido por un sacerdote del peligro que corría al estudiar los libros de herejes, una visión – así nos lo informa él – le aseguró que era capaz de probar todas las cosas, y que esta capacidad había sido de hecho la causa de su conversión. Estudió con Orígenes. Este fue desterrado por Demetrio hacia 231, y Heraclas ocupó su puesto a la cabeza de la escuela catequética. A la muerte de Demetrio muy poco después, Heraclas se convirtió en obispo y Dionisio ocupó la dirección de la famosa escuela. Se cree que retuvo este cargo incluso cuando sucedió a Heraclas como obispo. En el último año de Felipe, 249, aunque se rumoreaba que el propio emperador era cristiano, un motín en Alejandría, suscitado por un popular poeta y profeta, tuvo todo el efecto de una severa persecución. Se describe por Dionisio en una carta a Fabio de Antioquía. La multitud atrapó en primer lugar a un anciano llamado Metras, le golpeó con palos cuando no quiso negar su fe, perforó sus ojos y rostro con cañas, le arrastró fuera de la ciudad y lo lapidó. Luego una mujer llamada Quinta, que no quiso sacrificar, fue arrastrada por los pies por el irregular pavimento, estrellada contra piedras de molino, azotada y finalmente lapidada en el mismo suburbio. Las casas de los fieles fueron saqueadas. Ninguno, por lo que supo el obispo, apostató. La anciana virgen, Apolonia, después de que le rompieran los dientes, saltó por propia voluntad al fuego preparado para ella antes que pronunciar blasfemias. A Serapión le rompieron todos sus miembros, y fue precipitado a la calle desde el piso alto de su propia casa. Era imposible para ningún cristiano salir a las calles, incluso de noche, pues la multitud gritaba que todo el que no blasfemara sería quemado. El motín se interrumpió por la guerra civil, pero el nuevo emperador Decio inició una persecución legal en Enero de 250. San Cipriano describe cómo en Cartago los cristianos se apresuraron a sacrificar, o al menos a conseguir falsos certificados de haberlo hecho. De manera similar Dionisio nos cuenta que en Alejandría muchos se conformaron por miedo, otros por razón de su cargo oficial, o persuadidos por amigos, algunos pálidos y temblando en su actuación, otros afirmando con audacia que nunca habían sido cristianos. Algunos sufrieron prisión por un tiempo, otros abjuraron sólo a la vista de las torturas; otros resistieron hasta que las torturas vencieron su resolución. Pero hubo nobles ejemplos de constancia. Julián y Kronion fueron azotados por toda la ciudad sobre camellos, y luego muertos en la hoguera.

Un soldado, Besas, que les protegió de los insultos del pueblo, fue decapitado. Macario, un libio, fue quemado vivo. Epímaco y Alejandro, tras larga prisión y muchas torturas, fueron también quemados, con cuatro mujeres. La virgen Ammomarion también fue muy torturada. La anciana Mercuria y Dionisia, madre de muchos niños, murieron por la espada. Herón, Ater e Isidoro, egipcios, tras muchas torturas fueron entregados a las llamas. Un muchacho de quince años, Dióscoro, que se mantuvo firme ante la tortura, fue absuelto por el juez por lástima. Nemesio fue torturado y azotado, y luego quemado entre dos ladrones. Un cierto número de soldados y con ellos un anciano llamado Ingenuo, hizo gestos de indignación a uno que estaba siendo juzgado y a punto de apostatar. Cuando se les llamó al orden gritaron que eran cristianos con tanta audacia que el gobernador y sus asesores se desconcertaron; sufrieron un glorioso martirio. Muchos fueron martirizados en las ciudades y aldeas. A un administrador llamado Isquirión  le atravesó el estómago su amo con una gran estaca porque rehusó sacrificar. Muchos huyeron, vagaron por los desiertos y montañas, y se vieron amenazados por el hambre, la sed, el frío, la enfermedad, los ladrones o los animales salvajes. Un obispo llamado Queremón huyó con su sumbios (¿esposa?) a las montañas de Arabia y nunca más se supo de él. Muchos fueron hechos esclavos por los sarracenos y algunos de estos fueron más tarde rescatados por grandes sumas.

Algunos de los apóstatas habían sido readmitidos a la sociedad cristiana por medio de los mártires. Dionisio insistió a Fabio, obispo de Antioquía, que se inclinaba a unirse a Novaciano, que era justo respetar este juicio emitido por los bienaventurados mártires “sentados ahora con Cristo, y copartícipes en su Reino y asesores en su juicio”. Añade la historia de un anciano, Serapión, que después de una vida larga y sin tacha había sacrificado y no podía conseguir la absolución de nadie. En su lecho de muerte envió a su nieto a buscar a un sacerdote. El sacerdote estaba enfermo, pero dio al niño una partícula de la Eucaristía, diciéndole que la humedeciera y la colocara en la boca del anciano. Serapión la recibió con alegría, e inmediatamente expiró.

Sabino, el prefecto, envió un frumentarius (detective) a buscar a Dionisio en seguida que se publicó el decreto; buscó por todas partes salvo en la propia casa de Dionisio, donde el santo se quedó tranquilamente. Al cuarto día tuvo la inspiración de partir, y la abandonó por la noche, con sus domésticos y algunos hermanos. Pero parece que fue hecho pronto prisionero, pues los soldados escoltaron a toda la expedición a Taposiris en el Mareotis. Un tal Timoteo, que no había sido capturado con los demás, informó a un campesino que pasaba, el cual llevó la noticia a una fiesta de bodas a la que iba a asistir. Inmediatamente todos se levantaron y corrieron a liberar al obispo. Los soldados emprendieron la huida, dejando a sus prisioneros en sus literas sin cojines. Dionisio, creyendo que sus rescatadores eran ladrones, les entregó sus ropas, quedándose sólo su túnica. Ellos le urgieron a levantarse y huir. Les rogó que lo dejaran, declarando que también perderían su cabeza en seguida, como harían los soldados en breve. Se tendió en el suelo de espaldas; pero ellos le tomaron por las manos y los pies y lo arrastraron llevándoselo de la pequeña ciudad, montándolo en un asno sin silla de montar. Con dos compañeros, Gayo y Pedro, permaneció en un lugar desierto de Libia hasta que cesó la persecución en 251. Todo el mundo cristiano cayó entonces en confusión por la noticia de que Novaciano reclamaba el obispado de Roma en oposición al Papa Cornelio. Dionisio enseguida tomó partido por este último, y fue en gran medida por su influencia que todo Oriente, después de muchos disturbios, se recondujo a la unidad y armonía. Novaciano le escribió para que le apoyara. Su corta respuesta se ha conservado íntegra: Novaciano puede fácilmente probar la verdad de su protesta de que fue consagrado contra su voluntad retirándose voluntariamente; debía haber sufrido el martirio antes que dividir a la Iglesia de Dios; en realidad habría sido particularmente un glorioso martirio en beneficio de toda la Iglesia (tanta importancia otorgaba Dionisio a un cisma en Roma); incluso si podía ahora persuadir a su partido a hacer la paz, el pasado sería olvidado; si no, que salvara su propia alma. San Dionisio también escribió muchas cartas sobre esta cuestión a Roma y al Oriente; algunas de estas eran tratados sobre la penitencia. Mantenía una opinión en cierto modo más suave que Cipriano, pues daba gran peso a las “indulgencias” concedidas por los mártires, y no rechazaba el perdón para nadie a la hora de la muerte.

Después de la persecución, la peste. Dionisio la describe más gráficamente de lo que lo hace San Cipriano, y nos recuerda a Tucídides y Defoe. Los paganos rechazaron a sus enfermos, huyeron de sus propios parientes, lanzaron cuerpos medio muertos a las calles; aun así sufrieron más que los cristianos, cuyos heroicos actos de misericordia se relatan por su obispo. Muchos sacerdotes, diáconos y personas de mérito murieron por socorrer a otros, y esta muerte, escribe Dionisio, no fue en manera alguna inferior al martirio. La controversia bautismal se extendió desde África por todo el Oriente. Dionisio estaba lejos de enseñar, como Cipriano, que el bautismo por un hereje ensucia más que limpia; pero estaba impresionado por la opinión de muchos obispos y algunos concilios de que la repetición de tal bautismo era necesaria, y parece que suplicó al Papa Esteban que no rompiera la comunión con las Iglesias de Asia  por esta causa. También escribió sobre la materia a Dionisio de Roma, que aún no era Papa, y a un romano llamado Filemón, los cuales le habían escrito a él. Conocemos siete cartas suyas sobre el asunto, dos dirigidas al Papa Sixto II. En una de estas pide consejo sobre el caso de un hombre que mucho tiempo antes había recibido el bautismo de herejes, y ahora declaraba que se había realizado incorrectamente. Dionisio había rechazado renovar el sacramento después que el hombre hubiera recibido durante tantos años la Sagrada Eucaristía; pide la opinión del Papa. En este caso está claro que la dificultad residía en la naturaleza de las ceremonias utilizadas, no en el mero hecho de haber sido llevado a cabo por herejes. Deducimos que el propio Dionisio siguió la costumbre romana, bien por tradición de su Iglesia, o bien por obediencia al decreto de Esteban. En 253 murió Orígenes; faltaba de Alejandría muchos años. Pero Dionisio no había olvidado a su viejo maestro, y escribió una carta en alabanza suya a Teocteno de Cesarea.

Un obispo egipcio, Nepos, enseñaba el error milenarista de que habría un reino de Cristo en la tierra durante mil años, un periodo de deleites corporales; fundamentaba esta doctrina sobre el Apocalipsis en un libro titulado “Refutación de los alegóricos”. Fue sólo tras la muerte de Nepos cuando Dionisio se vio obligado a escribir dos libros  “Sobre las promesas” para contrarrestar este error. Trata a Nepos con gran respeto, pero rechaza su doctrina, como en realidad la Iglesia ha hecho desde entonces, aunque fue enseñada por Papías, Justino, Ireneo, Victorino de Pettau y otros. La diócesis de Alejandría era aún muy extensa (aunque se dice que Heraclas había fundado nuevos obispados), y formaba parte de ella el distrito de Arsinoe. Aquí el error era muy predominante, y San Dionisio fue en persona a las aldeas, reunió a sacerdotes y maestros, y durante tres días les instruyó, refutando los argumentos que sacaban del libro de Nepos. Estaba muy edificado por el espíritu dócil y el amor a la verdad que encontraba. Al final Korakion, que había introducido el libro y la doctrina, se declaró convencido. El principal interés del incidente no está en el retrato que nos da de la vida de la Iglesia antigua y de la sabiduría y gentileza del obispo, sino en la notable disquisición, que añade Dionisio, sobre la autenticidad del Apocalipsis. Es una pieza muy impresionante de “crítica superior”, y por su claridad y moderación, agudeza y penetración, es difícil que sea superada. Algunos de los hermanos, nos dice, en su celo contra el error milenarista, repudiaban el Apocalipsis en conjunto, y lo tomaban capítulo por capítulo para ridiculizarlo, atribuyendo su autoría a Cerinto (como sabemos que hizo el romano Gayo unos años antes). Dionisio lo trata con reverencia, y declara que está lleno de ocultos misterios, y sin duda realmente escrito por un hombre llamado Juan (en un pasaje ahora perdido, demostró que el libro debe entenderse alegóricamente). Pero encontraba difícil creer que el autor fuera el hijo del Zebedeo, el autor del Evangelio y de la Epístola católica, por el gran contraste de carácter, estilo y “lo que se llama elaboración”. Muestra que el autor se llama a sí mismo Juan, mientras que el otro sólo se refiere a sí mismo mediante algunas paráfrasis. Añade la famosa observación, que “se dice que hay dos tumbas en Éfeso, que son llamadas ambas de Juan”. Demuestra la estrecha semejanza entre el Evangelio y la Epístola, y señala lo completamente diferente del vocabulario del Apocalipsis; este último está lleno de solecismos y barbarismos, mientras que los primeros están en buen griego. Esta aguda crítica fue desafortunada, en cuanto que fue en gran medida la causa del frecuente rechazo del Apocalipsis en las Iglesias de habla griega, incluso tan tardíamente como en la Edad Media. Los argumentos de Dionisio parecieron incontestables a los críticos liberales del Siglo XIX. Posteriormente, el movimiento del péndulo ha traído a muchos, guiados por Bousset, Harnack y otros, a dejarse impresionar más por los innegables puntos de contacto entre el Evangelio y el Apocalipsis, que por las diferencias de estilo (que pueden explicarse por un diferente escriba o traductor, puesto que el autor de ambos libros era ciertamente judío), así que incluso Loisy admite que la opinión de los numerosos e ilustrados eruditos conservadores “ya no parece imposible”. Pero debe señalarse que los críticos modernos no han añadido nada a las juiciosas observaciones del patriarca del Siglo III.

El emperador Valeriano, cuyo acceso al trono tuvo lugar en 253, no realizó persecuciones hasta 257. Ese año San Cipriano fue desterrado a Curubis y San Dionisio a Kefro en el Mareotis, después de ser juzgado junto con un sacerdote y dos diáconos por Emiliano, prefecto de Egipto. Él mismo nos cuenta las firmes respuestas que dio al prefecto, escribiendo para defenderse de un tal Germano, que le había acusado de huida vergonzosa. Cipriano padeció martirio en 258, pero Dionisio fue perdonado, y volvió a Alejandría enseguida cuando se decretó la tolerancia por Galieno en 260. Pero no para la paz, pues en 261-62 la ciudad estaba en un estado de tumulto poco menos peligroso que una persecución. La gran vía pública que atravesaba la ciudad estaba intransitable. El obispo tenía que comunicarse con su grey por carta, como si estuvieran en países diferentes. Era más fácil, escribe, pasar de Oriente a Occidente que de Alejandría a Alejandría. Se desencadenaron de nuevo el hambre y la peste. Los habitantes de la que aún era la segunda ciudad del mundo habían disminuido tanto que los varones entre catorce y ochenta años eran ahora apenas tan numerosos como habían sido los de entre cuarenta y setenta no muchos años antes. En los últimos años de Dionisio se suscitó una controversia que el semi-arriano Eusebio ha tenido cuidado de no mencionar. Todo cuanto sabemos procede de San Atanasio. Algunos obispos de la Pentápolis de la Libia Superior cayeron en el Sabelianismo y negaban la distinción entre las Tres Personas de la Santísima Trinidad. Dionisio escribió unas cuatro cartas para condenar su error, y envió copias al Papa Sixto II (257-58). Pero él mismo cayó, hasta donde llegan las palabras, en el error opuesto, pues dijo que el Hijo es un poiema (algo hecho) y distinto en sustancia, xénos kat’oúsian, del Padre, incluso como lo es el labrador de la vid, o un constructor de barcos del barco. Los arrianos del Siglo IV se valieron de estas palabras como de simple arrianismo. Pero Atanasio defendió a Dionisio contando la continuación de la historia. Ciertos hermanos de Alejandría, ofendidos por las palabras de su obispo, se dirigieron a Roma al Papa San Dionisio (259-68), que escribió una carta, en la que declaraba que enseñar que el Hijo fue hecho o era una criatura era una impiedad igual, aunque contraria, a la de Sabelio. También escribió a su homónimo de Alejandría informándole de la acusación presentada contra él. Este último inmediatamente redactó libros titulados “Refutación” y “Apología”; en estos explícitamente declaraba que nunca hubo un tiempo en que Dios no fuera Padre, que Cristo siempre fue, al ser Palabra y Sabiduría y Poder, y coeterno, incluso como el brillo no es posterior a la luz de la que procede. Enseña la “Trinidad en Unidad y la Unidad en Trinidad”; da claramente a entender la igualdad y procesión eterna del Espíritu Santo. En estos últimos puntos es más explícito que el propio San Atanasio lo es en otros lugares, mientras que en el uso de la palabra consustancial, omoousios,  se anticipa a  Nicea, pues se queja amargamente de la calumnia de que había rechazado la expresión. Pero no obstante que él mismo y su abogado Atanasio intenten explicar sus primeras expresiones, está claro que había sido incorrecto en pensamiento tanto como en palabras, y que al principio no comprendió la verdadera doctrina con la claridad necesaria. La carta del Papa era evidentemente explícita y debe haber sido la causa de la visión más clara del alejandrino. El Papa, como señala Atanasio, dictó una condena formal del Arrianismo mucho antes de que surgiera la herejía. Cuando consideremos la vaguedad e incorrección en el Siglo IV de incluso los defensores de la ortodoxia en Oriente, la decisión de la Sede Apostólica nos parecerá un maravilloso testimonio de la doctrina de los Padres y de la fe infalible de Roma.

Hallamos a Dionisio publicando anualmente, como los posteriores obispos de Alejandría, cartas festivas que anuncian la fecha de la Pascua y tratan de diversos asuntos. Cuando la herejía de Paulo de Samosata, obispo de Antioquía, comenzó a turbar el Oriente, Dionisio escribió a la Iglesia de Antioquía sobre el asunto, pues se vio obligado a declinar la invitación a asistir a un sínodo allí, por causa de su edad y enfermedades. Murió poco después. San Dionisio está en el Martirologio Romano el 17 de Noviembre, pero también se le incluye, con sus compañeros de huida durante la persecución de Decio, en la errónea reseña del 3 de Octubre: Dionisio, Fausto, Gayo, Pedro y Pablo, mártires. El mismo error se encuentra en las menologías griegas.

Lo principal que se conserva de Dionisio son las citas en EUSEBIO, H. E., VI-VII, algunos fragmentos de los libros Sobre la Naturaleza en IDEM, Præp. Evang., xiv, y las citas en ATANASIO, De Sententiâ Dionysii, etc. Una colección de estos y otros fragmentos está en GALLANDI, Bibl. Vett. Patrum, III XIV, reimpresa en P.G., X. La mejor edición es la de SIMON DE MAGISTRIS, S. Dion. Al. Opp. omnia (Roma, 1796); también ROUTH, Reliquiæ Sacræ III-IV. Fragmentos siríacos y armenios en PITRA, Analecta Sacra, IV. Una lista completa de todos los fragmentos está en HARNACK, Gesch. der altchr. Litt., I, 409-27, pero su relación de los pasajes de la Cadena de Lucas (probablemente de una carta a Orígenes, Sobre el Martirio) precisa ser completado por SICKENBERGER, Die Lucaskatene des Niketas von Heracleia (Leipzig, 1902). Para la vida de Dionisio ver TILLEMONT, IV; Acta SS., 3 Oct.; DITTRICH, Dionysius der Grosse, eine Monographie (Friburgo de Br., 1867); MORIZE, Denys d’Alexandrie (París, 1881). DOM MORIN intentó infructuosamente identificar los Cánones de Hipólito con DIONYSIUS” ’Epistóle diokonikè dià ‘Ippolútou (EUSEB., H. E., VI, 45-6) en Revue Bénédictine (1900), XVII, 241. También MERCATI, Note di letteratura bibl. et crist. ant.: Due supposte lettere di Dionigi Aless. (Roma, 1901). Para la cronología ver HANACK, Chronol., I, 202, II, 57. Una relación muy buena, con bibliografía completa, está en BARDENHEWER, Gesch. der altkirchl. Litt., II. Sobre la cuestión milenarista ver GRY, Le Millénarisme (Paris, 1904), 101.

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São Cirilo de Alexandria

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Doctor de la Iglesia. San Cirilo es conmemorado en la Iglesia Occidental el 28 de Enero.

Parece haber sido de una familia de Alejandría y era hijo del hermano de Teófilo, Patriarca de Alejandría; si él es el Cirilo a quien se refiere Isidoro de Pelusium en Ep. xxv del Lib. I, fue monje por un tiempo. Acompañó a Teófilo a Constantinopla cuando ese obispo convocó el “Sínodo del Roble ” en el año 402 y depuso a San Juan Crisóstomo. Teófilo falleció el día 15 de Octubre de 412, y el 18, Cirilo fue consagrado como su sucesor, pero sólo después de un enfrentamiento entre quienes lo apoyaban y aquellos que estaban a favor de su rival Timoteo.

Sócrates se queja amargamente que uno de sus primeros actos fue saquear y cerrar las iglesias de los novacianos. También expulsó de Alejandría a los judíos, quienes habían formado allí una comunidad floreciente desde los tiempos de Alejandro Magno. Pero ellos habían provocado tumultos y masacrado a los cristianos y, para defenderlos, Cirilo, personalmente, reunió una muchedumbre. Esto pudiera haber sido la única defensa posible, ya que Orestes, Prefecto de Egipto, quien estaba sumamente enojado por la expulsión de los judíos, también estaba receloso del poder de Cirilo, que ciertamente rivalizaba con el suyo. Desde Nitria, llegaron quinientos monjes para defender al patriarca. En un enfrentamiento que se produjo, Orestes resultó herido en la cabeza por una piedra lanzada por un monje llamado Ammonius. El prefecto ordenó que Ammonius fuera torturado hasta morir y el joven y fiero patriarca honró por un tiempo sus restos, como si fueran los de un mártir.

Los Alejandrinos siempre fueron levantiscos, tal como lo comentan Sócrates (VII, vii) y el mismo San Cirilo (Hom. Paschal, 419). En uno de tales tumultos, en el año 422, fue muerto el prefecto Calisto, y en otro ocurrió el asesinato de la filósofa Hypatia, a quien se respetaba muchísimo por sus enseñanzas del neo-Platonismo, y contaba con una edad muy avanzada y (se dice) muchas virtudes. Ella era amiga de Orestes, y muchos creían que se oponía a la reconciliación entre el prefecto y el patriarca. Una turba encabezada por un lector llamado Pedro, la arrastró hasta una iglesia y arrancó su carne a pedazos hasta que murió.

Sócrates dice que esto ocasionó una gran desgracia sobre la Iglesia de Alejandría y su Obispo; pero un lector, en Alejandría, no era un miembro del clero (Scr., V, xxii), y Sócrates no sugiere que Cirilo tuviera la culpa. Damascius, de hecho, sí lo acusa, pero él es una autoridad posterior y un enemigo declarado de los cristianos.

Teófilo, el perseguidor de Crisóstomo, no tuvo el privilegio de la comunión con Roma desde la muerte de ese santo, en el año 406, hasta que él mismo falleciera. Durante varios años, Cirilo también se negó a colocar el nombre de San Crisóstomo en los dípticos de su iglesia, a pesar de los pedidos de Atticus. Parece que posteriormente cedió a la influencia de su padre espiritual, Isisdore de Pelusium (Isid., Ep. I, 370). Sin embargo, incluso después del Concilio de Éfeso, ese santo todavía halló algo para reprocharle sobre este asunto (Ep. I, 310). Por lo menos parece que Cirilo hacía tiempo contaba con la confianza de Roma.

Era el invierno de los años 427-28 cuando Nestorio se convirtió en Patriarca de Constantinopla. Sus enseñanzas heréticas pronto fueron de conocimiento de Cirilo. Contra él, Cirilo enseñó el uso del término Theotokos en su carta Paschal del año 429 y en una carta a los monjes de Egipto. Luego hubo un intercambio de correspondencia con Nestorio, en un tono más moderado del que pudiera haberse esperado. Nestorio envió sus sermones al Papa Celestino, sin obtener respuesta, ya que el pontífice escribió a San Cirilo, solicitándole mayor información. Roma estaba a favor de San Juan Crisóstomo, contra Teófilo, aunque la ortodoxia de éste no había sido censurada, ni se había aprobado los poderes patriarcales ejercidos por los obispos de Constantinopla. Para San Celestino, Cirilo no sólo era el primer prelado del Oriente, sino también el heredero de las tradiciones de Atanasio y Pedro. La confianza del Papa no fue defraudada. Cirilo había aprendido la prudencia. Pedro había intentado, sin éxito, nombrar un Obispo de Constantinopla; Teófilo había depuesto a otro. Cirilo, aunque en este caso Alejandría estaba en su derecho, no actúa en su propio nombre, sino que denuncia a Nestorio ante San Celestino, ya que las antiguas costumbres, dice, lo convencieron de presentar el asunto ante el Papa. Él plantea todo lo que había ocurrido y ruega a Celestino decretar lo que considerara adecuado (typosai to dokoun- una frase que el Dr. Bright elige para suavizar al “formular su opinión”), y también comunicarla a los Obispos de Macedonia y del Oriente (es decir, el Patriarcado Antioqueño).

La respuesta papal fue de una severidad sorprendente. Él ya había encargado a Cassian que escribiera su muy conocido tratado sobre la Encarnación. En esta ocasión llamó a un concilio (tales concilios romanos eran aproximadamente equivalentes a las actuales congregaciones romanas), y envió una carta a Alejandría, con copias a Constantinopla, Philippi, Jerusalén, y Antioquía. Cirilo debería asumir la autoridad de la Sede Romana y reprender a Nestorio diciéndole que a menos que se retractara dentro de los diez días de recibido este ultimátum, él sería separado de “nuestro cuerpo” (los papas de ese entonces tenían la costumbre de referirse a otras iglesias como “miembros”, de los cuales ellos eran la cabeza; el cuerpo es, por supuesto, la Iglesia Católica).  Semejante sentencia de excomunión y deposición no debe confundirse con el simple retiro de la comunión por parte de los papas al mismo Cirilo en una etapa anterior, a Teófilo, o, en Antioquía, a Flavian o Meletius. Este era el decreto que Cirilo había solicitado. Dado que Cirilo ya había escrito dos veces a Nestorio, su exhorto en nombre del Papa debe considerarse como una tercera advertencia, después de la cual no se otorgaría gracia alguna.

San Cirilo convocó a un concilio de los obispos a su cargo, y redactó una carta conteniendo doce proposiciones que Nestorio tendría que considerar anatemas. La epístola no tenía carácter conciliador, y Nestorio quizás quedó muy sorprendido. Las doce proposiciones no provenían de Roma, y tampoco estaban igualmente claras; una o dos de ellas, posteriormente, estuvieron entre las autoridades invocadas por los herejes Monofisitas en su propio beneficio. Cirilo encabezaba la escuela teológica rival de la de Antioquía, donde Nestorio había estudiado, y era el rival hereditario del futuro patriarca de Constantinopla. Cirilo también le escribió a Juan, Patriarca de Antioquía, informándole sobre los hechos e insinuándole que si Juan apoyaba a su viejo amigo Nestorio, se vería aislado contra Roma, Macedonia y Egipto. Juan entendió el mensaje y le pidió a Nestorio que cediera. Mientras tanto, in la misma Constantinopla, mucha gente decidió alejarse de Nestorio, y el emperador Teodosio II había sido convencido para que convocara a un concilio general que tendría lugar en Éfeso. Las cartas imperiales se despacharon el 19 de Noviembre, en tanto que los obispos enviados por Cirilo llegaron a Constantinopla recién el 7 de Diciembre. Nestorio, quizás como se esperaba de él, se negó a aceptar el mensaje de su rival, y el 13 y 14 de Diciembre predicó en público contra Cirilo, llamándolo calumniador, y acusándolo de haber empleado sobornos (lo cual posiblemente era cierto, ya que era una práctica habitual); pero se declaró dispuesto a utilizar la palabra Theotokos. Él envió estos sermones a Juan de Antioquía, quien los prefirió a los anatemas de Cirilo. Nestorio, sin embargo, emitió doce proposiciones con anatemas adjuntos. Si las proposiciones de Cirilo pudieran considerarse como que negaban las dos naturalezas en Cristo, las de Nestorio apenas ocultaban su creencia en dos personas distintas. Teodoreto presionó aún más a Juan, y escribió un tratado contra Cirilo, al que este último respondió con cierta calidez. Él también escribió una “Respuesta”, en cinco libros, a los sermones de Nestorio.

Ya que todavía faltaba inventarse la idea propia del siglo quince, de un concilio ecuménico superior al Papa, y sólo había un antecedente de semejante asamblea, no nos sorprende que San Celestino recibiera con entusiasmo la iniciativa del emperador. Nestorio encontró las iglesias de Éfeso cerradas para él, cuando llegó con el comisionado imperial, el Conde Candidian, y su propio amigo, el Conde Irenaeus. Cirilo llegó con cincuenta de sus obispos. Palestina, Creta, Asia Menor, y Grecia agregaron lo suyo. Pero Juan de Antioquía y sus obispos demoraban en llegar. Cirilo puede haber pensado, correcta o incorrectamente, que Juan no deseaba estar presente en el juicio de su amigo Nestorio, o que deseaba ganar tiempo para él, así que dio inicio al concilio, sin Juan, el 22 de Junio, a pesar de la solicitud de sesentaiocho obispos para postergarlo. Este fue un error inicial, con resultados desastrosos.

Los emisarios de Roma no habían llegado, por lo que Cirilo no tenía respuesta a la carta que le había escrito a Celestino preguntándole “si el santo sínodo debía recibir a un hombre que estaba en contra de lo establecido por el sínodo, o si, because the time of delay had elapsed, la sentencia todavía seguía vigente”. Cirilo podría haber asumido que el Papa, al estar de acuerdo en enviar sus emisarios al concilio, tenía la intención de que Nestorio tuviera un juicio completo, pero era más conveniente suponer que el ultimátum de Roma no había sido suspendido y que el concilio debía regirse por el mismo. Por lo tanto, asumió el rol de presidente, no sólo como el de mayor rango, sino también ocupando el lugar de Celestino, aunque él no puede haber recibido ningún nuevo encargo del Papa. Se mandó llamar a Nestorio, para que explicara su negativa a la anterior advertencia de Cirilo en nombre del Papa. Él se negó a recibir a los cuatro obispos enviados por el concilio. En consecuencia, nada quedaba por hacer, excepto el procedimiento formal. Por los cánones, el concilio tenía que deponer a Nestorio por su contumacia, ya que él no se haría presente y, por la carta de Celestino, tenía que condenarlo por herejía, ya que no se había retractado. Se leyó la correspondencia entre Roma, Alejandría, y Constantinopla, y algunos testimonios que demostraban los errores de Nestorio. La segunda carta de Cirilo a Nestorio fue aprobada por todos los obispos. Se condenó la respuesta de Nestorio. No hubo intercambio de ideas. La carta de Cirilo y los diez anatemas no tuvieron comentario alguno. Todo se concluyó en una sola sesión. El concilio declaró que “se veía obligado” por los cánones y la carta de Celestino, a deponer y excomulgar a Nestorio. Los emisarios papales, que se habían retrasado por el mal tiempo, llegaron el 10 de Julio y confirmaron solemnemente la sentencia, por la autoridad de San Pedro. La negativa de Nestorio a comparecer había dejado sin efecto el permiso que ellos traían del Papa para otorgarle el perdón, si se arrepentía. Mientras tanto, Juan de Antioquía y su cortejo habían llegado el 26 y 27 de Junio. Constituyeron un concilio rival con cuarentaitrés obispos y depusieron a Memnon, Obispo de Éfeso, y a San Cirilo, acusando a este último de apolinarismo e incluso de eunomianismo. Los dos grupos apelaron ante el Emperador, quien tomó la sorprendente decisión de enviar a un conde para considerar a Nestorio, Cirilo, y Memnon como legalmente depuestos. Se les mantuvo en estrecha vigilancia; pero eventualmente el emperador se inclinó por el punto de vista ortodoxo, aunque disolvió el concilio; a Cirilo se le permitió regresar a su diócesis, y Nestorio fue al retiro en Antioquía. Tiempo después fue deportado al Gran Oasis en Egipto.

Mientras tanto, había fallecido el Papa Celestino. Su sucesor, San Sixto III, confirmó el concilio e intentó que Juan de Antioquía anatematizara a Nestorio. Durante un tiempo, el opositor más fuerte a Cirilo fue Teodoreto, pero eventualmente él aprobó una carta de Cirilo para Acacio of Berhoea. Juan envió a Pablo, Obispo of Emesa, como su plenipotenciario a Alejandría, y se reconcilió con Cirilo. Aunque Teodoreto todavía se negaba a denunciar la defensa de Nestorio, Juan sí lo hizo, y Cirilo expresó su alegría en una carta a Juan. Isidore of Pelusium ahora temía que el impulsivo Cirilo hubiera cedido demasiado (Ep. i, 334). El gran patriarca preparó muchos más tratados, cartas dogmáticas y sermones. Él falleció el 9 o el 27 de Junio del año 444, luego de un obispado de casi treinta y dos años.

 

 

San Cirilo como teólogo

Principalmente, la fama de San Cirilo reposa en su defensa de la doctrina Católica contra Nestorio. Indudablemente que ese hereje estaba envuelto por la confusión y la incertidumbre. Él quería, en contra de Apolinario, enseñar que Cristo era un hombre perfecto, y tomó la negación de una personalidad humana en el Padre Nuestro para sugerir una incompletud en su naturaleza Humana. Por lo tanto, para Nestorio, la unión de las naturalezas humana y Divina era algo innombrable, pero no una unión en una hipóstasis. San Cirilo enseñaba la unión personal, o hipostática, en los términos más sencillos; y cuando sus escritos se revisan como un todo, se hace evidente que él siempre sostenía el punto de vista verdadero: que Cristo tiene dos naturalezas perfectas y distintas, Divina y humana. Pero él no admitiría dos physeis en Cristo, porque consideraba que physis implicaba no simplemente una naturaleza, sino una naturaleza subsistente (es decir, personal). Sus oponentes lo tergiversaron diciendo que él enseñaba que la persona Divina sufría, en Su naturaleza humana; y era frecuentemente acusado de Apolinarismo. De otro lado, a su muerte, se fundó el Monofisismo en base a una interpretación errada de su enseñanza. Particularmente desafortunada fue la fórmula “una naturaleza encarnada de Dios el Verbo” (mia physis tou Theou Logou sesarkomene), que él tomó de un tratado sobre la Encarnación que él consideraba ser de su gran predecesor San Atanasio. Con esta expresión, él simplemente intentaba enfatizar contra Nestorio, la unidad de la Persona de Cristo; pero las palabras, de hecho, expresaban igualmente la Naturaleza única que enseñaba Eutiques y su propio sucesor Diáscuro. Él presenta de manera admirable la necesidad de la doctrina completa de la característica humana para Dios, a fin de explicar el esquema de la redención del hombre. Argumenta que la carne de Cristo es verdaderamente la carne de Dios, en que da vida en la Santa Eucaristía. Reconocemos al discípulo de Atanasio en la riqueza y profundidad de su tratamiento filosófico y devoto de la Encarnación. Pero la precisión de su lenguaje, y tal vez también la de su pensamiento, queda muy atrás de la que desarrolló San León unos cuantos años luego de la muerte de Cirilo.

Cirilo era un hombre de gran valor y fuerte carácter. A menudo podemos imaginar que su natural vehemencia estaba reprimida y disciplinada, y que escuchaba con humildad las severas advertencias de su maestro y consejero, San Isidoro. Como teólogo, él es uno de los grandes escritores y pensadores de los primeros tiempos. Sin embargo, los problemas que se produjeron en el Concilio de Éfeso se debieron a sus acciones impulsivas; más paciencia y diplomacia podrían incluso haber evitado la rebelión de la secta nestoriana. A pesar de su personalmente firme conocimiento de la verdad, todo su patriarcado se deshizo, unos cuantos años después de su época, en una herejía basada en sus escritos y nunca pudo ser recuperada por la Fe Católica. Sin embargo, él siempre ha sido muy venerado en la Iglesia. Sus cartas, particularmente la segunda carta a Nestorio, no sólo fueron aprobadas por el Concilio de Éfeso, sino por muchos concilios posteriores, y con frecuencia han sido mencionadas como pruebas de ortodoxia. En el Oriente, él siempre fue honrado como uno de los más grandes Doctores. Su Misa y Oficio como Doctor de la Iglesia fueron aprobados por León XIII en 1883.

 

 

Sus escritos

Las obras exegéticas de San Cirilo son bastante numerosas. Los diecisiete libros “Sobre la Adoración en el Espíritu y en la Verdad ” son una exposición de la naturaleza típica y espiritual del Derecho Antiguo. Los Glaphyra o Comentarios “brillantes”, sobre el Pentateuco son de la misma naturaleza. Largas explicaciones sobre Isaías y los Profetas menores ofrecen una interpretación mística en el estilo Alejandrino. Sólo quedan fragmentos de otras obras sobre el Viejo Testamento, y de exposiciones sobre Mateo, Lucas y algunas de la Epístolas, aunque gran parte de las de San Lucas se conservan en la versión siríaca. De los sermones y cartas de San Cirilo, los más interesantes son los que se refieren a la controversia Nestoriana. De la gran obra apologética en los veinte libros contra Julián el Apóstata, quedan diez libros. Entre sus tratados teológicos tenemos dos obras principales y una menor sobre la Santísima Trinidad, así como diversos tratados y extensiones relacionados con la controversia Nestoriana.

La primera edición en forma de colección de las obras de San Cirilo fue hecha por J. Aubert, 7 vols., París, 1638; varias ediciones previas de algunas partes sólo en latín son mencionadas por Fabricius. El Cardenal Mai añadió más material en el segundo y tercer volúmenes de su “Bibliotheca nova Patrum”, II-III, 1852; esto se incorporó, junto con mucho material de the Catenae publicado por Ghislerius (1633), Corderius, Possinus, and Cranor (1838), en la reimpresión que hizo Migne de la edición de Aubert (P.G. LXVIII-LXVII, Paris, 1864). Mejores ediciones de obras separadas incluyen P. E. Pusey, “Ciriloli Alex. Epistolae tres oecumenicae, libri V c. Nestorium, XII capitum explanatio, XII capitum defensio utraquem schohia de Incarnatione Unigeniti” (Oxford, 1875); “De recta fide ad principissasm de recta fide ad Augustas, quad unus Cristous dialogusm apologeticus ad Imp.” (Oxford, 1877); “Ciriloli Alex. in XII Prophetas” (Oxford, 1868, 2 vols.); “In divi Joannis Evangelium” (Oxford, 1872, 3 vols., incluyendo los fragmentos sobre las Epístolas). “Three Epistles, with revised text and English translation” (Oxford, 1872); traducciones en la “Biblioteca de los Padres” de Oxford; “Comentario sobre San Juan”, I (1874), II (1885); Cinco Tomos contra Nestorio” (1881); R. Payne Smith, “S. Ciriloli Alex. Comm. in Lucae evang. quae supersant Syriace c MSS. apud Mus. Brit.” (Oxford, 1858); the same translated into English (Oxford, 1859, 2 vols.); W. Wright, “Fragments of the Homilies of Cirilo of Alex. on St. Luke, edited from a Nitrian MS.” (London, 1874); J. H. Bernard, “On Some Fragments of an Uncial MS. of St. Cirilo of Alex. Written on Papyrus” (Trans. of R. Irish Acad., XXIX, 18, Dublin, 1892); “Ciriloli Alex. librorum c. Julianum fragmenta syriaca:, ed. E. Nestle etc. in “Scriptorum grecorum, qui Cristoianam impugnaverunt religionem”, fasc. III (Leipzig, 1880). Fragments of the “Liber Thesaurorum” in Pitra, “Analecta sacra et class.”, I (Paris, 1888).

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Gildas da Bretanha

San Gildas (c. 496 o de 516 – c. de 570) fue un miembro destacado de la iglesia celto-cristiana en Britania cuyo renombrado conocimiento y estilo literario le hicieron ganarse la designación de Gildas Sapiens -“Gildas el Sabio”-. Fue ordenado sacerdote y en sus escritos muestra su preferencia por el ideal monástico. Fragmentos de cartas escritas por él nos revelan que creó una Regla para la vida monástica, que era más austera que la Regla escrita por su contemporáneo San David, y que establecía las oportunas penitencias por su incumplimiento.

Vida

Existen dos textos que nos hablan sobre su vida: el primero fue escrito por un monje de Rhuys en Bretaña, probablemente en siglo IX; el segundo, escrito por Caradoc de Llancarfan, contemporáneo y amigo de Godofredo de Monmouth, creado en la mitad del siglo XII. Caradoc no meciona ninguna relación con Bretaña. Por consiguiente, muchos estudiosos han considerado que los dos Gildas son personajes distintos. Sin embargo, en otros detalles, los dos textos se complementan.

El texto de Rhuys

Este texto, realizado por un escriba anónimo, señala que Gildas era hijo de Caunus -Caw, en inglés- y que nació en el distrito de Arecluta -Alt Clut o Strathclyde-. Fue entregado al cuidado de San Hildutus -Illtud, en inglés-, junto con Samson y Pablo, para ser educado. Más tarde se marcharía a Iren -Irlanda- para continuar sus estudios. Ya como sacerdote, viajaría a Britania Norte a predicar a los no conversos. Santa Brígida, fallecida en 524, le pidió un símbolo y Gildas construyó una campana que le envió. Ainmericus, Rey de toda Irlanda, -Ainmere, en inglés-, pidió a Gildas que restableciera el poder de la iglesia, lo cual él hizo. Fue a Roma y después a Rávena. Se estableció en la isla de Rhuys, donde llevó una vida solitaria. Más tarde, construiría un monasterio allí. También construyó un oratorio en la orilla del río Blavet. Diez años después de su salida de Britania, escribió un libro de género epistolar, en el cual criticaba a cinco de los reyes britanos. Murió el 29 de enero y, su cuerpo, de acuerdo con sus deseos, fue colocado en un bote y dejado a la deriva. Tres meses más tarde, el 11 de mayo, habitantes de Rhuys encontraron su bote en un arroyo con su cuerpo aún intacto. Lo llevaron a Rhuys y lo enterraron allí.

El texto de Llancarfan

Influido por Godofredo de Monmouth y su estilo normando, Caradoc de Llancarfan hace una descripción de la vida de Gildas un tanto distinta. Según él, Gildas fue educado en la Galia, se retiró a una vida de ermitaño cerca de Glastonbury, siendo enterrado en la abadía de esta localidad. Algunos expertos que han estudiado el texto, sospechan que esto último puede ser un fragmento para dar publicidad a Glastonbury.

Caradoc nos cuenta una historia de cómo Gildas interviene entre el Rey Arturo y un tal Rey Melwas del “País del Verano”, quien había raptado a Ginebra llevándola a un baluarte en Glastonbury. Pronto llegaría Arturo para asediarle. Gildas logra convencer a Melwas para que libere a Ginebra y los dos reyes firman la paz. Caradoc también relata cómo el hermano de Gildas, Huail ap Caw, se subleva contra Arturo, no reconociéndole como su señor. Arturo persigue a Huail y lo asesina. En ese momento, Gildas estaba predicando en Armagh y sufrió mucho por la noticia.

Otras tradiciones

En Gales Norte, existe una fuerte tradición que coloca la decapitación de Huail, el hermano de Gildas, en Ruthin, al norte de Gales, donde se cree que está la verdadera piedra de la ejecución, en la plaza del pueblo. Otro hermano de Gildas, Celyn ap Caw, tenía su base en Garth Celyn en la costa norte de Gwynedd.

A Gildas se le atribuye un himno llamado “Lorica”, una oración para liberarse del demonio, la cual tiene interesantes muestras de Hiberno-Latín. Se le atribuye además el proverbio “Mab y Gaw” que se encuentra en el “Libro Rojo de Talgarth” -manuscrito 27 Llanstephan-.

En otra fuente histórica, Bonedd y Saint, se indica que Gildas tuvo tres hijos y una hija. Gwynnog ap Gildas y Noethon ap Gildas son nombrados al principio de esta fuente, junto con su hermana Dolgar. Otro hijo, llamado Tydech, es nombrado más adelante. Iolo Morganwg, poeta, coleccionista, antiquario y falsificador del siglo XIX, y cuyas fuentes son poco fiables, añade a la lista al santo Cenydd.

Por otra parte, el experto en el mundo celta y medievalista británico David Durnville, sugiere que Gildas fue el maestro de Vennianus de Findbarr que, a su vez, lo fue de San Columba de Iona.

De Excidio Britanniae

“De Excidio Britanniae” o “Sobre la Ruina de Britania”, es un sermón que consta de tres partes en el cual Gildas condena los actos de sus contemporáneos, tanto laicos como religiosos. En la primera parte, Gildas narra, de forma breve, la historia de la Britania Romana, desde su conquista hasta los tiempos en los que él vive:

Respecto a su obstinación, sometimiento y rebelión, sobre su segundo sometimiento y su dura servidumbre; respecto a la religión, de acoso, los santos mártires, muchas herejías, de tiranos, de dos razas saqueadoras, respecto a la defensa y la posterior devastación, de una segunda venganza y una tercera devastación, respecto al hambre, de la carta a Agitio -normalmente identificado con el patricio Aecio-, de victoria, de crímenes, de enemigos declarados de repente, una plaga memorable, un consejo, un enemigo más salvaje que el primero, la subversión de las ciudades, respecto a aquellos que sobrevivieron, y respecto a la victoria final de nuestro país garantizada por la voluntad de Dios.

En la segunda parte, que comienza con la aseveración: “Britania tiene reyes que, sin embargo, son tiranos; tiene jueces que, sin embargo, son todos impíos”. Gildas narra la vida y acciones de cinco gobernantes contemporáneos: Constantino de Dumnonia; Aurelio Canino; Vortiporio de Demetae -ahora conocido como Dyfed-; Cuneglasus, al parecer de “La Casa del Oso” -puede ser la “Fortaleza del Oso”, Dinarth, en Llandrillo-yn-Rhôs, cerca de Llandudno, al norte de Gales-; finalmente, Maglocunus o Maelgwn. Sin excepción, los describe como crueles, codiciosos y que viven en pecado.

La tercera parte comienza con las palabras: “Britania tiene predicadores, siendo todos mentirosos; numerosos pastores, siendo unos desvergonzados; clérigos que son todos astutos saqueadores”. Gildas continúa con su “Jeremiad” contra el clero de su época, pero no usa nombres en esta parte y, por lo tanto, no arroja mucha luz sobre la historia de la iglesia cristiana de esta época.

La visión que se presenta en este trabajo sobre una tierra devastada por invasores saqueadores y el desgobierno de funcionarios corruptos, ha sido ampliamente aceptada por los expertos durante siglos, debido a que en ella no sólo cupo la idea aceptada de la invasión, bárbaros que acabaron con la civilización romana dentro de los límites del antiguo imperio, sino porque también explica la difícil cuestión de por qué la antigua Britania fue una de las pocas partes del Imperio Romano que no adquirió una Lengua Romance como hicieron Francia y España. Sin embargo, hay que recordar que la intención de Gildas es la de predicar a sus contemporáneos a la manera de un profeta del Antiguo Testamento, y no la dejar constancia de hechos históricos: si bien Gildas hace una de las primeras descripciones del Muro de Adriano, omite los detalles allí donde no contribuyen a su mensaje. No obstante, “De Excidio Britanniae” se trata de uno de los trabajos más importantes no sólo sobre la Edad Media sino de la Historia de Inglaterra, ya que es uno los pocos trabajos escritos en la antigua provincia romana que ha logrado llegar hasta nuestra época.

En “De Excidio Britanniae”, Gildas menciona que el año de su nacimiento fue el mismo en el que tuvo lugar la Batalla del Monte Badon, cerca del año 500. Los Annales Cambriae indican que su muerte fue en el año 570, mientras que los Anales de Tigernach, dicen que fue en el 569.

Legado en el periodo anglosajón

Tras la conquista de Britania descrita en De Excidio, Gildas fue un importante modelo para escritores anglosajones, escribiesen en Latín o en Inglés. La Historia ecclesiastica gentis Anglorum de Beda, está basada en gran parte en el trabajo de Gildas por sus anotaciones acerca de las invasiones anglosajonas, y desarrolla la tesis de Gildas acerca de la pérdida del favor divino por parte de los britones, para sugerir que dicho favor había pasado a los, por entonces, ya cristianizados anglosajones.

En el periodo posterior a Beda, los escritos de Gildas proveyeron el más importante modelo para el tratamiento que hizo Alcuino de York sobre las invasiones vikingas, y en particular sus cartas sobre el saqueo de Lindisfarne en el 793. La acción de invocar a Gildas como ejemplo histórico, sugiere la idea de una reforma moral y religiosa como remedio a las invasiones. De igual manera, Wulfstan de York se basó en Gildas a la hora de realizar sus sermones.

Fonte

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Literatura Patrística – IV

Otto Maria Carpeaux

Do ponto de vista da historia universal, essa visão não é inteiramente exata. Fora da Italia e das províncias devastadas havia um outro mundo, em condições diferentes: Bizâncio. Por volta de 550, o Império grego, restaurado por Justiniano, fez um esforço surpreendente para reconquistar o mundo. Se esse esforço não se tivesse malogrado — as ruinas melancólicas de Ravena dão testemunho disso— o Ocidente seria, hoje grego e talvez eslavo. Porque falhou, Bizâncio não faz parte do mundo ocidental. A literatura bizantina só tem importância, para nós outros, como fonte de motivos e como contraste.

Em torno de Bizâncio existe um equívoco: a palavra emprega-se como sinônimo de estéreis discussões teológicas, de petrificação. Esse conceito não corresponde aos fatos históricos. A história bizantina é das mais movimentadas. Despendiam-se esforços, quase ininterruptos, para revivificar e continuar as tradições gregas, para opô-las às influências irresistíveis do Oriente e assimilar estas últimas. Durante muitos séculos, Bizâncio é um centro da civilização. O resultado daquelas lutas foi uma história desgraçada e uma literatura que não era apenas rica, mas também viva.

O primeiro encontro entre tradições gregas e influências orientais deu-se na hino grafia bizantina. É o hinógrafo sírio Efrém que imita as formas da língua de Píndaro. É também sírio o hinógrafo Romanos, o maior poeta da literatura bizantina, esquecido depois tão inteiramente que só os estudiosos ocidentais do século XIX o redescobriram . Por falta de tradições não é possível verificar a época em que Romanos viveu: indica-se, como data mais verossímil, o século VI. Romanos não parece muito original; talvez já encontrasse a sua forma, o kontakios, espécie de homília metrificada de grande extensão. Os hinos de Romanos — nem todos autênticos — distinguem-se pela inspiração desenfreada, que às vezes rompe as formas hieráticas, transformando-se em balbuciação extática. Para formar idéia da poesia de Romanos, o leitor moderno pensará nas grandes odes de Claudel, imaginando-as cantadas nas ondas de luz do serviço noturno de Natal de uma catedral bizantina.

Se Romanos é realmente do século VI, a sua poesia faz parte do imponente movimento de renascença que o imperador Justiniano promoveu. As duas faces desse movimento aparecem na reconquista da África e Itália e no restabelecimento da ordem político-administrativa pelo Corpus Juris, e, por outro lado, na formação de partidos políticos em Bizâncio, chegando a explosões de guerra civil, e na corrupção pela qual a Imperatriz Teodora é responsabilizada. Procópio de Cesaréia é o historiador de ambos os lados: nas Historia varia descreveu os feitos militares e a alta cultura da corte imperial; nas Historia arcana, a corrupção infame da mesma corte e das mesmas pessoas que tinha elogiado. A civilização bizantina apresentará sempre uma cabeça de Jano. É uma civilização de duas classes bem distintas: aqui, a corte, a aristocracia, o alto clero, munidos de todos os requintes da civilização madura e da decadência moral; ali, o povo chefiado pelos monges bárbaros e fanáticos, inculto, tumultuoso e ingênuo. Um poeta da alta sociedade, como Agathias, pode competir com as elegâncias do rococó francês; o seu contemporâneo Johannes Malaias é um cronista popular, lido em voz alta nas esquinas, traduzido depois para muitas línguas, e primeiro fator da europeização dos eslavos. A literatura bizantina é vivíssima; e cumpre uma grande missão.

Tem a força de se renovar. No século VIII, André de Creta e João Damasceno criam uma nova forma de poesia eclesiástica, o Cânon. Em 863, a Universidade é reaberta. Theodoros Studita, monge e chefe político, protagonista fanático na luta pela conservação das imagens nas igrejas, é um homem do povo; em Bizâncio, todos os movimentos populares tomam a feição superestrutural de guerras de religião. E como homem do povo, Theodoros é poeta realista, apresentando a vida monacal em cores diversas daquelas por que ela aparece nos ícones e na hagiografia. Ouvimos até falar de grandes espetáculos populares nas igrejas, mas estamos mal informados quanto ao drama religioso e ao mimo popular e obsceno; contudo, o Cristus patiens do século XI é qualquer coisa como os mistérios da Paixão que se representarão nas grand places das cidades medievais.

A vivacidade da literatura bizantina só se revela bem quando comparada com a situação no Ocidente. São os séculos IX, X, XI, realmente os «Dark Ages» da historiografia convencional. Em Bizâncio, o eruditíssimo Fótio (+ 897) reúne no Myrobiblion as suas anotações de inúmeros livros antigos, e esse herói da formação universitária é, ao mesmo tempo, patriarca de Bizâncio e adversário cismático da Santa Sé em Roma. O imperador Constantino Porfirogênito (+ 959) digna-se de escrever o De caerimoniis aulae, espécie de regulamento interno da corte, no qual se criam as «magnificências», «excefências», «ilustríssimos» e «excelentíssimos» da nossa burocracia e dos nossos envelopes. Konstantinos Michael Psellos (+ 1078) , filósofo platônico e algo como um poeta parnasiano em meio dos tumultos na rua e das guerras com eslavos e mongóis, conta, na Chronographia, um século de história áulica, que ele viu de dentro: intrigas de eunucos, conspirações de generais, deposições e assassínios de imperadores, intervenções de mulheres e monges, todo esse caos de sabre, boudoir e liturgia, em meio da mais requintada arte de viver em palácios e morrer em conventos, ambos cheios dos mais luxuosos objetos de arte — os ocidentais, chegando a Constantinopla, ficavam boquiabertos: «Lors virent tôt a plain Constantinoble cil des nés et des galies et des vissiers; et pristrent port et aancrerent lor vaissaiaus. Or poez savoir que mult esgarderent Constantinoble cil qui onques mais ne l’avoient veue; que il ne pooient mie cuidier que si riche vile peust estre en tôt le monde, cum ils virent ces halz murs et ces riches tours dont ele ère close tôt entor à la reonde, et ces riches palais et ces haltes yglises, dont il i avoit tant que nuls nel poist croire, se il ne le veist à l’oeil, et le lónc et le lé de la vile qui de totes les autres ere soveraine.» Eis a impressão que Bizâncio causou a um rude cavaleiro ocidental do século XIII como Villehardouin. Mas não percebeu, entre os admiráveis palácios e igrejas, o povo miúdo, vivacíssimo e turbulento, como aparece nas poesias populares de Theodoros Pródromos (+ 1180), mendigo e parasito, boêmio e monge, excessivo e melancólico como um Villon bizantino. A imaginação exuberante desse povo já havia criado uma legião de romances fantásticos, sobre Alexandre e Tróia, sobre Apolônio de Tiro e os Sete Sábios do Oriente, que irão invadir a imaginação ocidental, inspirando Chrétien de Troyes e os cronistas de Arthus, Lanzelot e Amadis. O povo de Bizâncio chegou a criar uma epopéia popular, um ciclo de romances à maneira espanhola, sobre o guerrilheiro Digenís Akritas, que lutou na fronteira contra os árabes, e que na imaginação dos eslavos balcânicos se irá transformar lentamente em herói popular contra os turcos. Talvez o Ocidente inteiro tivesse sido balcanizado, transformado em fronteira bárbara da civilização grega, se Bizâncio tivesse vencido. Mas o Ocidente não se bizantinizou nem se balcanizou. Foi preservado dos gregos pela invasão dos árabes, que fecharam os caminhos marítimos do Mediterrâneo, isolando Bizâncio de Roma. O Ocidente continuou latino. Nasceu a Europa.

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Literatura Patrística – III

Otto Maria Carpeaux

O grande Papa aparece nos quadros medievais como simples monge, e isso lhe teria agradado; estimava a simplicidade do coração mais do que os talentos do espírito. Não fez nada para salvar os tesouros ameaçados da civilização clássica; ao contrário, tudo fez para substituir a leitura dos autores pagãos pelos escritores hagiográficos e edificantes, literatura para a qual ele contribuiu com o Liber anglorum, vidas de santos itálicos, cheias de milagres incríveis, aparições de almas do outro mundo, castigos estranhos infligidos por Deus aos infiéis. É um monge supersticioso, um daqueles a quem ele prescreveu, no Liber regulae pastoralis, as normas de conduta e ação. Chamam-lhe «simplista», «inimigo do humanismo». Mas que valor poderiam ter as disciplinas humanistas para um homem cheio de angústias apocalípticas, que espera o fim do mundo? Essa expectativa impunha disciplina diferente; mas uma disciplina. As ansiedades apocalípticas não transformaram o Papa em quietista angustiado e passivo, e sim em homem de uma atividade enorme, que abrangeu, desde a Itália e a Espanha até a Inglaterra, o mundo inteiro conhecido. Era preciso salvar as almas, antes do cataclismo. E Gregório construiu um abrigo materno para as almas, a Igreja medieval, trabalhando como um monge de São Bento e governando como um «consul Dei». Era um espírito sóbrio, seco, prático; um romano. Estabilizou o mundo lírico dos hinólogos, construindo-lhe uma catedral invisível. A expressão literária dessa atividade realista e daquele espírito lírico conjugados está na liturgia que tem o nome do papa, embora ela tivesse origens mais remotas, e séculos posteriores, até o século XII, houvessem acrescentado muito à «liturgia gregoriana».

Foi William Robertson, historiógrafo inglês do século XVIII, quem criou a expressão «Dark Ages», ou «séculos obscuros», para qualificar a época em que a «Razão» e as «boas letras clássicas» não iluminaram o mundo. A expressão mudou várias vezes de sentido, estendendo-se à Idade Média inteira, ou aos séculos IX, X e XI, entre a queda do Império carolíngio e as Cruzadas, ou então aos séculos VI, VII e VIII. Do ponto de vista da história literária, este último sentido da expressão é o mais razoável. A literatura romana acabara e as literaturas modernas ainda não tinham começado, nem em língua latina nem nas línguas nacionais. O vazio explica-se pela destruição geral, a perda de quase todos os bens materiais, inclusive os benefícios de uma administração organizada. Contudo, a relação entre o estado econômico-político e a situação cultural não pode ser formulada à maneira de uma equação algébrica. Antes dos «séculos obscuros» e depois, as maiores devastações materiais não impediram o cultivo das letras, e a hinografia ambrosiana e pós-ambrosiana, literatura original e poderosa, constitui um primeiro desmentido àquele inglês incompreensivo. Outro desmentido, mais forte ainda, revela-se no estudo da liturgia romana. É ela, sem dúvida, uma obra literária, embora de um tipo diferente da literatura pagã e da literatura medieval; constitui uma literatura sui generis, não comparável a nenhuma outra, de modo que nem os critérios classicistas nem os critérios «modernos» a ela se aplicam bem. A mais geral e mais rigorosa das normas historiográficas segundo os cânones e critérios da própria época a que pertencem. Vista assim, a liturgia é alguma coisa mais do que um cerimonial eclesiástico; revela-se como obra literária, cujo valor, se bem que relacionado intimamente com o credo que exprime, não pode depender das convicções religiosas da critica ou do crítico. A apreciação literária da liturgia exige, certamente, uma «suspension of disbelief» da parte do descrente; mas a leitura compreensiva,de Dante e Milton exige o mesmo de todos os que não são católicos florentinos ou puritanos ingleses. Após a «suspensão da descrença», ninguém negará à liturgia o caráter de grande obra literária que marca os séculos VI e VII, iluminando-lhes a «obscuridade».

A liturgia romana compõe-se de certo número de pequenos textos religiosos, reunidos conforme a atuação do sacerdote no altar. Alguns desses textos são iguais, permanentes, em todas as missas, particularmente o Cânon, que inclui o sacrifício e a transubstanciação; outros mudam conforme os domingos e a sua posição nas fases do ano eclesiástico; mais outros, segundo os dias dos santos cujo martírio ou translação se comemora. A origem romana da liturgia em vigor explica, nestes últimos casos, certa preferência dada aos santos locais da cidade de Roma, de modo que a ordem dos serviços religiosos nas igrejas romanas («igrejas de estação») influiu na composição da liturgia e do ano eclesiástico. Não é possível verificar com certeza quando, onde e por que todos aqueles textos foram redigidos e depois reunidos em ordem definitiva; as origens da liturgia assemelham-se à maneira como a filologia do século XIX imaginava a criação das «epopéias populares», do Poema del Cid ou do Nibelungenlied, de autoria coletiva. O verdadeiro autor da liturgia é a Igreja.

Havia várias Igrejas e várias liturgias. Só no Oriente existem ou existiam dois grupos inteiros de liturgias, do tipo antioqueno e do tipo alexandrino, redigidas em gredo ou em línguas asiáticas, e uma delas foi a primeira liturgia romana, hoje desaparecida. No Ocidente se introduziram variantes da forma oriental: a liturgia ambrosiana, na Igreja de Milão; a liturgia moçárabe ou gótica, na Espanha, a liturgia céltica, nas ilhas britânicas; e, particularmente na França, a liturgia galicana, que influiu muito na formação definitiva da liturgia romana, para ceder, enfim, a esta, que suplantou, no Ocidente, todas as outras. A liturgia romana é um compromisso entre as liturgias orientais e ocidentais, e um compromisso extraordinariamente feliz.

A história da liturgia romana encontra-se no Liber pontificalis, a crônica dos primeiros papas, na correspondência papal e nos martiriológios romanos. As missas dos séculos V e VIII subsistem em três velhas coleções: o Sacramentarium Leonianum, o Sacramentarium Gelasianum e o, Sacramentarium Gregorianum. Com a interpolação de elementos galicanos no Sacramentarium Gregorianum, na época e a pedido de Carlos Magno, terminou a evolução; na Idade Média fizeram-se apenas modificações sem importância.

O «Intraibo ad altare Dei», pórtico da missa, compõe-se de versículos bíblicos e da reza pela absolvição dos pecados; logo a linguagem da Vulgata («Judica me, Deus, et discerne causam meam de gente non sancta») revela a sua qualidade litúrgica. O início da missa liga-se ao «Confiteor» por uma daquelas fórmulas que sempre voltam, lembrando menos um refrão do que as fórmulas feitas da epopéia homérica:

«Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto, sicut erat in principio et nunc et semper, in saecula saeculorum. Amen.»

É o «tema» da missa. Após o «Introitus», que alude à festa do dia, Deus é aclamado em palavras gregas que formam uma espécie de tríptico:

«Kyrie, eleison. Kyrie, eleison. Kyrie, eleison.

Christe, eleison. Christe, eleison. Christe, eleison.

Kyrie, eleison. Kyrie, eleison. Kyrie, eleison.»

Trata-se, com efeito, de uma «aclamação», como a receberam os imperadores de Bizâncio no momento de sentarem-se no trono. Várias orações cercam a leitura solene da Epístola e do Evangelho, herança do serviço religioso na sinagoga, e entre elas incluiu-se o «Gloria in excelsis Deo…», como que abrindo o céu sobre o altar. A transição para o serviço.de sacrifício é feita por uma das partrs mais antigas da missa, o ato de mistura de vinho e água, simbolizando a união dos fiéis com Cristo:

«Deus, qui humanae substantiae dígnitatem mirabiliter condidisti, et mirabilius reformaste»,

palavras nas quais a dignidade austera da língua latina se humilha no coletivismo dos «divinitatis consortes». Sobrevivem, na liturgia romana, apenas algumas palavras das epikleseis, das invocações do Espírito Santo, que nas liturgias gregas quase sufocam, pela sua grande extensão, o Cânon; a liturgia ocidental é de sobriedade romana. Quando, e isso acontece só uma vez, cede à pompa oriental, na Praefatio. com o seu júbilo dos exércitos celestes, dos «Angeli, Dominationes, Potestates, Seraphim», seguem-se, então, imediatamente, as palavras secas, de maior economia estilística, do Cânon, que é a parte genuinamente romana da missa latina, romana no sentido local: no momento em que o Cânon é recitado, qualquer altar católico, em qualquer parte do mundo, está idealmente em Roma. No «Communicantes et memoriam venerantes», a comemoração dos santos, mencionam-se, além da Virgem e dos Apóstolos, somente Lino, Cleto, Clemente, Xisto e Cornélio, entre os primeiros sucessores de São Pedro no bispado romano; depois, o africano Cipriano e os mártires Cosme e Damião. Estamos em uma basílica dos primeiros séculos, perto das catacumbas. E em outra oração muito antiga, no «Hanc igitur oblationem», inseriu Gregório Magno as palavras «diesque nostros in tua pace disponas», para lembrar a todos os séculos vindouros as atribulações da cidade de Roma no século VI, cercada pelos longobardos; palavras que são de uma atualidade permanente. Após a transubstanciação, que se distingue pelo mais alto grau de expressão religiosa — o silêncio — pede-se a Cristo o «locum refrigerii, lucis et pacis» para os «qui nos praecesserunt cum signo fideiet dormiunt in somno pacis», e, já fora do Cânon, a graça para os que há pouco aclamaram o Kyrios e agora, em outro «tríptico», se curvam perante o Deus sacrificado:

«Agnus Dei, qui tollis peccata mundi: miserere nobis. Agnus Dei, qui tollis peccata mundi: miserere nobis. Agnus Dei, qui tollis peccata mundi: dona nobis pacem.»

O ciclo está fechado. O fim é a melodia largamente desenvolvida com que a Igreja despede os «circunstantes» para voltarem à vida profana: «Ite, Missa est.»

A variedade das missas era, no começo, muito grande: cada dia tinha a sua missa especial, como acontece ainda nas semanas da quaresma, nas quais o mundo inteiro participa do culto nas «igrejas de estação» da Urbs. Mas a sobriedade romana fez tudo para suprimir as diversidades exuberantes. Distribuiu-se uma missa mais ou menos uniformizada pelas «estações do ano», constituindo o ano eclesiástico a repetição simbólica da epopéia da história sacra e redenção do gênero humano: Advento, Rorate coeli, Natal, Epiphania, Cinzas, Invocabit, Reminiscere, Oculi, Laetare Jerusalém, Iudica, Palmaram, Semana Santa, Páscoa, Quasimodogeniti, Pentecostes, os 24 domingos, desde a Trindade até à leitura da profecia apocalíptica, Finados; e, de novo, Advento.

Afirmar que a liturgia é uma grande obra de arte implica esteticismo suspeito. Assim como a língua latina, durante muitos séculos de sobrevivência, se adaptou a estados de alma inteiramente novos, assim também a liturgia latina teve significação diferente em todas as épocas. A sua interpretação como drama religioso tem fundamento apenas na relação purumente histórica entre as cerimônias eclesiásticas e o teatro medieval, e na pompa religiosa do Barroco, quando a música e as artes plásticas colaboraram para transformar a missa solene em «obra de arte total», no sentido de Wagner. Essa interpretação ajuda a sufocar a palavra; mas a palavra é a essência da liturgia. A liturgia é essencialmente uma composição literária, sem consideração de efeitos teatrais ou pictói ico-musicais. Talvez se entenda melhor o sentido da liturgia nas misans rezadas na alta madrugada, sem música, quando o sacerdote só murmuro as palavras, e o silêncio absoluto em torno do sacrifício é menos efetuoso e mais profundo. É preciso ler e entender o texto — não basta ouvi-lo — para «sentire cum Ecclesia». Então a permanência de certos textos e as modificações de outros durante o ciclo do ano rcvelam-se como traços característicos de um «ciclo» em sentido literário, de uma epopéia. A primeira e maior epopéia que o Ocidente criou. Como todas as grandes epopéias, a liturgia constitui um mundo completo — criação, nascimento, vida, morte e fim — dentro dos muros da igreja. Mundo fechado, cuja literatura é «exótica» num sentido diferente do da pagã: literatura de outro mundo.

Para designar o «fora», a Igreja Romana, tão zelosa do uso exclusivo da língua latina, admitiu uma expressão do latim vulgar: «fuori le mura»; várias igrejas em Roma chamam-se assim. A expressão lembra aqueles «diesque nostros in tua pace disponas» que foi inserto porque «fuori le mura» não havia aquela paz. A epopéia eclesiástica da liturgia decorreu só dentro dos muros. Lá fora, havia os bárbaros e a destruição.

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Literatura Patrística – II

Otto Maria Carpeaux

O hinário da Igreja latina é a primeira obra da literatura moderna. Um espírito diferente do espírito da Antiguidade grego-romana cria formas independentes, cuja origem constitui um dos maiores problemas da historiografia literária.

Já desde o século II da era cristã, os poetas latinos caem com freqüência em erros prosódicos, enganando-se com respeito à quantidade das sílabas; mas sobre a quantidade das sílabas se baseia a métrica greco-romana. Perde-se a segurança, e a métrica procura novo apoio no acento da palavra falada. A liturgia cristã contribuiu para essa modificação essencial, pelo uso das antífonas com a sua prosódia diferente. Contudo, não está esclarecido se a verdadeira origem da nova métrica se encontra na evolução da língua latina ou na liturgia.

Segundo Gaston Paris, existiu sempre uma diferença de acentuação entre a língua culta, usada na poesia metrificada, e o sermo plebeius, que se impôs na época da decadência. São mais convincentes, porém, as analogias, reveladas por Wilhelm Meyer, entre a versificação dos hinos latinos e as versificações siríaca, caldaica e armênia. Parece que o cristianismo importou as leis da versificação semítica.

Mas essa versificação estrangeira não teria vencido se não fossem modificações lingüísticas que tinham motivos mais profundos do que a plebeização da língua latina. A nova estrutura do latim falado é sintoma de uma nova alma que o fala. Um autor anônimo, a alma coletiva, inventa uma nova poesia, os versos de 4 diâmetros jâmbicos, reunidos em estrofes de 4 linhas; primeiro exemplo da poesia «moderna».

Os hinos mais antigos da Igreja atribuem-se a Ambrósio». Em geral, esta tradição foi abandonada pela crítica. Do corpus dos hinos ambrosianos, certamente a maior parte não pertence ao grande bispo de Milão. São de origem incerta os hinos para as horas canônicas, conservados no Breviário Romano: «Iam lucis orto sidere», «Nunc sancte nobis Spiritus», «Rector potens, verax Deus», «Rerum Deus tenax vigor», «Lucis creator optime» e «Te lucis ante terminum»; também os hinos mais extensos, «Splendor paternae gloriae», «Conditor alme siderum» e «Jesu corona virginum»- não são autênticos. Enfim, é preciso privar Ambrósio da autoria do famoso cântico «Te Deum laudamus». Ficam quando muito, 4 hinos autênticos: «Aeterne rerum conditor», «Deus creator omnium», «Iam surgit hora tertia» e «Veni redemptor gentium»; revelam eles que o estoicismo — fonte, tantas vezes, de inspiração lírica — também acendeu no senador eclesiástico e ciceroniano seco a luz da poesia. Revela inspiração ambrosiana, embora indireta, o corpus inteiro dos hinos atribuídos outrora ao bispo; um dos símbolos mais freqüentes na autêntica poesia ambrosiana é o galo que, após a noite que pertence ao demônio, chama os fiéis para o ofício; e em um dos hinos não autênticos encontram-se os versos característicos:

«Procul recedant somnia
Et noctium phantasmata…»,

explicando o hino autêntico:

«…. gallus iacentes excitat
Et somnolentos increpat».

Como a aurora, cuja luz entra pelas vidraças da igreja, aparece nos hinos ambrosianos a luz de um novo dia, e com ele uma inovação estranhíssima, «moderna», totalmente desconhecida da Antiguidade: a rima.

O verdadeiro Ambrósio da poesia latina crista é o espanhol Prudêncio, o maior poeta da antiga Igreja Romana. Já foi comparado a Horácio, mas é mais sério, e a Píndaro, mas é mais humano. A grande epopéia alegórica da Psychomachia, a luta das virtudes contra as paixões, talvez interesse hoje menos do que as 14 odes do Peristephanon, em homenagem a 14 mártires espanhóis e africanos, espécie de epinícios cristãos.

Prudêncio, apesar das tentativas de poesia narrativa, é essencialmente um poeta lírico. Nas 12 odes do Cathemerinon, destinadas a certas horas do dia e a certas festas, encontra os acentos mais novos e mais universais, o

«…. mors haec reparatio vitae est»

para a hora das exéquias, e o

«…psallat altitudo caeli, psallite omnes angeli»

para ser cantado omni hora. Prudêncio é um dos raros poetas líricos que conseguiram criar um mundo completo de poesia.

A força desse classicismo eclesiástico revela-se na sua capacidade de sobreviver às piores tempestades. Mesmo na corte dos reis merovíngios, num ambiente de assassínio e incesto, um poeta habilíssimo para ocasiões oficiais sabe exprimir os mistérios do credo em símbolos poéticos de autêntica feição romana. Venâncio Fortunato sente o caminho do Cristo para a cruz como triunfo militar —

«Vexilla regis prodeunt, fulget crucis mysterium…» —

e a glória celeste da Virgem como apoteose de uma deusa —

«O gloriosa domina, Excelsa super sidera…»

A língua latina salvara o novo espírito poético.

O novo mundo lírico encontrou apoio real no trabalho monástico e na organização eclesiástica: dois elementos herdados da realidade romana. Sobrevive espírito romano na regra da ordem de São Bento, na convivência de duro trabalho manual e estudo das letras clássicas; e em relação íntima com o espírito beneditino criou-se o grande papa, que também já foi chamado «o último romano» e que é o fundador da Igreja medieval: Gregório Magno.

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Literatura Patrística – I

33

Otto Maria Carpeaux

As obras dos escritores do século V, que foi o século da grande catástrofe, estão cheias de lamentações sobre a situação do mundo mediterrâneo. As cidades estão destruídas, desertos os campos, foram depostas as autoridades, vazias estão as escolas. «A cultura das letras», dirá o bispo e historiógrafo Gregório de Tours, «agoniza, ou antes, desaparece nas cidades da Gália. No meio de atos bons ou ruins, quando a ferocidade das nações e o furor dos reis estão desencadeados, quando a Igreja é atacada pelos heréticos e defendida pelos fiéis, e quando, a fé cristã, ardente em muitos corações, enfraquece em outros, quando as instituições religiosas são saqueadas pelos perversos, então não se encontrou nenhum homem de letras para descrever esjses acontecimentos, nem em prosa, nem em verso. E muitos dizem, gemendo: Ai do nosso tempo, porque o estudo das letras desaparece entre nós, e ninguém é capaz de descrever as coisas desta época.»

Santo Agostinho construirá uma filosofia da história para provar que a catástrofe do mundo não é um ato de injustiça e, pelo contrário, obedece aos planos superiores da Providencia; o seu discípulo Orósio pretenderá demonstrar que toda a história humana, já antes do advento do cristianismo, é um campo de batalha, destruição, crimes e horrores de toda a espécie; Salviano já admitirá que o cristianismo não conseguiu muita coisa para melhorar o mundo e que a decadência é irremediável, a catástrofe completa e merecida.

Os escritores cristãos que se exprimiram assim, fizeram o papel do advocatus diaboli. Revelaram a decadência dos últimos pagãos, os artifícios de um Claudiano, o vazio espiritual de um Símaco. Tudo o que estes tinham a perder era uma linguagem literária sem conteúdo. Mas havia outros espíritos, capazes de «descrever as coisas desta época» porque neles um novo conteúdo enchera as formas gramaticais da velha língua; eram eles mesmos, aqueles escritores cristãos. É verdade que o Ocidente teve de experimentar uma catástrofe, uma interrupção quase total de todas as atividades espirituais; mas essa catástrofe veio alguns séculos depois. Um observador imparcial, não perturbado pela nostalgia convencional do «paganismo alegre» nem pela mentalidade apocalíptica dos escritores eclesiásticos, admitirá a existência de uma notável atividade literária nos séculos do cristianismo vitorioso e da invasão dos bárbaros; de uma literatura rica, embora não grande, que contou com personalidades tão extraordinárias como Jerônimo e Agostinho, que criaram formas inteiramente novas de expressão literária, nos hinos da Igreja, e que criaram, enfim, uma das maiores obras, das mais permanentes da literatura universal de todos os tempos: a liturgia romana. Apenas, não é por um acaso histórico que esta literatura está escrita nas línguas antigas. É mesmo literatura antiga, a do cristianismo primitivo, e neste sentido é tão «exótica» como a pagã.

A mentalidade cristã dos primeiros séculos percorreu três fases distintas, coordenadas como uma evolução dialética. No período das catacumbas, o espírito cristão é de uma introversão tão completa que a expressão se torna silêncio; adivinhamos esse estado de almas nas inscrições lacônicas e, contudo, tão eloqüentes, dos túmulos nas catacumbas; e, com eloqüência maior, no silêncio das grandes basílicas romanas, como San Paolo fuori le mura. A segunda fase é a do encontro do cristianismo com o mundo: a literatura patrística. A terceira fase, após a queda definitiva do Império, é o novo ensimismamiento: o cristianismo se retira para dentro dos muros das igrejas, para encontrar aí a sua expressão genuína: os hinos e a liturgia.

O encontro com o mundo pagão estava preparado pelos Padres da Igreja oriental. Lá, no Oriente, o compromisso deu origem a uma nova literatura, independente, que não pertence ao mundo ocidental: a literatura bizantina. No Ocidente, criou-se uma literatura de transição, com determinados objetivos de apologia dogmática e historiografia eclesiástica: a literatura patrística.

O São João Batista dessa literatura era o grande herético africano Tertuliano. O seu Apologeticum, que pretende ser a defesa da religião cristã contra os pagãos, é mais ataque do que defesa. Esse polemista terrivelmente agressivo irrita-se contra todos: contra as autoridades romanas que fazem mártires, contra os perseguidos que fogem ao martírio, contra os mártires que morrem sem a fé ortodoxa, contra a ortodoxia que violenta as consciências; o próprio Tertuliano acabou como herético. Mas a sua heresia não é de origem doutrinária, é antes de ordem moral. Revolta-se contra a indulgência com a qual bispos e sacerdotes tratam os cristãos que participaram das festas romanas, que não mandam velar o rosto às suas filhas, que toleram em casa qualquer vestígio do naturalismo sexual dos greco-romanos, e que chegam ao cúmulo de freqüentar os teatros, esses «consistoria impudicitiae». Neste momento, o moralista revela-se como da família dos puritanos ingleses que mandaram fechar os teatros. Tertuliano lembra os predicadores calvinistas que ameaçam os «servos de Baal» com citações terrificantes do Velho Testamento, ou lembra os próprios profetas do Velho Testamento. O seu estilo violento, artificial, obscuro, revela-lhe as origens africanas. Tertuliano é um Apuleio às avessas, um individualista furioso, um dos maiores escritores de língua latina e um romano autêntico.

A quase todos os grandes Padres da Igreja ocidental se pode conferir o mesmo título de «romano autêntico», que já se deu a Ambrósio, o poderoso bispo de Milão, ao qual a tradição atribui a criação do hino litúrgico. Ambrósio era natural da Gália, da mais romana das províncias romanas. Em De officiis ministrorum apresenta um sistema bem organizado, quase em parágrafos, da conduta moral do clero; aplicação razoável da moral estóica do De officiis, de Cícero. Ambrósio era o primeiro a obedecer aos seus próprios conselhos. Sabia reunir imperialismo eclesiástico e dignidade sacerdotal tão bem como um senador romano sabia reunir política de anexação e dignidade humana. Grandes quadros, nas igrejas do catolicismo pós-tridentino, representam a cena em que Ambrósio, recebendo em Milão o imperador Teodósio, culpado de assassínio, lhe nega a entrada na basílica. Ambrósio era mais homem de ação do que escritor; nisso também, é romano.

Escritor, literato até, é Jerônimo. Homem de vastas atividades, quase febris, fazendo inúmeras viagens, escrevendo, traduzindo, comentando, trocando cartas com papas e religiosas, dando conselhos a toda a gente, grande trabalhador, que acabou seus dias num convento, no deserto da Judéia. Odiava a literatura pagã, na qual fora educado, e é o literato mais típico entre os Padres da Igreja. A sua maior obra é um trabalho de estilística, a tradução latina da Bíblia, a Vulgata, que alcançou autoridade canônica na Igreja Romana. Com essa obra, Jerônimo criou uma língua nova e uma nova literatura. Prestou ao latim medieval o serviço que os poetas da idade augustana tinham prestado à literatura imperial, naturalizando em Roma as letras gregas. Durante mais de um milênio, a Europa inteira rezou na língua de Jerônimo, que é, contra a sua vontade, a língua de Virgílio, e não inteiramente indigna dele. A Vulgata é a Eneida do cristianismo. Jerônimo, anti-humanista furioso, é o primeiro grande humanista europeu. Valery Larbaud exalta o autor da Vulgata como o rei ou padroeiro de todos os tradutores.

Chegou, enfim, o momento em que a aliança entre a Igreja e as letras pagãs se rompeu: na realidade, porque o Império caiu; na literatura, porque um espírito poderosíssimo destruiu o equilíbrio. Agostinho é uma das maiores personalidades da literatura universal; muitos, porém, não o considerarão «simpático», e a culpa é dele mesmo. É o destino de todos os que, como ele nas Confissões e mais tarde Rousseau e Strindberg, contaram com sinceridade irreverente a própria vida: a mocidade devassa, o estágio entre os adeptos da estranha seita dos maniqueus, os estudos de retórica e a vida literária, os remorsos e angústias que duraram anos terríveis, enfim a conversão, a vocação sacerdotal, o bispado, as lutas contra heréticos de toda a espécie, as vitórias políticas; no fim da vida, Agostinho é «magnus sacerdos», o rei episcopal da África cristã, morrendo no momento em que a sua província e a sua Igreja se desmoronavam sob os golpes dos bárbaros. Este homem de atividades extraordinárias é um introspectivo. «Surgunt indocti et rapiunt regnum coelorum, nos autem, cum nostris litteris, mergimur in profundum.» Eis o lema da sua vida ativa. E o lema da sua vida contemplativa foi a advertência de procurar a Verdade dentro da própria alma: «Noli foras ire; in interiore hominis habitat veritas.» Os efeitos dessa atitude ambígua são fatalmente contraditórios. No mundo exterior, em que a anarquia destrói uma civilização inteira, Agostinho sabe impor a sua autoridade espiritual de bispo, sabe restabelecer á ordem. No mundo interior, sacodem-no «tormenta parturientis cordis mei», reina a noite da anarquia espiritual, iluminada pelos raios dolorosos da graça que se impõe. Agostinho é um anarquista, procurando a ordem, sabendo que precisa nascer outra vez, como homem diferente. É da raça dos «twice born», à qual pertencem os maiores gênios religiosos da Humanidade, um Paulo, um Lutero, um Pascal. Para justificar perante Deus e os homens a sua natureza ambígua, o teólogo Agostinho tem de responsabilizar uma força exterior e mais forte que as suas próprias forças: a Graça, esse seu conceito teológico que será, depois, suscetível de tantas interpretações ambíguas. Esse homem fortíssimo precisa sempre de um apoio de fora: daí provém a sua confiança ilimitada na autoridade da Igreja Romana; daí a necessidade imperiosa de substituir a derrotada «civitas terrena» pela «civitas Dei», objeto do seu grande mito filosófíco-histórico. Agostinho está contra o Império e não pode viver fora do Império: é um romano.

O que o distinguiu, porém, dos outros romanos foi ser um santo, e a demonstração disso está no «humano, humano demais» das Confissões. Um santo não é um anjo, e sim um homem. Agostinho foi o primeiro, em todos os tempos, a expor a sua humanidade fraca, falível e até antipática, pelo lirismo exuberante e efusivo daquele grande livro. Para a literatura universal, é o Colombo de um novo continente. Para a sua época, encerra uma fase decisiva da evolução da mentalidade cristã, e inicia outra fase: após a queda definitiva do Império, o cristianismo retira-se para dentro dos muros da Igreja, e a nova alma encontra a sua nova expressão: eleva-se o hino.

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São João Damasceno

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Etienne Gilson

O último grande nome da patrística grega conhecida da Idade Média é o de João de Damasco, dito João Damasceno (falecido em 749). Sua obra mestra, A fonte do conhecimen­to (Pegé gnôseôs), contém uma introdução filosófica, depois uma breve história das heresias, enfim, numa terceira parte, uma coletânea de textos, tomados de seus predecessores e dispostos em ordem sistemática, sobre as verdades funda­mentais da religião cristã. Essa última parte, traduzida em 1151 por Burgúndio de Pisa (o tradutor de Nemésio), servi­rá de modelo para as Sentenças de Pedro Lombardo. É a obra que encontraremos citada com freqüência no século XIII, sob o título de De fide orthodoxa.

João Damasceno não pretendeu ser um filósofo origi­nal, mas constituir uma coletânea cômoda de noções filosó­ficas úteis ao teólogo, e certas fórmulas que pôs em circula­ção tiveram extraordinário sucesso. Desde o início do De fi­de orthodoxa, ele afirma que não há um só homem em que não esteja naturalmente implantado o conhecimento de que Deus existe. Essa fórmula será citada inúmeras vezes na Idade Média, ora com aprovação, ora para ser criticada. Aliás, não parece que João Damasceno fale, aqui, de um conhecimento inato propriamente dito, pois enumera como fontes desse conhecimento a vista das coisas criadas, sua conser­vação e a ordem que elas observam; em seguida, a Lei e os Profetas; enfim, a revelação de Jesus Cristo. Ademais, desde o capítulo III, João Damasceno empreende demonstrar a existência de Deus, porque, diz ele, embora o conhecimen­to de Deus esteja naturalmente implantado em nós, a malí­cia de Satanás obscureceu-o tanto, que o insensato chegou a dizer em seu coração: Deus não existe (Ps 13, 1). Deus provou que existe por seus milagres, e seus discípulos fize­ram-no pelo dom de ensinar que dele receberam: “Mas nós, que não recebemos nem o dom dos milagres, nem esse dom do ensino (porque nos tornamos indignos disso por uma excessiva propensão às volúpias), precisamos discorrer sobre esse tema, com base no pouco que os intérpretes da graça nos disseram.” É por isso que, aplicando o princípio paulinista de que Deus nos é conhecível a partir das criatu­ras, João Damasceno estabelece a existência de Deus mos­trando que tudo o que nos é dado na experiência sensível é mutável; que mesmo as almas e os anjos o são; que nada do que vem a ser por via de mudança é incriado; que tudo o que nos é dado assim é criado e que, por conseguinte, seu criador incriado existe. Um segundo argumento, tirado da conservação e do governo das coisas, confirma o primei­ro, e a demonstração se acaba com um terceiro, que prova, contra Epicuro, que a ordem e a distribuição das coisas não podem resultar do acaso. Esse Deus, cuja existência é assim provada, nos é inconhecível. João Damasceno afirma-o em termos tão enérgicos quanto possível: “Que Deus existe, é manifesto; mas o que ele é quanto a seu ser e a sua nature­za nos é inteiramente inapreensível e desconhecido” (akatalepton touto pantelôs kai agnôstorí). Sabe-se que Deus é incorpóreo. Ele não é sequer feito da matéria incorpórea que os sábios gregos chamam de “quintessência”. Seme­lhantemente, Deus é não-gerado, imutável, incorruptível e assim por diante; mas tais nomes nos dizem o que ele não é, não o que ele é. Tudo o que se pode compreender acer­ca dele é que ele é infinito e, por conseguinte, incompreen­sível. Quanto aos nomes positivos que lhe damos, tampou­co dizem o que Deus é e não descrevem sua natureza, mas o que convém a ela. Dizemos que o incompreensível e o inconhecível, que é Deus, é uno, bom, justo, sábio e assim por diante, mas a enumeração desses atributos não nos faz conhecer a natureza ou a essência daquilo a que os atribuí­mos. De fato, como o Bem de Platão, o Deus de João Da­masceno está além do conhecimento, porque está além da essência (cap. IV). Aliás, é nesse sentido que João Damas­ceno interpreta inclusive o nome que Deus se atribuiu no célebre texto do Êxodo (3, 14): “Eu sou o que sou (o ôri).” Considerando-o bem, esse nome designa de fato sua pró­pria incompreensibilidade, pois significa que Deus “possui e reúne em si a totalidade do ser, como um oceano de reali­dade (ousias) infinito e ilimitado” (I, 9). Essa fórmula será retomada e comentada com freqüência na Idade Média, no­tadamente por santo Tomás de Aquino. Por seu plano de conjunto, que compreende o estudo dos anjos, do céu visí­vel, dos astros, dos elementos, da terra e do homem, De fi-de orthodoxa já se apresenta como uma obra de aspecto ni­tidamente escolástico, bem feita para seduzir os espíritos do século XIII e servir de modelo a seus Comentários sobre as Sentenças, ou a suas Sumas teológicas. Não só eles se inspi­rarão em seu plano, mas o explorarão como uma verdadei­ra mina de noções e de definições, muitas das quais eram imediatamente utilizáveis por teólogos nutridos de Aristóteles. Os capítulos XXII-XXVIII do livro II, sobre a vontade, a distinção entre o voluntário e o não-voluntário, o livre-arbítrio considerado em sua natureza e sua causa, transmitiram, assim, à Idade Média várias noções, muitas das quais eram de origem aristotélica, mas que João Damasceno havia talvez simplesmente recolhido na obra de Gregório de Nissa ou de Nemésio. Sem ser ele mesmo um pensador de muito alto nível, ele representou, como transmissor de idéias, um papel considerável. Devemos certamente ver nele um dos intermediários mais importantes entre a cultura dos Padres Gregos e a cultura latina dos teólogos ocidentais da Idade Média.

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Padres posteriores ao Concílio de Calcedônia


El gran período de las controversias doctrinales y del afianzamiento del dogma en los cuatro grandes concilios, ha quedado atrás. Hay ahora muchas figuras que escriben, pero con un horizonte más limitado. Aparecen los recopiladores: de textos exegéticos, en las cadenas; sobre cuestiones dogmáticas y morales, en los libros de sentencias; de todo el saber, como en las Etimologías de San Isidoro de Sevilla.

Sin embargo, los Padres de esta época nos dan a conocer un hecho muy importante: la creciente penetración del cristianismo en toda la sociedad. Muchos de los problemas que tratan son de índole práctica: la predicación al pueblo, su educación en la fe, la corrección de abusos en las costumbres, etc. El volumen total de su producción literaria, aun cuando también muchas de sus obras se han perdido, sigue siendo grande.

A continuación vamos a tratar de los escritores orientales primero y de los occidentales después, reuniéndolos en grupos en parte cronológicos y en parte temáticos.

ESCRITORES ORIENTALES

El pseudo Dionisio

A finales del siglo V y comienzos del VI sobresale Dionisio el Areopagita; éste es el nombre que se dio a sí mismo, pretendiendo ser aquel Dionisio que encontró San Pablo en el Areópago de Atenas, un autor que, por el análisis de sus obras, parece proceder de Siria y haber escrito hacia los 20 o 30 años que se sitúan alrededor del 500. Sus obras, algunas de las cuales aparecen como dirigidas a Timoteo, Tito, Policarpo y aún al mismo apóstol San Juan, fueron ya reputadas apócrifas por un obispo oriental de la primera mitad del siglo VI; pero hasta el siglo XVI no se volvió sobre el el tema, rebautizándose entonces al autor con el nombre de Pseudo Dionisio, con el que desde entonces se le suele conocer.

Tenemos de él 4 tratados y 10 cartas que están en relación estrecha con aquéllos. Los tratados son: Sobre los nombres de Dios, donde se investiga la esencia y los atributos divinos; Sobre la teología mística, en que se trata de la unión del alma con Dios; Sobre la jerarquía celestial, que versa sobre los ángeles y su agrupación en tres tríadas con tres coros cada una; y Sobre la jerarquía eclesiástica, en que haciendo un paralelismo con aquellas tríadas se habla de tres sacramentos, de tres grados en el orden sacerdotal y de tres grados en los laicos, uno de los cuales, el de los imperfectos, se divide de nuevo en otros tres.

El autor está muy influido por el neoplatonismo, desde el que intenta interpretar el cristianismo, aunque con el deseo de serle fiel. Los monofisitas trataron de encontrar un apoyo en sus obras. Traducido al latín por Escoto Eriúgena en el siglo IX, ejerció una gran influencia en los escolásticos.

Teólogos monofisitas del siglo VI

Entre los teólogos del siglo VI catalogados en general como monofisitas, vamos a señalar dos. Uno es Severo de Antioquía que fue patriarca de esta sede del 512 al 518; fue el que más se apoyó en el Pseudo Dionisio; depuesto por su inclinación al monofisismo, murió en Alejandría en el 538. Nos han llegado bastantes obras suyas a través de traducciones siríacas. Del examen de la que escribió Contra un gramático impío se deduce que defendía las tesis de Cirilo de Alejandría sobre la naturaleza de Cristo, aunque con una terminología que juzgaba más precisa y que le hizo enfrentarse con insistencia contra lo que había definido el concilio de Calcedonia. Tiene, además de alguna otra obra, unas 125 homilías y casi 4.000 cartas.

El otro autor es Juan Filópono, que había vivido en Alejandría y murió poco después del 565. Había estudiado a Aristóteles, y después de convertirse intentó exponer el cristianismo desde una perspectiva aristotélica, tal como harían también León de Bizancio y, en Occidente, Boecio.

Teólogos antimonofisitas del siglo VI

Teólogos del siglo VI de una tendencia contraria, antimonofisita, son los que siguen. Juan de Cesarea, que en la segunda década del siglo escribió una obra de defensa del concilio de Calcedonia. Juan de Escitópolis, en Galilea, que es contemporáneo del anterior; entre sus obras, que sólo nos han llegado muy fragmentariamente, hay también una defensa similar del concilio de Calcedonia, y el primer comentario que conocemos al Pseudo Dionisio, escrito el año 532. Leoncio de Bizancio murió hacia el 544, y de su vida no se sabe casi nada de cierto; tiene, junto a escritos más breves, tres libros Contra los nestorianos y los eutiquianos, en donde entre otras cosas trata de señalar el común punto de partida de estos errores opuestos. Hipacen, obispo de Éfeso, murió hacia la mitad del siglo, y había sido hombre de confianza del emperador Justiniano. Por fin, Eulogio, que fue patriarca de Alejandría desde el 580 al 607, escribió contra los novacianos y los monofisitas, y fue amigo de Gregorio Magno.

El emperador Justiniano

A mediados del siglo VI y en un capítulo aparte hay que considerar al emperador Justiniano I (527-565), que junto a su notable actividad como estadista y al lado de otros intereses culturales, quiso escribir teología; en esta tarea le ayudó especialmente el obispo Teodoro Asquidas. De Justiniano son varios tratados y edictos razonados dirigidos contra el monofisismo, contra el origenismo y contra el nestorianismo, así como algunas cartas a los papas y diversas leyes sobre materias eclesiásticas.

Comentaristas bíblicos del siglo VI

En el siglo VI los comentarios bíblicos, que tanto habían florecido en la época anterior, son casi inexistentes. Los florilegia o catenae que los suceden son simples yuxtaposiciones de textos de los Padres que comentan un determinado pasaje de la Escritura, sin tratar de ordenarlos con ningún criterio especial; en ellos se han conservado, como ya hemos ido viendo, importantes fragmentos de obras perdidas.

También las escuelas de retórica fueron desapareciendo en Oriente, tal vez antes que en Occidente. Pero en un caso al menos ocurrió lo contrario: la escuela de retórica de Gaza, en Palestina, conoció una época de esplendor, todos los maestros que enseñaban allí se hicieron cristianos, y algunos produjeron tratados teológicos o de exégesis. Así, Eneas de Gaza, muerto después del 518 y conocido y apreciado por los medievales por un diálogo que se le atribuye sobre la inmortalidad del alma y la resurrección del cuerpo; y también Procopio de Gaza, que murió hacia el 538 y fue el primero en escribir comentarios bíblicos en forma de cadena; de una de ellas, la cadena sobre el Octateuco, nos ha llegado una recensión breve.

Escritores de temas ascéticos de los siglos VI y VII

De los que en los siglos VI y VII escribieron sobre temas ascéticos, monjes por lo general, cabe señalar, por la influencia de su Escala del Paraíso, a San Juán Clímaco, monje en el Sinaí que murió en el 649.

Autores del siglo VII

Ya en el siglo VII nos encontramos con dos autores. Uno es San Sofronio, que era originario de Damasco, y fue patriarca de Jerusalén desde 634 hasta su muerte en 638, ocurrida por tanto un año después de la conquista de la ciudad por los musulmanes; fue defensor de la ortodoxia de Calcedonia contra el monotelismo.

Pero la figura importante del siglo es San Maximo el Confesor. Había nacido el 580 en Constantinopla, y después de ser secretario del emperador Heraclio pasó a un monasterio situado en la costa frente a Constantinopla; de allí tuvo que huir en la época de las luchas con los persas, fue a Alejandría, estuvo quizá en Cartago, pasó dos años en la cárcel en Constantinopla, fue desterrado a Tracia y, de nuevo juzgado en el 662 en Constantinopla, se le volvió a desterrar después de cortarle la lengua y la mano derecha; murió al año siguiente.

Toda esta persecución está relacionada con su lucha incesante en contra del monotelismo, lucha en la que empeñó tanto su agudeza intelectual como sus relaciones personales. Así, había conseguido hacer condenar el monotelismo en Roma en el 649; había escrito con anterioridad contra el monofisismo, y había dado interpretaciones ortodoxas a los escritos del Pseudo Dionisio. Sus argumentos filosóficos reflejan el influjo del neoplatonismo, pero también el de la filosofía de Aristóteles.

Autores del siglo VIII

Del siglo VIII vamos a mencionar a tres autores. San German de Constaantinopla, que murió en el 733, había sido por un tiempo monofisita debido a la coacción imperial, pero en el 715, siendo ya patriarca de Constantinopla, había hecho condenar esta herejía. De él tenemos unas cartas, importantes para conocer los orígenes de la lucha iconoclasta, y unas homilías en las que entre otras cosas trata de la dormición de la Virgen.

San Andrés de Creta había nacido en Damasco, fue luego monje en Jerusalén y después obispo en Creta; murió el 740. Había escrito también sobre la dormición de la Virgen y compuso poesía religiosa.

La figura más importante con mucho es sin embargo la de San Juan Damansceno, el último teólogo de fama universal de la Iglesia griega. Había nacido en Damasco hacia el 675 y, como su padre, fue el juez civil de la comunidad cristiana que vivía ahora bajo el dominio musulmán; luego fue monje cerca de Jerusalén y después sacerdote. En la lucha sobre el culto de las imágenes fue perseguido por los iconoclastas; murió hacia el 750.

Según propia confesión, no quería decir nada nuevo, sino sólo reunir y presentar armónicamente cosas escritas ya anteriormente por otros, y así lo hizo, dejando sin embargo la impronta de su personalidad en la selección y la articulación de las ideas que presenta.

Su obra más conocida es la Fuente del conocimiento, dividida en tres partes: la Dialéctica, que es una introducción filosófica, basada en la filosofía tomada de los Padres y en la de Aristóteles; la Historia de las herejías, basada en otras anteriores; y Sobre la fe ortodoxa, que es un resumen de la enseñanza de los Padres griegos sobre los capítulos principales de la fe, y es al mismo tiempo la obra que le ha dado más fama. Esta tercera parte fue también muy conocida y estudiada en Occidente por los escolásticos.

Junto a esta obra tiene algunos tratados breves en favor del culto a las imágenes, al que dio su fundamentación teológica; un Comentario a las cartas de San Pablo, basado también en obras anteriores; cantos eclesiásticos, por los que goza de especial fama en la Iglesia griega; y, finalmente, la Vida de Barlaam y Josafat, una novela con fines didácticos y basada en leyendas de Buda, de mucha popularidad en el medievo, y que parece ahora que hay que atribuírsela a él.


ESCRITORES OCCIDENTALES

Vamos a clasificar a estos autores en cuatro grupos y a seguir dentro de cada uno de ellos un orden cronológico. Estos grupos serán: los papas, otros escritores, escritores de Hispania, los poetas. En líneas generales, se puede decir que si entre la mitad del siglo V y la del VI predominan los autores de Provenza, Italia y África, entre la mitad del VI y la del VII predominan los de Hispania, alrededor de la gran figura de Isidoro de Sevilla.

Los papas

Entre el 461 y el 604 hay diecinueve papas, y de todos menos de cuatro se conservan cartas; de algunos, incluidos dos de esos cuatro, se tiene también algún tratado. De entre estos papas sobresalen:

Gelasio (492-496), importante por lo que se refiere a la afirmación del primado de jurisdicción y a las relaciones de la autoridad eclesiástica con el poder civil. De él se conservan unas 60 cartas o decretos. Dos escritos posteriores y que llevan indebidamente su nombre se pueden reseñar aquí: el Decreto sobre los libros que hay que recibir y los que no hay que recibir, de principios del siglo VI y originario probablemente de la Galia, en el que hay una relación de los libros de la Escritura, otra de los libros apócrifos y una declaración sobre el primado; y el Sacramentario gelasiano, un misal de fines del siglo VI y que se difundió pronto por la Galia.

Vigilio (537-555) nos ha dejado 26 cartas, relativas a la cuestión de los Tres Capítulos. Pelagio (555-561), que antes de ser papa combatió la condena de los Tres Capítulos y después la defendió, tiene también unas 100 cartas.

Pero el más importante de los papas de esta serie es sin duda el último de ellos, San Gregorio el Grande (590-604). Había nacido hacia el 540, de una familia de la alta nobleza romana; antes de ser papa había sido sucesivamente prefecto de Roma, monje cerca de Roma, legado del papa en Constantinopla y consejero del papa. Hombre de gobierno, su figura tiene una importancia menor en el desarrollo del dogma, sin que por esto deje de tener alguna. En cambio, reorganizó la administración de los bienes de la Iglesia romana; protegió Roma de los lombardos, que atrajo después hacia el catolicismo; estableció o mejoró las relaciones con los francos y con los visigodos; dio solución al cisma de Aquileia; y envió misioneros a Inglaterra. Continuó sin embargo la tensión con la sede de Constantinopla, y en contraste con su patriarca, que se llamaba a sí mismo universal comenzó a utilizar el título de servus servorum Dei.

Se conservan de él unas 850 cartas, de gran interés religioso, histórico y aun literario. También nos ha llegado su Libro de la regla pastoral, escrito al poco tiempo de su accesión a la cátedra de Pedro, en que habla de lo que debe pretender el pastor de almas, de las virtudes que le son necesarias, de cómo realizar esta función y de la necesidad del examen de conciencia diario; se difundió muy pronto, fue traducido al griego y al sajón, y en la edad media se consideró como la norma ideal para el clero secular. Las Morales sobre Job, un comentario sobre este libro del Viejo Testamento, viene a ser un tratado de moral y ascética. Tenemos también unas 40 homilías y unos Diálogos sobre la vida y milagros de los Padres italianos que son en parte responsables de la afición medieval por lo milagroso. Fue Gregorio quien dio al canon de la misa la forma que aún conserva la anáfora primera, llamada canon romano, del misal de Pablo VI, y promovió la preparación del nuevo misal; el Sacramentario gregoriano, que como tal no nos ha llegado, aunque sí es posible conocer muchas de sus características. Dio gran importancia al canto en la liturgia, y promovió eficazmente su uso, pero no es seguro que en sentido estricto se le pueda atribuir el canto gregoriano.

Otros escritores

Los autores más significados de este período, aparte de los papas, y dejando para un próximo apartado los que de alguna manera corresponden a Hispania, son, siguiendo un orden cronológico:

San Fausto de Riez, que murió entre 490 y 500. Era de origen bretón, había sido abad de Leríns y luego obispo de Riez, en Provenza. Combatió el arrianismo y el macedonianismo, por lo que el rey visigodo Eurico le condenó al destierro, donde pasó ocho años; junto con Casiano defendió el semipelagianismo. A estos temas corresponden sus obras: tres libros Sobre el Espíritu Santo y otros dos Sobre la gracia de Dios; de él tenemos también algunas cartas y sermones.

Genadio de Marsella, donde fue sacerdote, murió alrededor del año 500; era semipelagiano. La obra por la que es más conocido es su historia de los escritores eclesiásticos, Sobre los varones ilustres, de hacia el 480, y que ya hemos citado en la introducción.

Avito de Viena, obispo de esta ciudad del Ródano, en la Galia, desde el 494 hasta el 518, preparó el camino para la conversión de los burgundios al catolicismo. De las casi 100 cartas que se conservan, algunas son verdaderos tratados; tiene también dos obras en verso.

Enodio, que murió en el 521, había nacido en Arlés, pero creció en Pavía, de donde fue luego obispo; presidió por dos veces una legación pontificia a Constantinopla. Antes de ser obispo había sido maestro de retórica en Milán, lo cual se acusa en sus obras, y nos deja ver la influencia que el paganismo tenía aún en las escuelas. Sus escritos, algunos en verso, tratan de temas variados, y sus casi 300 cartas nos suministran abundante información sobre la época.

Boecio había sido colaborador del rey ostrogodo Teodorico quien, sospechando que conspiraba, le condenó a muerte; fue ejecutado en Pavía en el 524. Su educación había sido esmerada. Tiene importancia su traducción de la Lógica de Aristóteles, que durante siglos fue la única obra de este filósofo conocida directamente en Occidente; pero su obra principal y más apreciada, escrita en la cárcel, es Sobre el consuelo de la filosofía, un diálogo con una dama que se le aparece y que personifica la Filosofía. Escribió algunas otras obras menores de filosofía y también de teología; la autenticidad de estas últimas, antes puesta en duda, ya no se discute.

San Fulgencio de Ruspe, que murió en el 533, había nacido en Telepte, Numidia, donde fue recaudador de impuestos, y había recibido una buena educación; luego fue monje, hacia el 507 obispo de Ruspe, también en Numidia, y después tuvo que marchar desterrado a Cerdeña con otros muchos obispos católicos del reino vándalo. Fue un buen teólogo, quizá el mejor de su tiempo. La mayoría de sus obras son polémicas contra el arrianismo, y varias de ellas se dirigen al rey vándalo Trasamundo; algunas otras están escritas contra el semipelagianismo, y desde el mismo punto de vista que San Agustín; de sus 18 cartas, algunas tienen la amplitud de tratados; tenemos también algunos sermones suyos.

San Cesáreo de Arles fue monje en el monasterio de Leríns, y desde el 502 hasta el 542, obispo metropolitano de Arlés, entonces el centro administrativo más importante de la Galia. Cumplió muy bien con sus deberes pastorales y es uno de los grandes predicadores latinos; contribuyó mucho a la solución de las controversias semipelagianas. Los casi 250 sermones suyos que nos han llegado son muy interesantes también por lo que nos dicen de la supervivencia de las costumbres paganas; además tenemos de él tres tratados, dos contra el semipelagianismo y uno sobre la Trinidad; tres cartas pastorales, dirigida una de ellas a sus obispos sufragáneos y en la que insiste en el deber de la predicación; dos reglas monásticas; e incluso su testamento.

Dionisio el Exiguo nació junto a la desembocadura del Danubio, en la Escitia Menor, una provincia muy romanizada; desde el 500 hasta el 545 vivió en Roma como monje. Con sus obras de cronología influyó en la manera de determinar la fecha de la Pascua, y fijó también la fecha del nacimiento de Jesús en el año 754 de la fundación de Roma, con un error de al menos cuatro años de más, y que aún continúa hoy día. Trabajó también en compilaciones de derecho eclesiástico y en traducciones del griego al latín.

San Benito de Nursia es el gran padre del monaquismo occidental. Murió hacia el 547; había nacido en Nursia, y después de recibir una buena educación en Roma, comenzó a hacer vida de anacoreta, asentándose pronto en las cercanías de Subiaco y fundando doce monasterios; allí redactó, entre el 523 y el 526, su Regla de los monasterios; luego, a causa de unas intrigas, abandonó Subiaco y fundó el monasterio de Montecasino.

La obra que nos ha legado es la que se conoce como Regla de San Benito, en la que se funden armónicamente las tradiciones del monacato occidental anterior (las de San Agustín, Juan Casiano, el monasterio de Leríns, San Martín de Tours) con las del oriental (las de San Antonio, Pacomio, San Basilio el Grande). En ella se subraya que la comunidad monástica ha de crear un ambiente de oración y de trabajo, manual e intelectual, que ha de practicar el monje; para ello, éste ha de prometer la estabilidad en el monasterio, la conversión de las costumbres y la obediencia al abad. Esta Regla está en la base del esplendoroso desarrollo medieval del monaquismo.

Casiodoro, que murió hacia el 583, había nacido hacia el 490 de una familia noble de Calabria; fue cuestor, senador, cónsul, prefecto del pretorio y secretario particular de Teodorico; se retiró poco después del 540 a sus posesiones de Calabria, cerca de Esquilache, donde había fundado un monasterio en el que no se sabe si fue o no monje.

Sus obras tienen una orientación más bien práctica, y obedecen a circunstancias ambientales: de carácter histórico y político las de su época dedicada al servicio del estado, y para la instrucción de sus monjes en las ciencias profanas y teológicas las escritas en su retiro. Entre las primeras hay que contar la Crónica universal y la Historia de los godos, conocidas sólo en extractos, y las Cartas varias, una colección de más de 540 actas oficiales de gran valor histórico. Entre las segundas, una Historia eclesiástica en que refunde básicamente las obras de Sócrates y Sozomeno, que pasaron así al mundo medieval occidental; y las Instituciones de lecciones divinas y humanas, que son una introducción a la teología y un esquema para el estudio de las siete artes liberales.

San Gregorio de Tours había nacido el año 538 en Clermont, la capital de la Auvernia, en una familia senatorial; en el 573 fue consagrado obispo de Tours, que entonces era el centro espiritual de Francia debido en gran parte al prestigio que acompañó en vida a San Martín y al culto que después se había desarrollado sobre su tumba. Su actuación fue de importancia tanto en lo religioso como en lo secular. Su gran obra, la Historia de los francos, es una extraordinaria fuente de información sobre los reinos merovingios y las incesantes luchas internas que los agitaron y que él conoció de cerca; no faltan en ella relatos detallados de discusiones teológicas con judíos y con godos arrianos; su latín ofrece ya señales de evolución hacia el romance. El sentido crítico de Gregorio no es bueno, lo que se deja ver aún más en sus Ocho libros de los milagros.

Escritores de Hispania

Los escritores de que hemos tratado hasta ahora, si exceptuamos el último de ellos, tienen el denominador común de pertenecer, por su procedencia o por el ámbito de su actuación, a un área geográfica relativamente reducida y uniforme: la costa mediterránea de la Galia, la zona mediterránea de Italia y de África.

Los escritores de Hispania están a su vez en un área dotada de una cierta homogeneidad interna y relativamente separada de la anterior; como en Hispania hay además una importante floración de escritores, cuyo mejor momento va asociado al nombre de San Isidoro de Sevilla y coincide con una época de silencio en otros lugares, nos ha parecido justificado reunir a los escritores del ámbito hispánico, aun los muy anteriores a Isidoro, en un grupo aparte. Por orden cronológico, son los que siguen.

San Justo de Urgen, que fue obispo de esta sede al menos desde el 531 hasta el 549, asistió a concilios en Toledo, Mérida y Valencia, y era hermano de los obispos de Huesca, Egara (Terrassa) y Valencia. Escribió un Comentario al Cantar de los cantares, hecho ya sobre la versión de la Vulgata, y en el que, siguiendo la interpretación alegórica, ve descrito el amor entre Cristo y su Iglesia; también tenemos de él dos cartas, un prólogo y un sermón sobre el mártir San Vicente.

Apringio de Beja, de donde fue obispo, debió de escribir hacia la mitad del siglo vi, y nos ha dejado un Comentario al Apocalipsis, literal y esquemático, que hacia finales del siglo vüi sería muy utilizado en el Comentario al Apocalipsis del monje de Liébana, Beatus. Se sabe que compuso también otros tratados.

San Martín de Braga, que murió en el 580, había nacido en Panonia, conoció la cultura helénica en Palestina, y hacia la mitad del siglo VI lo encontramos en Galicia. A él se debe la conversión de los suevos del arrianismo al catolicismo. De los varios monasterios que fundó, el de Dumio, en las cercanías de Braga, sería el más conocido, y de allí pasó a la sede metropolitana de Braga.

En algunas de sus obras morales y ascéticas depende de Séneca: literalmente, en Sobre la ira, y, en cuanto al estilo, en la Fórmula de la vida honesta, un tratado sobre las cuatro virtudes cardinales compuesto para el rey de los suevos y que en el medievo circuló precisamente bajo el nombre de Séneca. En otras obras, el sabor es más netamente cristiano: Sobre la soberbia, Para rechazar la jactancia, Exhortación a la humildad, Sentencias de los Padres egipcios. Tiene especial interés para conocer las costumbres populares de la época su obra Sobre la corrección de los rústicos, contra las costumbres paganas que aún perduraban. También tiene una colección de cánones de concilios orientales, los Capítulos de Martín, y una carta Sobre la inmersión triple, escrita contra el bautismo con una sola inmersión, que le parecía de inspiración modalista. De él conservamos también algunas composiciones poéticas.

San Leandro de Sevilla murió en el año 600. Había nacido en Cartagena, de donde sus padres fueron desterrados a Sevilla; allí se hizo monje, y fue luego hecho obispo de esta sede metropolitana, desde donde trabajó para la conversión de los godos al catolicismo; esta conversión se selló en el concilio de Toledo del año 589, y entonces pudo volver Leandro a su sede, de donde había sido desterrado. En Sevilla se preocupó también de las instituciones para la formación del clero. Fue amigo personal del papa San Gregorio, a quien había conocido en Constantinopla en una embajada. Tiene dos obras destinadas a combatir el arrianismo y una sobre las vírgenes; sus numerosas cartas se han perdido.

Eutropio de Valencia, que murió antes del 610, había sido abad del monasterio Servitano, en el ,valle alto del Tajo, y luego obispo de Valencia; nos ha llegado de él una carta y un breve tratado Sobre los ocho vicios.

Liciniano de Cartagena, más o menos contemporáneo del anterior, del que fue amigo y con el que se cruzó muchas cartas, fue obispo de Cartagena, y parece que murió envenenado en Constantinopla. Nos quedan tres cartas suyas, que tienen de todos modos bastante interés doctrinal.

San Juán de Bíclaro, que murió el 621, había nacido en Scalabi (Santarem), de familia visigoda; estuvo muchos años en Constantinopla, donde estudió, y a su vuelta fue desterrado a Barcelona. Fue después abad de Bíclaro, monasterio de localización desconocida, y luego obispo de Gerona durante los últimos treinta años de su vida. Escribió una Regla para sus monjes de Bíclaro; del resto de sus obras nos ha llegado sólo una, la Crónica, que, aunque muy breve, es de gran importancia para la historia del período.

San Isidoro de Sevilla, que murió el 636, tenía unos 20 años menos que su hermano San Leandro, y es casi contemporáneo de Mahoma, al que sobrevivió cuatro años; nació ya en Sevilla y se educó en la escuela que su hermano había fundado, donde aprendió griego y hebreo; a la muerte de Leandro le sucedió como obispo de Sevilla, y su acción se orientó hacia la definitiva erradicación del arrianismo, el reforzamiento de la disciplina eclesiástica y la formación del clero, así como la fundación de monasterios y la regulación del modo de vida de sus monjes. Tuvo importancia su intervención en los concilios de Sevilla y de Toledo, que presidió, y también en la vida religiosa y aun política de su tiempo.

Su obra más conocida es las Etimologías, nombre que viene del contenido de uno de los libros en que se divide. Es un resumen enciclopédico del saber de su tiempo, en que trata desde la minería hasta la teología, y que está elaborado basándose en las obras de los escritores clásicos más conocidos en el momento; esta obra tuvo un éxito inmediato, su difusión fue rápida y su autoridad se mantuvo durante siglos. Los dos Libros de las diferencias vienen a ser una ampliación de la obra anterior, y tiene también alguna relación con ella el Libro de las lamentaciones, un diálogo de tipo moral. Sobre la naturaleza de las cosas es un compendio de los conocimientos físicos de su tiempo, tomados también de autores de fama.

Los Tres libros de las sentencias son un manual de teología hecho fundamentalmente con textos de San Agustín y de San Gregorio; fue el primer libro de sentencias, ordenado de una manera semejante a como lo serían los que vinieron después, tales como, ya en la baja edad media, el de Pedro Lombardo. Escribió también un Libro de las herejías; otro Contra los judíos; distintos comentarios a las Escrituras; otro libro Sobre los oficios eclesiásticos, en que trata de liturgia y de los clérigos y de sus deberes; la Regla de los monjes, dirigida a los monasterios que él había fundado; y algunas cartas.

Tienen también importancia sus obras históricas: la Crónica, y, sobre todo, la Historia de los reyes de los godos, de los vándalos y de los suevos, que es una de las fuentes importantes para el conocimiento de la historia de estos pueblos, y Sobre los varones ilustres, unos esquemas biográficos de escritores eclesiásticos anteriores.

San Braulio de Zaragoza, que murió hacia el 651, era hermano del anterior obispo de esta sede, a quien sucedió; había sido discípulo de San Isidoro y fue hombre culto y con influencia en la sociedad eclesiástica y civil de su tiempo. Se conservan de él 44 cartas, algunas de las cuales tienen importancia doctrinal; tiene además un catálogo de las obras de San Isidoro, con una indicación de su contenido, y una Vida de San Emiliano.

San Eugenio de Toledo, que murió el año 657, había nacido en esta misma ciudad de la que fue luego obispo metropolitano, y en Zaragoza había sido discípulo de San Braulio. Escribió una obra Sobre la Trinidad, , al parecer importante, pero que se ha perdido. Se conserva de él una obra breve en verso.

San Fructuoso de Braga murió hacia el 665. Su padre era hombre importante en la corte, con grandes posesiones en la comarca del Bierzo; fue allí donde Fructuoso se dedicó a la vida monástica y fundó diversos monasterios, hasta que fue elegido por el rey para regir primero el monasterio de Dumio y luego la sede de Braga. Sus obras fundamentales son la Regla de los monjes y la Regla común, que completa la anterior; se le atribuye también el Pacto, fórmula de profesión religiosa que suele acompañar los manuscritos de la Regla común y según la cual el monje se compromete a obedecer al abad y a sus reglas, pero retiene el derecho de protestar contra los posibles abusos. Sólo se conserva una de sus cartas.

San Ildefonso de Toledo murió hacia el 667. De familia noble, había sido discípulo de San Isidoro; se hizo luego monje en el monasterio toledano de Agalí, de donde fue elegido abad; fue obispo de Toledo desde fines del 657. De los muchos libros que sabemos que escribió, se conservan: el principal de ellos, Sobre la virginidad de María contra tres infieles; otro Sobre el bautismo, continuado en El progreso espiritual por el desierto; y dos cartas dirigidas al obispo de Barcelona. Continuó, con el mismo nombre e intención, la obra de Isidoro Sobre los varones ilustres, en la que 13 de los 14 autores descritos son de Hispania. Se le atribuyen algunos himnos y los formularios de algunas misas.

Tajón, obispo de Zaragoza durante más de 30 años, y amigo de San Braulio, a quien sucedió, murió en el 683. Antes había sido monje y poseía un buen conocimiento de la Escritura y de los Padres, en especial de San Agustín y de San Gregorio; fue enviado a Roma por el rey con objeto de buscar libros que él mismo parece que copió y se trajo. Tiene cinco Libros de las sentencias, la segunda de las obras de esta clase después de la de Isidoro, en la que depende fundamentalmente de textos de San Gregorio. Escribió también unos Comentarios al Viejo y al Nuevo Testamento, de los que tenemos sólo algún fragmento, tres cartas y alguna breve composición poética.

San Julián de Toledo murió en el 683, y es el escritor más prolífico de la escuela toledana. Fue educado en la escuela de la catedral de Toledo, de donde fue elegido obispo a fines del 679. Intervino en cuatro concilios de Toledo, y su nombre va unido a aquel malentendido con el papa al que ya hemos aludido, a propósito de la condenación de los monotelitas; fue en relación con esto que escribió dos defensas o Apologías. Otras obras suyas son un Pronóstico del siglo venidero, que es un tratado dogmático sobre el estado de las almas después de la muerte; un tratado para convencer a los judíos de que Cristo es el salvador que esperaban; un tratado para resolver las aparentes contradicciones de los libros de la Escritura; una gramática; y, de interés para la historia, un libro sobre la rebelión del duque Paulo contra Wamba en la Septimania; tiene también un Elogio de San Ildefonso, en el que incluye un catálogo de las obras que escribió. Muchas otras obras de San Julián, de las que tenemos noticia, se han perdido.

Los poetas

Por fin, de entre los autores conocidos especialmente por su obra poética, citaremos sólo dos: Sidonio Apolinar, que había nacido en Lyon en el 432 de una familia bien situada y estuvo luego casado con la hija del emperador romano Avito, fue después obispo de Clermont. Tenemos de él 24 cantos poéticos, de trasfondo más bien pagano, y 147 cartas que son de importancia para la historia. Murió en la última década del siglo v.

Venancio Fortunato es de un siglo después: nació hacia el 530 cerca de Treviso, y murió poco después del 600. Educado en Rávena, peregrinó a Tours a la tumba de San Martín, y se estableció en Poitiers, donde dirigió un convento de monjas y de donde fue después obispo. Fue amigo de Gregorio de Tours y muy apreciado por sus contemporáneos. Tiene 11 libros de Cantos poéticos, entre los que figuran composiciones como el Vexilla regis y el Pange lingua; tiene además otras composiciones, como la Vida de Martín y un canto en honor a María que figura en el Breviario.

* * *

Es usual dar por terminada la época de los Padres de la Iglesia con la figura de San Juan de Damasco (675-750). En Occidente se suele anticipar este final en algo más de un siglo, y el último de los autores incluido es con frecuencia San Isidoro de Sevilla (560-636). Aquí hemos añadido algunos otros escritores de la Hispania visigótica, que cubren el resto del siglo VII ; pero no es con ellos que vamos a cerrar estas páginas sino con otro más tardío, contemporáneo de San Juan Damasceno.

Nos referimos a San Beda el Venerable (673-735), que escribe en Britania, un país aún más periférico que el de Isidoro, en un latín de gran calidad.

De Beda es una Historia eclesiástica del pueblo inglés tan celebrada que por sí sola bastaría para haberle hecho famoso. Tanto el título como el estilo recuerdan la Historia eclesiástica de Eusebio de Cesarea, pues, como él, tiene Beda un fino sentido crítico y un buen conocimiento de las fuentes, que también cita a menudo extensamente. Si Eusebio es el padre de la historia de la Iglesia, Beda lo es de la de Inglaterra.

En el epílogo de esta gran obra, que terminó en el año 731, hacia el final de su vida, Beda da noticias sobre su persona y sus obras, la mayoría de las cuales han llegado hasta nosotros. Había nacido en las tierras del monasterio de Warmouth, en el norte de Inglaterra, y a la edad de siete años había sido confiado al abad de aquel monasterio, Benedicto Biscop; dos años después pasó al cercano monasterio de Jarrow, donde permanecería el resto de su vida. Biscop, sucesivamente abad de ambos cenobios, había sido educado en el de Leríns, en Provenza, y su gran erudición influyó ciertamente en la de Beda. Tanto él como Ceolfrid, abad de Jarrow cuando Beda llegó allí, son venerados como santos.

Beda fue ordenado diácono a los 19 años y presbítero a los 30. A lo largo de su vida, dedicada al estudio y la enseñanza, tuvo ocasión de tratar y de establecer estrechas relaciones personales con muchas de las principales personalidades inglesas de su época. Murió hacia los 62 años y, venerado muy pronto como santo, figura desde 1899 entre los doctores de la Iglesia por decisión del papa León XIII, que añadió su fiesta al calendario universal.

Otras obras históricas de Beda son las biografías de los cinco primeros abades de Wearmouth y Jarrow, que él había conocido personalmente y que en cierta manera vienen a completar su obra magna; una ambiciosa crónica, en la que divide la historia del mundo en seis edades; una obra de cronología, importante para determinar las fechas y las fiestas; y, aunque de un estilo muy diverso, una vida de San Cutberto y otra de San Félix de Nola.

Pero la mayor parte de la producción literaria de Beda la constituyen las exposiciones de la Sagrada Escritura, ya sea en forma de comentarios sistemáticos a muchos de los libros del Viejo y del Nuevo Testamento, en la de disertaciones sobre algunas cuestiones particulares y estudios sobre puntos especialmente obscuros, o en la de homilías, destinadas primeramente a los monjes de Jarrow y pronto difundidas por otros monasterios. Se trata, muchas veces, de resúmenes claros y ordenados de comentarios de otros padres anteriores, tanto griegos como latinos; otras veces, las reflexiones son más personales, y se puede observar entonces su gusto por la interpretación alegórica y moral con preferencia a la meramente literal.

Beda compuso un tratado de ortografía, uno de métrica y uno de retórica para la educación de los monjes. Una muestra de sus amplios intereses es el tratado Sobre la naturaleza donde recoge los conocimentos de astronomía y cosmografía de la antigüedad, y donde hace un primer ensayo de geografia general. También algunas de sus cartas, relativamente numerosas, son auténticos tratados, más o menos breves, como las que tratan del equinocio, de la celebración de la pascua o del afán enfermizo por averiguar la fecha del fin del mundo. Unos libros de poesía, no muy inspirada pero que son un testimonio más de su pericia en el uso del latín, cierran el catálogo de las obras de un autor que, a semejanza de Isidoro de Sevilla, contribuyó en gran manera a la transmisión del saber antiguo al mundo medieval, al que ya pertenecía plenamente, y cuya influencia sobre él, a juzgar por el número de ejemplares de sus obras conservados en las bibliotecas de monasterios y catedrales, no fue mucho menor que la de Ambrosio, Jerónimo y Agustín.

Fonte

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Minúcio Félix

Giovanni Reale

Os Padres latinos anteriores a santo Agostinho, geralmente, foram muito pouco atraídos pela filosofia e, mesmo quando se ocuparam dela, não criaram idéias verdadeiramente novas. A formação cultural dos primeiros apologistas foi de caráter jurídico-retórico, especialmente no sensível e vivo ambiente africano. Em outros Padres prevaleceram os interesses estritamente teológicos e pastorais ou então filológicos e eruditos. Em geral, o lugar que eles ocupam na história da filosofia é bastante modesto. Sendo assim, nos limitaremos a uma abordagem sintética, com o objetivo de conhecer, ainda que apenas em linhas gerais, o fundo sobre o qual surgiu a poderosa figura de santo Agostinho.

O primeiro escrito apologético em favor dos cristãos foi provavelmente Otávio, de Minúcio Félix (um advogado romano), escrito por volta de fins do século II em forma de diálogo. As finezas ciceronianas e a aparente mornidão do tom geral, próprias de Minúcio Félix, induziram muitos a falar de um espírito conciliador com a cultura pagã. Na realidade, como bem destacou E. Paratore, os ataques contra os filósofos gregos, substancialmente, são bas­tante duros. A propósito das concordâncias que podem ser consta­tadas entre os filósofos gregos e o cristianismo, escreve Minúcio Félix: “E note-se bem que os filósofos afirmam as mesmas coisas em que cremos não porque nós tenhamos seguido os seus passos, mas porque eles se deixaram guiar por uma leve centelha, que os iluminou com as pregações dos profetas sobre a divindade, inse­rindo um fragmento de verdade em seus sonhos.” E, depois de acenar à teoria da transmigração das almas, de Pitágoras e Platão, que ele julga uma verdadeira aberração doutrinária, acrescenta o seguinte a propósito da admissão da idéia de que as almas podem também assumir corpos de animais: “Essa afirmação não parece certamente a tese de um filósofo, parecendo muito mais a tirada injuriosa de um cômico.” Falando de Sócrates e dos filósofos em geral, Minúcio afirma sem meios-termos o seguinte: “Que se vire, por sua conta, um Sócrates, o palhaço de Atenas, com sua confissão de não saber nada, e vanglorie-se com o atestado de um mentiroso demônio; e também Arcesilau, Carnéades e Pirro, com toda a turba dos acadêmicos, continuem sempre duvidando (…): nós não sabemos o que fazer com a teoria dos filósofos; sabemos muito bem que são mestres de corrupção, corruptos eles próprios, prepotentes e, além do mais, tão descarados que estão sempre a clamar contra aqueles vícios nos quais eles próprios se afundaram. Nós não trombeteamos sabedoria, mas a levamos viva no coração; não dissertamos sobre a virtude, mas a praticamos; em suma, temos o orgulho de haver alcançado aquilo que eles procuraram com fatigante empenho e nunca conseguiram encontrar.”

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